9 de junio de 2026

De donde nadie vuelve - CAPÍTULO 1

 

Desde que Álvaro llegó a casa todo ha cambiado. Nos cambiamos de casa a una más grande porque ya no cabíamos en la anterior y aunque sus hijos son agradables, a veces, el aire dentro de casa se siente pesado y cargado de pequeñas tensiones que nadie quiere mencionar.

Cuando mi padre biológico se fue, mamá se quedó solo conmigo durante mucho tiempo. Yo pensaba que estábamos bien, hasta que me enteré de que algunas noches lloraba a escondidas. Pasó un tiempo antes de que conociera a Álvaro. Es un hombre agradable y supongo que quiere mucho a mamá; al menos, dejó de llorar cuando él llegó.

Tiene una hija de mi edad, Clara, y un niño cinco años menor, Adrián. Clara y yo a veces nos llevamos bien, a veces no, y con Adrián es diferente: parece más inocente… pero hay días en los que su vulnerabilidad me recuerda lo duro que es el mundo real.

Por otro lado, mi mami se merece ser feliz más que cualquier otra persona en el mundo, y, por lo menos, con Álvaro se acerca un poco a ese sentimiento.

Siempre se ha esforzado por mantenerse unida a mí a pesar de la despedida de mi padre biológico. Me ha enseñado todo lo que sé, aunque no es perfecta… Cuando se enfada, se transforma: grita y a veces se pone a llorar de la rabia. Yo conozco sus límites, pero mis nuevos hermanos no, y eso la atormenta. He hablado con ella y dice que vale la pena si así puede quedarse con Álvaro.

Hemos aprendido a sostener una rutina. Por la mañana, Álvaro nos despierta para desayunar y prepararnos para ir al instituto; mamá sale de casa justo cuando nos levantamos, así que no la vemos hasta cuando vuelve. A la hora de comer, después del instituto, estamos los tres solos y poco después llega mamá del trabajo. Adrián y yo estudiamos un rato mientras mi madre y Clara se echan la siesta. Por la noche, vuelve Álvaro; cenamos los cinco, y luego yo salgo con mis amigos un rato, mientras Clara estudia y Adrián se prepara para dormir.

Las cenas son los momentos más tensos del día: mamá se enfada con Clara, Álvaro regaña a Adrián por su comportamiento y yo intento hacerme invisible para salir cuanto antes a encontrarme con mis amigos.

Hoy es una de esas cenas.

—¿Y qué tal hoy, chicos? —preguntó mamá, con un tono intrigado; realmente se preocupa por nosotros, incluso cuando en el fondo sabe que nadie va a contar nada.

—Normal. —respondió Clara, breve, como siempre.

Yo ya sabía que había pasado algo en el instituto, pero claramente no quería compartirlo con los adultos. Resulta que ese día tuvo un encontronazo con el profesor Martín de filosofía. El profe dijo algo que a Clara no le gustó, y en vez de responder de forma normal, empezó a meterse directamente con su capacidad mental. No levantó la voz, no le insultó de forma directa, pero lo humilló lo suficiente como para acabar sentada frente a los de jefatura.

—¿Y tú, Adrián? —cuestionó Álvaro con la boca llena, cosa que me ponía de los nervios.

—Bien también. No ha pasado nada importante hoy —respondió él sin levantar la vista de su plato, comía como si le fueran a quitar la comida.

Yo sabía perfectamente lo que significaba eso: quería subir a su habitación a ponerse su música y encerrarse en sus novelas. A Álvaro eso no le gustaba nada, él quería un niño activo, fuerte, al que le gustara el fútbol y salir con amigos. Pero Adrián tenía amigas, no amigos, y eso, según Álvaro, no estaba bien.

La lampara sobre nosotros, a pesar de su naturaleza anaranjada, no daba más que luz fría. El sonido de la nevera de fondo nos ahogaba a los cinco en un silencio demasiado espeso como para ignorarlo. Siempre nos sentábamos en los mismos sitios, Clara y yo juntas en el lado izquierdo de la mesa, Álvaro presidiendo y mamá con Adrián a la derecha. Aunque era familiar no se sentía del todo amigable el entorno y este constante silencio anunciaba problemas, como siempre.

—Antes me he encontrado una cucharilla entre los cojines del sofá. — rechinó mamá de pronto—¿Se puede saber quién la ha dejado ahí? —parecía molesta y, aunque nadie en la casa dijo nada, todos sabíamos que había sido Clara, que se quedó mirando su plato, clavando el tenedor como si fuera lo más interesante del mundo. Yo entendía un poco su situación, ella siempre estaba distraída y no creo que las cagadas que hacía fuesen adrede, o por lo menos no siempre.

—Me gustaría que la culpable lo admita antes de que se haga una bola demasiado grande por esta tontería— añadió mamá, ahora mirando fijamente a Clara.

Ella decidió levantar la cabeza como si la mirada de acusación que tenían los ojos de su madrastra la hubiera despertado de golpe.

—Perdón. — Solo eso. Una palabra. Escueta y seca. Suficiente para terminar de colmar la paciencia de mi madre, lo que generó un estallido de enfado bastante habitual entre nuestras cuatro paredes.

—¿Qué te cuesta poner las cosas en su sitio? ¿No te das cuenta de que tu padre y yo volvemos a casa cansados del trabajo? Podrías ser un poco más considerada de vez en cuando.

Nerón, el pequeño perro de la casa, se quedó tranquilo a mis pies, tanto él como yo ya nos habíamos acostumbrado a esto.

—No soy la única que no hace nada en esta casa, ¿vale? — respondió Clara, cruzándose de brazos— Aquí todos hacen lo que les da la gana y a nadie le dicen nada. — El silencio que siguió tras esas palabras fue espeso e incómodo, pero se quebró rápidamente. 

—A Camila nunca le dices nada porque es tu hijita protegida— prosiguió de repente golpeando la mesa con ambas manos y un claro semblante de frustración— y yo siempre voy a ser la mala de tu historia. 

Sentí cómo me hervía la sangre, no porque no hubiese algo de verdad en lo que decía, sino porque estaba tirando por tierra todo el esfuerzo que hacía para que esta casa no se desmoronara.

—¿Perdón? — salté, sin contenerme—No te atrevas a decir que yo no hago las cosas que me corresponden, porque sabes tú y sabemos todos que eso es mentira.

—Bueno… — intervino Álvaro, supongo que intentando mediar, o a lo mejor pender fuego la casa ahí mismo— tampoco te quedas atrás, Camila… ¿has visto tu cuarto cómo está? — odiaba cuando él se metía, siempre empeoraba las cosas.

—Tu padre tiene razón, Cami— añadió mamá— recoge tu cuarto, ya va siendo hora, ¿desde hace cuando no lo recoges? Desde luego, debe de haber echado raíces todo ese desorden. 

Apreté los dientes y medité si aceptar o no la orden de mi madre, pero sentí un punzón en el estómago que me avisaba de algo ya familiar para mí. No era por que otra vez Clara se había salido con la suya y a mí me caía el muerto, ni por la mirada juzgadora de Álvaro, sino por un miedo silencioso que siempre me acompañaba: si me enfrentaba demasiado a mamá, si alzaba la voz o mostraba demasiada frustración, la paz que con tanto esfuerzo mantenía en casa podía romperse. Ya había pasado alguna vez y no era agradable.

Suspiré y bajé la mirada, pensé lo que iba a decir a continuación y tratando de ocultar ese pequeño miedo solté:

—Vale, mamá, yo recojo — farfullé sin quitar la mirada del plato— pero deja de cambiar de tema para no tener problemas con papá. Yo no tenía nada que ver con esto, hasta que Clara decidió usarme para evadirse de sus propios problemas. 

—Oye, perdona, pero es la verdad— respondió “el rey de Roma”, sin siquiera mirarme—todos lo sabemos.

Clara debería callarse de vez en cuando, lo pensé, pero no lo dije, aunque me hubiera gustado.

—Venga, chicas, que no es para tanto — intentó mediar Álvaro— ¿No podemos tener una cena tranquila alguna vez? 

Lo decía como si él no fuera parte del problema. Es verdad que se pondría delante de una bala por sus hijos o por mamá, pero tampoco se quedaba atrás respecto a los conflictos familiares.

—¿Me pasas el agua, porfa, Cami? — pidió Adrián en voz baja cambiando completamente el foco de nuestra atención. Se la acerqué sin decir nada. Era bastante educado, pero su comportamiento incomodaba a Álvaro.

—¿Puedes hablar bien? — soltó— Con esa voz pareces un pajarillo de la pradera, tienes que ser un machote, que para eso naciste varón.

Adrián bajó la cabeza y no dijo nada. Nunca decía nada, y yo tampoco, a pesar de que la incomodidad me estuviera ahogando. La única que solía defenderlo era su hermana, pero incluso cuando lo hacía, siempre lo empeoraba.

—Papá, por el amor de Dios, ¿puedes dejar a tu hijo en paz de vez en cuando? Qué cansino…

—Clara. — intervino mamá, como si Álvaro necesitase ser defendido alguna vez— No vuelvas a hablarle así a tu padre. 

Mamá… ¿por qué tenías que meterte ahora? El silencio que cayó después fue demasiado largo. Demasiado denso. Yo ya estaba deseando irme con mis amigos, dejar esa casa atrás al menos por un par de horas.

No fui la única que lo notó. Clara se levantó de golpe, creo que de sus ojos asomaban lágrimas, era bastante normal, ella siempre lloraba por todo, cogió su plato y se marchó sin decir nada. Adrián hizo lo mismo, pero él sí pidió permiso.

Me quedé un momento más en la mesa, viendo cómo este último subía las escaleras con pasos lentos y cuidadosos, evitando cualquier mirada de su padre. Siempre parecía tan frágil, al verle tan indefenso se me formó un nudo en el pecho.

—Tranquilo, Adri— susurré para mí misma, como si pudiese escucharme. —No dejes que nadie te haga sentir menos ¿vale? 

Aproveché la huida general para levantarme también. Recogí mi plato con cuidado y, mientras lo llevaba a la cocina, no pude evitar lanzar una última mirada a mi hermanastro. No sé si sentí orgullo porque él seguía siendo él mismo o preocupación por el mismo motivo, realmente quería protegerlo.

Sentí un nudo en el estómago al recordar la forma en la que Álvaro le había hablado antes. No era por su enfado, ni sus palabras sobre Adrián, sino algo más difícil de describir: una incomodidad que me recorrió el pecho y me recordó que, aunque él quería protegernos, a veces no entendía ciertas cosas sobre nosotros. Respiré hondo y traté de dejar todos esos pensamientos atrás, concentrándome en llevar los platos a su sitio.

—Me voy— decreté, ya con mi jersey en la mano.

Nadie me respondió y, sinceramente, lo prefería.

Nerón me miró, supongo que también quería salir de esa casa, pero hoy no era el momento, ya le daría un largo paseo otro día.

Antes de abrir la puerta cogí a Clara de la muñeca cuando salió de la cocina. —Lo siento, ya sabes cómo es esto, hoy ha sido especialmente incómodo, pero no quiero que estemos peleadas.

Clara me miró con los ojos rojos, pero secos, y seria. Supongo que no sabía muy bien cómo reaccionar, no nos llevábamos tan mal si los padres no estaban cerca. Por fin sacó una media sonrisa, o eso parecía, y se fue sin decir nada. Estaba acostumbrada a que me tratase así, aunque odiaba pedirle perdón, sabía que era lo correcto, quedaba en su mano si seguir enfadada o tranquilizarse.


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