
Jueves por la mañana, último día de clases, Álvaro pegando voces desde las siete de la mañana para que nos despertemos todos. Nunca tardaba menos de veinte minutos en levantarme del todo, como pensando que cuanto más tiempo me quedase en la cama más rápido se pasaría el día.
A pesar de levantarme después de tanto rato, siempre era la primera de mis hermanos. Me levanté sin hacer mucho ruido y me metí al baño a vestirme y arreglarme, bajé a la cocina y ahí estaba mi madre haciéndonos el desayuno a todos, una costumbre que solo empezó cuando se casó. Tres cafés, una taza de Cola-cao y un tazón de cereales, unas tostadas, un huevo revuelto y un yogur.
—Buenos días, mami— nunca dejé de llamar así a mi madre, supongo que me hacía sentir aún pequeña.
—Buenos días, cariño—respondió sin levantar apenas la vista.
En cuanto terminó su café se marchó. Tenía siempre mucha prisa por llegar bien al trabajo, era una mujer muy responsable, recuerdo que cuando estábamos solas llegó a tener más de tres trabajos a la vez y, por lo que sé, todos la adoraban.
Cogí la correa y le di una vuelta a Nerón antes de desayunar, aún no había salido el sol y las calles enrevesadas de mis alrededores seguían teñidas por la luz de las farolas, aunque, a medio paseo, se apagaron repentinamente. En cuanto Nerón hubo terminado volvimos rápidamente.
Mis hermanos bajaron después de un rato y se comieron lo que les había hecho mamá, todos en su sitio, como siempre. Clara se quejó de que su café estaba frío y su huevo crudo, eso también era normal.
El instituto olía a desinfectante barato y a cansancio general. Angie llegó con paso firme, recta y con la cabeza alta. No porque se sintiera fuerte, sino porque había aprendido a que así era la única forma en la que lograba no desmoronarse en el transcurso del día.
—Eh, ¡cerebrito! — gritó una voz a su espalda — ¿Hoy también vas a corregir nuestros exámenes?
Enchufada de los cojones.
Las risas no tardaron en aparecer, Raquel era insoportable desde los ocho años y no creo que cambie nunca.
—Ten cuidado, Richie—añadió otra voz— que si le haces algo seguro que se lo chiva a mami y nos expulsan.
Angie se giró despacio. Sonrió. Una sonrisa rápida, casi ensayada.
—Ojalá tuviese ese poder, así no tendría que aguantar a gilipollas como vosotras.
—¡Uy! cuidado, que se enfada la pardilla.
Angie se giró, dejando atrás otra tanda de risas burlonas que ya tenía como costumbre. Caminó hacia nuestra clase, donde yo ya la esperaba, con la misma seguridad con la que siempre llegaba. Por dentro, sin embargo, algo se le encogía: el agotamiento de haber aguantado otro curso más en este pueblo.
Yo la esperaba en mi sitio, en la segunda fila pegada a la ventana, ella se sentaba a mi lado desde primero de primaria. Cuando llegó se sentó sin decir nada, porque no hacía falta. Sabía que llegar a clase era una tortura, especialmente para ella. Empujé discretamente un boli hacia ella y para mi suerte, ese día lo aceptó, otros días le afectaba más y se quedaba otro rato un poco más distante.
Lucas, Víctor y Javier aún seguían afuera, en el patio, aprovechaban las primeras horas de luz apoyados contra la pared. Víctor no dejaba de hablar, como siempre.
—Entre boca-chancla o medianoche esta peña no se decide, como si me afectase en algo. — bufó Víctor, intentaba esconder que realmente le importaban esas palabras— Como me vuelvan a decir algo así les parto la boca.
Ante tal declaración Lucas se rio porque sabía perfectamente que hablaba por hablar ya que cada vez que se le había presentado la oportunidad de defenderse contra esos abusones siempre se había echado para atrás.
—No les des ese poder.
—Es fácil decirlo cuando no te lo están recordando cada cinco minutos—respondió Víctor en ese tonito estridente que siempre usaba a la hora de quejarse—pero bueno, si me ignoran será mejor para ellos.
Un grupo de chicos del último curso les pasó cerca.
—Oye guardaespaldas—intervino Bruno— ¿Hoy no vienes con tu novia le empollona?
Lucas dio un paso al frente sin pensarlo. Él era casi tres centímetros más alto que Bruno, pero era demasiado flacucho como para que ese dato fuese relevante.
—¿Qué tal si te vas a la mierda?
—Pobre mariposita, seguro que se ha quedado con la super-bollera esa con la que va siempre ¿no?
Lucas se quedó callado durante un segundo, que permitió a Bruno continuar.
—A lo mejor deberías seguir el mismo camino que tu herman-
—¡EH! Chavales, venga ya para clase, leches— la profesora Pepa siempre nos ayudaba cuando las cosas se torcían un poco, era bastante mayor pero muy agradable.
—Adoro a esa profesora. — ella era la profesora de lengua y literatura de Javier y realmente le había ayudado mucho en la materia.
—¿Y por qué no te casas con ella?
—Eso es asqueroso, Víctor. Cállate.
Cuando los tres hermanos llegaron a Cernébria a Cristina le daba vergüenza decir que Miguel era su hijo, ya que ella era tan joven, así que le dijeron a todo el mundo que era un hermano pequeño. Nadie hizo muchas preguntas por lo que a ojos del pueblo Miguel era el hermano más pequeño.
Las clases pasaron lentas. El día avanzó como siempre, pero con una tensión subterránea que ninguno de nosotros sabía muy bien cómo nombrar. Miguel estaba en cada silencio largo, en cada mirada que se perdía por la ventana, en cada pensamiento que se desviaba sin querer.
Supongo que este sentimiento ha estado desde el principio, pero ahora parecía más importante. El hecho de haber decidido que ahora éramos responsables de todo esto me había dejado pensando, a mí y a todos.
Por lo menos Angie, Lucas y yo estábamos juntos, pero Víctor tenía que estar solo en su clase…
—Oye ¿te puedes callar ya? —gritó uno de sus compañeros.
—Yo… no estaba hablando— respondió Víctor muy bajito.
—Porque no te dedicas a, no sé, lavarme los pies o algo. ¿No es lo que hacen los que son como tú?
La profesora acabada de salir un momento y los niños de catorce son especialmente groseros, en realidad, el único momento en el que Víctor realmente estaba en silencio era en clase.
El recreo no era un descanso para nosotros, era solo otro escenario. El patio estaba lleno de ruido, balones rebotando contra el suelo y conversaciones superpuestas que no llevaban a ninguna parte. Yo llegué la última, como siempre, porque solía quedarme hablando con los profesores por las dudas que me surgían.
Angie ya estaba sentada en el bordillo de siempre, con la mochila entre las piernas, observando a la gente pasar como si estuviera calculando trayectorias invisibles.
Lucas y Víctor aparecieron juntos desde la pista de fútbol. Víctor hablaba, gesticulando más de la cuenta; Lucas escuchaba con los brazos cruzados, atento a todo lo que se movía alrededor.
—Vale —rompió el hielo Angie en cuanto estuvimos los cuatro— Tenemos que hablar ahora. Si lo posponemos nos vamos a perder.
Me senté a su lado sin decir nada. Saqué una botella de agua y la abrí con calma, como si ese gesto me ayudara a ordenar todas las ideas que tenía al respecto.
—He estado pensando —continuó Angie— que le estamos dando vueltas siempre a lo mismo. Una simple pesadilla de Cristina. Y no digo que no tenga algo que ver, pero…
—Pero no es lo único raro del pueblo —terminó Víctor rápidamente—. Gracias. Por fin alguien lo dice.
Lucas frunció el ceño.
—¿A qué te refieres con raro?
Víctor levantó un dedo, animado.
—El antiguo balneario, por ejemplo. Nadie entra ahí desde hace años, pero siempre hay luces por la noche. O el túnel viejo del tren. O la fábrica abandonada cerca del río.
—Eso no son sitios para un niño —mencionó Lucas al instante—. Miguel tenía cuatro años cuando se marchó.
—Precisamente —respondió Angie—. Nadie miraría ahí pensando en él. Nadie mira ahí nunca, a secas. Quise intervenir entonces, con voz baja, pero firme.
—Además, Miguel no se habría ido solo a ninguno de esos sitios. Si acabó allí… alguien se lo tiene que haber llevado.
Lucas apretó la mandíbula. Víctor dejó de sonreír.
—No me gusta cómo suena eso —murmuró Víctor.
—No tiene por qué gustarte —respondió Angie—. Solo tiene que tener sentido.
Hubo un silencio breve. El balón de unos chicos pasó rodando cerca de nosotros, pero nadie se movió para devolverlo.
—Yo puedo encargarme de preguntar —dijo Víctor al fin—. La gente habla conmigo más de lo que cree. Los adultos, sobre todo. No me toman del todo en serio.
Lo miré, sabía a lo que se refería, él siempre me hablaba de sus los cotilleos que había descubierto.
—Es un poco peligroso ¿no crees? — añadí con miedo.
—Todo lo es —respondió él encogiéndose de hombros—. Pero sé escuchar y sé hacer que hablen sin que se den cuenta.
Lucas negó con la cabeza.
—No quiero que te metas en nada raro.
—No voy a ir solo —replicó Víctor—. Nunca voy solo. —supongo que se refería al espíritu santo, aunque no lo especificó.
Angie se volvió hacia Lucas.
—Tú tampoco puedes cargar con todo. No tienes por qué protegernos de absolutamente todo.
—Es que, si no lo hago yo, ¿quién? —respondió él, más brusco de lo que pretendía.
Esta situación nos estaba poniendo a todos los pelos de punta, sinceramente no era una buena idea pelear por quien cuidaba de quien y, sabiendo cómo se ponía Lucas con el tema, pensé que sería mejor intervenir.
—Nosotros nos protegemos solos —dije— Como siempre.
Lucas respiró hondo. Asintió.
—Vale. Pero tened cuidado.
Angie sonrió, satisfecha.
—Pues eso. Nada de entrar en sitios peligrosos todavía. Observamos. Preguntamos. Y apuntamos cosas. Nada más. — Por suerte Angie ponía un poco de orden a esta lluvia de ideas.
—¿En serio vamos a hacer una especie de… investigación? —preguntó Víctor, con una sonrisa ladeada.
—Sí —respondió Angie sin dudar—. Y esta vez bien hecha. No como lleva haciéndolo la gente hasta ahora…
Víctor se llevó la mano al pecho.
—Nunca me habían incluido en una conspiración. ¡Estoy tan emocionado!
Solté una pequeña risa, casi inaudible, la alegría de Víctor se me contagiaba siempre muy fácilmente y, a pesar de la tesitura, me aliviaba tenerle de nuestro lado. Angie me miró de reojo.
—¿Tú estás bien con esto? —me preguntó en voz baja cerca de mi oído.
—Sí —respondí—. Solo… no quiero que Lucas se sienta solo en esto.
Lucas bajó la mirada.
—No lo estoy —intentó defenderse—. Aunque a veces lo parezca.
La campana sonó entonces, cortando el momento. Casi todos se levantaron casi al mismo tiempo. Tuve que ayudar a Víctor a levantarse. El plan no estaba cerrado, pero ya no se sentía como una idea alocada, sino como un comienzo.
Todos los chicos salían de las clases aporreando las paredes y las puertas en los dos pisos del instituto. Se notaba en el ambiente las ganas de sol, playa y verano, menos para nosotros, que teníamos una misión.
Busqué a Clara a la salida de clase entre todos los gritos y felicitaciones de mis compañeros de institución.
—Llegas tarde —decretó Clara sin mirarme. Ella siempre estaba con el ceño un poco fruncido al salir de clase.
—No tanto —respondí, solo me había atrasado unos minutos al recoger ese día.
Clara bufó, pero no insistió. Ella y Adrián me esperaban para empezar a subir la cuesta que nos llevaría a casa. El pueblo estaba lleno de colinas. Durante unos segundos no hablamos de nada. Era un silencio conocido, incómodo pero soportable.
—Te han vuelto a decir cosas, ¿verdad? —preguntó Clara de pronto.
Levanté la mirada, sorprendida.
—¿Qué?
—En clase —continuó ella—. He visto cómo os miraban a ti y a tus amigos en el recreo.
Bajé la mirada, ese día había sido duro, pero no el peor, algún que otro empujón y poco más.
—No es para tanto.
—Eso no es una respuesta —replicó Clara, más seca— ¿Te han llamado algo?
Dudé si contarle o no, se portaba como si fuese mi madre, pero tampoco me gustaba mentirle, solo no quería abrir ese melón.
—Lo de siempre, Clara, lo de siempre. —apreté la mandíbula.
—No lo entiendo —frunció el ceño de forma confundida—. De verdad que no lo entiendo. Tú sabes quién eres. Sabes que no eres nada de las mierdas que dicen. ¿Por qué dejas que te hablen así?
—Yo qué sé, tía, siempre ha sido así y tampoco es para tanto, soy fuerte y cuando puedo me defiendo, deja ya de tratarme como si fueses mi madre. Además, si tanto te importo ¿por qué nunca me ayudas?Hipócrita.
Clara se quedó callada, ella sabía que podía hacer algo, pero también sabía que tenía suficiente con su vida familiar como para también convertirse en el blanco de los chicos del instituto.
—Estar enfadada te mantiene en pie. — ya si ya… no se lo dije, pero era obvio que ella estaba así siempre solo por esa razón.
Aun así, le quise prestar más atención a sus palabras. Tenía ojeras bajo sus ojos, no de cansancio físico, sino de algo más pesado.
—No todos sabemos usar el enfado igual —le respondí con cuidado—. A mí me cansa más que otra cosa…
Ambas queríamos cambiar de tema, ya casi llegábamos a casa, pero si dejábamos todo ese rato un silencio constante creo que nos abrumaríamos demasiado.
—Hoy he hablado con el abogado —añadió Clara, casi en un susurro. Me tensé ante esas palabras, pocas veces Clara hablaba de eso y me sentía bien cuando me confiaba estas cosas.
—¿Y…?
—Nada nuevo —respondió mirando al suelo—. Se metió en un lío y ahora le quedan dos años más. — Como si decirlo así lo hiciera más fácil. No dijo mamá, pero no hacía falta, su historia es mucho más profunda de lo que aparenta.
—Lo siento —murmuré, no sabía bien como se sentía estar en su misma situación, pero me lo podía imaginar.
—No —corrigió Clara—. No lo sientas. No fue culpa tuya. Ni mía. Ni de Adrián.
Asentí, aunque sentía que ni ella se creí sus propias palabras.
—Solo… —continuó ella, nerviosa—. Cuando veo que te llaman cosas… que te empujan, que te miran como si fueras…—no se atrevió a terminar la frase— no sé… me enfada. Porque tú estás aquí. Sigues adelante. Y aun así te dejas tratar mal. Y yo no tengo energía para pelear también por ti.
Sé que no nos llevábamos siempre bien, pero realmente la quería, encontré en ella la hermana que nunca tuve y, cuando estaba de buenas, nos lo pasábamos verdaderamente bien. Tragué saliva al escuchar sus palabras.
—No tienes que hacerlo.
—Ya lo sé —respondió ella— Pero me gustaría que tú hicieras un poco más por ti misma.
Sus palabras eran como dagas en mi garganta, ella tenía razón, pero yo no me sentía capaz de terminar con todo eso, así que solo me ponía firme y superaba esas cosas día a día.
—Estoy aprendiendo.
—Eres más fuerte de lo que crees —afirmó—. No dejes que te convenzan de lo contrario.
Llegamos a la puerta de casa y empecé a buscar las llaves. Bajo el sol hacía calor, Adrián había estado caminando a nuestro lado durante toda la caminata, pero estaba a su bola y llegaba a casa casi sofocado por el esfuerzo y el calor. Clara, por otro lado, parecía menos cansada, ella estaba acostumbrada a hacer más esfuerzos y se notaba en su figura alta y esvelta.
—Papá dice que no te meta en mis cosas —soltó sin venir a cuento.
—No me meto.
—Eso dices tú.
Nos miramos un segundo antes de entrar en casa.
Me quedé sola en la cocina calentando la comida, hoy solo Adrián comería conmigo porque Clara se pensaba ir a dormir su siesta antes de lo normal. Nerón corrió alrededor de mis pies, ladrando bajito como pidiendo un trozo de pan o un poco de atención. Le lancé un pequeño trozo de tostada, y él lo atrapó al vuelo, dando un salto exagerado que me hizo reír.
Después de comer, me metí en mi habitación, aunque con la puerta abierta por si el perro quería entrar.
Estuve pensando en los lugares más extraños del pueblo y los marqué con el móvil en el mapa. Nerón apareció un par de veces por la puerta, olfateando curioso antes de volver a salir corriendo por el pasillo.
Adrián también pasó por el pasillo; se oía música a través de sus cascos, siempre la misma, siempre a salvo detrás de su puerta cerrada. La casa estaba tranquila, pero no en calma.
Al caer la tarde llegaron mis padres, mi madre antes que Álvaro. La rutina volvió a ponerse en marcha como un mecanismo oxidado: preguntas automáticas, respuestas cortas, miradas esquivas. La cena fue tensa, como casi siempre. Clara apenas habló, Álvaro parecía cansado y mi madre intentaba sostener una normalidad que se le escapaba entre los dedos. Yo comí rápido, deseando que el momento pasara cuanto antes. Nerón se acomodó a mis pies, apoyando la cabeza sobre mi pierna y mirando con esos ojos brillantes que siempre me hacían querer darle comida a escondidas.
Cuando por fin salí de casa, el aire del exterior se sintió más ligero. Subí la colina casi de memoria, con el cielo ya teñido de naranja y el viento moviendo la hierba del Valle de las Olas, esta vez mamá me había pedido que subiese con el perro porque ella no lo iba a poder sacar. Angie, Lucas y Víctor ya estaban allí, sentados en el banco de siempre. No hablamos de nada concreto al principio, solo de lo de siempre, de tonterías necesarias para coger impulso.
Pero, poco a poco, el tema volvió. Hablamos de lo que haríamos, de cómo ir con cuidado, de no llamar la atención. No era un plan cerrado ni perfecto, pero por lo menos se sentía compacto. Les enseñé el mapa del pueblo, los lugares que había marcado con un círculo resaltaban más que los demás. De entre todos estuvimos votando cuales podrían ser más relevantes y al final decidimos que podíamos empezar por la periferia.
De entre todos los sitios elegidos preferimos empezar por la generadora abandonada, sé que suena aterrador, pero realmente estábamos bastante familiarizados con ella. Nunca habíamos entrado, pero desde fuera no era para tanto.



























