Salimos de la biblioteca con la energía que te deja descubrir algo nuevo, como si hubiéramos desenterrado una pieza clave, aunque todavía no supiéramos dónde encajaba. Caminamos hasta la casa de Lucas hablando todos a la vez, mezclando fechas, nombres y teorías como si fuéramos expertos en misterios municipales. El sol ya no molestaba tanto, incluso el apagón parecía menos grave cuando sentías que estabas avanzando.
El cajón estaba más al fondo, como si los años más antiguos pesaran más también en el metal. Lucas lo sacó con cuidado, sin bromas, y el chirrido breve de los rieles sonó demasiado alto en el archivo silencioso antes de quedar suspendido frente a nosotros.
Lucas dejó la linterna apoyada sobre una mesa metálica para que el haz iluminara una zona más amplia y, por primera vez desde que bajamos, dejamos de ir en fila y formamos un pequeño círculo alrededor del cajón abierto, hombro con hombro, como si estuviéramos a punto de invocar algo y no de consultar periódicos viejos.
La linterna de Lucas apenas iluminaba un círculo casi perfecto hacia delante, así que avanzábamos muy juntos, casi pegados, para no golpearnos con nada. Si uno se separaba medio metro, desaparecía en la oscuridad.
Angie y Clara se iban cruzando miraditas tensas desde que doblamos la primera esquina. No es algo evidente, pero había un hilo invisible que se estiraba entre ellas cada vez que coincidían sus ojos. Angie no confía en Clara, ni un poquito, creía que va a querer perjudicarnos, que su entrada en el grupo es una especie de infiltración silenciosa. Y Clara… Clara es de las que no soporta que la miren como si la estuvieran juzgado. Se pone a la defensiva con la facilidad con la que otros respiran.
Mi madre estaba en la cocina, removiendo algo en una olla, y cuando se giró al oírme entrar esbozó una sonrisa que, sin embargo, se le quedó a medio camino al darse cuenta de mi postura, en la forma torpe en la que apoyaba el peso del cuerpo y en cómo mantenía los brazos ligeramente separados, como si cualquier roce pudiera dolerme.
La puerta de casa se cerró a su espalda con un golpe seco.
Víctor se quedó quieto unos segundos, con la mochila aún colgada de un hombro, escuchando el ruido rebotar por el pasillo estrecho. No había nadie para decirle que no diera portazos. No había nadie para preguntarle cómo había ido el día. No había nadie, punto.
Salimos del recinto de la fábrica y echamos a andar sin decir nada, como si el simple hecho de detenernos pudiera hacer que todo lo que habíamos vivido nos alcanzara de golpe. El pueblo nos recibió con un silencio insultante: personas paseando sin decir una palabra, alguna ventana abierta, el sonido lejano de los pajaritos.
—¿Pero sois gilipollas o qué? —fue lo primero que dijo, recorriéndonos con la mirada—. ¿Sabéis el susto que me habéis dado?
Nadie respondió. Supongo que porque ninguno sabía muy bien por dónde empezar. Estábamos hechos polvo: con la ropa rota, sangre seca en brazos y piernas, moratones que ya empezaban a oscurecerse. Javier frunció el ceño al ver a Lucas.
—Sí, sí, estamos todos enteros. —Angie se miró el cuerpo, giró la cabeza más rápido de lo que debería. —¡Tío! ¡Qué pasada!
Víctor sonrió de medio lado abriendo los brazos como diciendo “¿has visto?”, la verdad es que, aunque estábamos ahí encerrados, estábamos bien y juntos.
Nos habíamos movido al parque infantil que había cerca del ambulatorio porque ahí casi nunca había nadie. En el suelo descansaban cascaras de pipas y colillas aplastadas, a su lado estábamos nosotros, Angie en el columpio, Víctor y yo en el suelo y Lucas dando patadas al aire con los brazos cruzados.
No porque tuviera prisa, sino porque no había motivo para hacerlo. La puerta quedó entornada a mi espalda, sin el sonido habitual del pestillo, como si la casa esperara que volviera. Avancé unos pasos por la calle, despacio, escuchando mis propios movimientos con una atención que no era normal.
El trastero de Angie estaba iluminado solo por dos velas colocadas sobre una mesa, las habían encendido sus padres para ayudarnos, por una vez que no se quedaban en el colegio hasta tarde. La cera se derretía despacio, formando charcos irregulares que parecían querer decir algo. Cada vez que alguien pasaba cerca, las llamas temblaban, proyectando sombras largas que subían por los azulejos.
Angie y Víctor salieron del instituto cuando las sombras empezaban a alargarse, tiñendo el cielo de un naranja cansado que no lograba aliviar el cansancio que llevaban encima. Las puertas se cerraron a su espalda con un golpe seco que resonó más de lo normal en el silencio de esa tarde. Angie caminaba deprisa, con los brazos cruzados contra el pecho, como si el aire se hubiera vuelto más frío de repente.
El camino de tierra crujía bajo nuestras botas, levantando pequeñas nubes de polvo que el viento seco de la tarde apenas arrastraba. El sol caía con fuerza desde un cielo libre de nubes, calentando nuestra piel hasta que parecía que cada paso dejaba una marca ardiente sobre nosotros. El verano que tanto habíamos esperado llegaba con sorpresa, el calor nos recordaba lo vivos que estábamos, aunque nuestras sombras se clavaban verticalmente sobre el sendero justo bajo nuestros pies.
Lucas caminaba unos pasos por delante, con la mirada fija en el suelo, como si buscara entre las piedras y la arena una respuesta que nunca llegaba. Cada tanto, se detenía y soltaba un suspiro que parecía absorber todo el aire caliente a su alrededor.
—Si hubiera estado más atento… —murmuró con la voz áspera y baja—. Si no me hubiera dormido… si hubiera escuchado… tal vez Miguel no se habría ido.
Caminé junto a él, lenta, midiendo mis palabras, dejando que el sol nos recalentara la espalda y las palabras de Lucas ocuparan el aire antes de responder.
—Lucas… venga…no fue tu culpa —remarqué con suavidad, mientras levantaba un poco el polvo con la punta de mis zapatos—. Estabas dormido. Todos lo estábamos. Nadie podría haberlo evitado.
—Lo sé… —interrumpió él, con un hilo de voz que parecía quebrarse—. Pero aun así… siento que fallé. Cada noche me despierto pensando que podría haberlo oído, que pude haberlo salvado… y no hice nada.
Estaba ahí y no hice nada.
Lo escuchaba, sin prisa, notando cómo el calor pegaba fuerte sobre su nuca y cómo el sol nos obligaba a entrecerrar los ojos. Era un verano seco, pesado, que parecía presionar nuestros hombros mientras caminábamos, pero lo acompañaba sin decir nada, dejando que la culpa se mostrara sin censura.
—Lucas… —empecé finalmente, mi voz tranquila, finiquitando la conversación—. No tienes que cargarlo solo. Nadie debería cargar algo así en silencio. Miguel… a él no le gustaría que estuvieses así por lo que pasó.
Él rio, pero era una risa áspera, cargado de desesperación y calor.
—No estoy tan mal… solo… me duele un poco cada vez que lo recuerdo. Me duele pensar que podría haber sido distinto si yo… si yo hubiera estado más atento. Me siento tan inútil… y culpable…
Me acerqué un poco más, rocé con mi mano el brazo de Lucas, como si fuese un ancla invisible.
—Lucas… —dije con una firmeza suave—. Mira cómo estás ahora. Sigues en pie, enfrentando esto, intentando entender lo que pasó. Eso no es de culpables. Eso es de héroes. Nadie puede hacerte sentir culpable por querer ser el mejor tío que Miguel merece.
Lucas inhaló profundamente, sintiendo cómo el aire caliente del verano le pegaba en la cara, mezclado con el polvo del camino. Permitió que la culpa se hiciera visible, pero sin que lo arrastrara del todo.
—Gracias Cami —susurró, casi sin voz—. Por escucharme y… no juzgarme.
—No estás solo —le respondí, con una sonrisa que sintió cálida como el sol en su espalda—. Y nunca lo vas a estar.
Continuamos caminando, el calor del verano pesado sobre nosotros, los pájaros moviéndose entre los árboles frondosos a los lados del sendero, y el silencio que seguía después de sus palabras parecía más ligero.
Bajé la mirada, jugando con una de mis trenzas como si me aferrara a esta para contener mis pensamientos. Sabía que había una parte de mí que debía exponer ante Lucas, como él había hecho conmigo. Mis pies levantaban pequeñas nubes de polvo en el camino de tierra, y cada tanto golpeaba distraídamente una piedra, un gesto que delataba lo nerviosa que estaba.
—Yo… yo tampoco me he enfrentado a nadie —murmuré, con un hilo de voz—. Ni entonces, ni ahora. Es como… como si me hubiera acostumbrado a callar.
Lucas frunció el ceño, sintiendo un nudo en la garganta. Se sentía impotente al verme así, tan pequeña frente a algo que él sabía que me afectaba profundamente.
—Me siento… débil por todo eso —afirmé finalmente, con suavidad, inclinándome ligeramente hacia delante.
—Eso no es ser débil —respondió con firmeza, inclinándose un poco hacia mí.
—Sí lo es… —repliqué, apretando los puños inconscientemente—. Me siento tan… pequeña, Lucas.
Como si nunca tuviera el valor de hacer lo correcto. Ni siquiera contra ellas… Raquel y las demás. Ni siquiera ahora…
Lucas suspiró y se sentó en una piedra al borde del camino, indicándome con un gesto que me sentara también. Me acomodé, abrazando mis rodillas, como una niña que necesita protección.
—Camila… —empezó con cuidado, midiendo cada palabra—. Escúchame. Ser valiente no significa no tener miedo. Ser valiente es seguir adelante a pesar del miedo. Y tú has seguido adelante. Has tenido que madurar más rápido que muchos adultos. Nadie puede hacerte sentir mal por querer recuperar algo que perdiste demasiado pronto: tu infancia.
Levanté apenas la mirada, con lágrimas que asomaban, y por un instante, mis ojos brillaron con la mezcla de tristeza y esperanza que me hacía parecer pequeña e inmadura, aunque estuviera sosteniendo un peso que ningún niño debería cargar.
—Pero… ¿cómo puedo sentirme fuerte cuando siento que no puedo enfrentar nada? —pregunté con un suspiro, la voz apenas más que un murmullo—. Siempre me escondo y dejo que todo pase…
Lucas se inclinó un poco más hacia mí intentando que cada palabra calara hondo.
—Porque no ves lo que ya haces. Cada paso que das, cada decisión que tomas, incluso ahora… eso es valentía. Y enfrentarte a esto, a todo esto, cuando podrías simplemente correr y esconderte… eso es mucho más fuerte que cualquier acto de coraje que alguien pueda hacer. Nadie puede quitarte eso. Nadie puede decir que eres débil, Camila.
Respiré hondo, y un pequeño gesto infantil se me escapó: mordiéndome la punta del pulgar como hacía de niña cuando estaba nerviosa. Lucas lo notó, y en lugar de burlarse, me sonrió suavemente, como quien le da permiso a una niña para ser pequeña y fuerte a la vez.
—Entonces… ¿puedo… empezar a ser la valiente ahora? —susurré, mezclando mi miedo y la esperanza, como si preguntara por primera vez si estaba bien sentirse así.
—¡Claro! —respondió Lucas con firmeza—. Ya lo estás siendo. Cada vez que decides no esconderte, cada vez que luchas por los demás… eso es ser valiente. Incluso si todavía sientes miedo. Incluso si todavía te sientes pequeña.
Dejé escapar un suspiro largo, dejando que el aire caliente del verano me envolviera. Ahora ya no parecía solo una niña asustada; parecía una niña aprendiendo a sostener su propia fuerza, paso a paso, mientras el sol nos recordaba que la vida seguía ardiendo alrededor de nosotros, implacable, pero esperanzador.
Cuando ya estuvimos mejor se levantaron y siguieron su trayectoria por el camino.
El instituto estaba casi desierto, a excepción de algún profesor que pasaba por el pasillo, apresurado y cargando papeles. Los rayos del sol tardío se colaban por los ventanales, bañando el linóleo y los carteles de historia y literatura con un tono dorado que parecía calentar las paredes. Los casilleros reflejaban la luz de manera desigual, y cada paso de Angie y Víctor dejaba un eco largo y vacío.
Subieron las escaleras con cuidado, el aire olía a tiza, papel viejo y café, y cada crujido del suelo resonaba en el silencio. Al llegar al pasillo de profesores, la luz del atardecer proyectaba sombras largas sobre las puertas cerradas. Entre ellas, Angie reconoció el despacho de su madre, entreabierto, con olor a libros y exámenes recién corregidos.
Avanzaron con cautela hasta la mesa donde su madre los esperaba, rodeada de montones de papeles, con la luz reflejándose en sus gafas y dibujando líneas doradas sobre su cabello.
—Mamá —comenzó Angie, con un hilo de urgencia en la voz.
Su madre levantó la vista del montón de exámenes que estaba corrigiendo, parpadeando con sorpresa.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó, dejando el bolígrafo a un lado y acomodándose las gafas sobre la nariz.
Angie avanzó un paso hacia la mesa, con los dedos rozando los papeles como si buscara apoyo.
—Una señora en un bar me ha hablado de Marta… que su hijo ha desaparecido. ¿Por qué no me has dicho nada? —susurró, tratando de que su voz no sonara demasiado acusadora, pero aun así cargada de ansiedad.
La madre suspiró, inclinándose sobre los exámenes, con un gesto de culpa que no podía ocultar.
—Esta temporada ha sido imposible, Angie —susurró—. Los chicos de segundo están preparando la selectividad, y no podía dejar el trabajo… No es excusa, lo sé, pero…
Mientras Angie empezaba a interrogarla con delicadeza para que saliera información sobre lo ocurrido, Víctor, sentado discretamente a un lado, vio el examen de Bruno. Con un movimiento sigiloso, casi imperceptible, deslizó el bolígrafo rojo y cambió el 8 por un 2,8, sin que nadie lo viera.
—Jejeje. Eso es karma, hijo de puta —susurró para sí, con una sonrisa torcida.
La madre volvió a mirar a Angie, más seria ahora.
—A ver Angelina, lo que sé… —empezó, con la voz baja y temblorosa—. El niño salió de su cama alrededor de las tres de la mañana, llorando como un loco. Su hermano mayor se despertó al oírlo y fue a ver qué pasaba. Cuando llegó a su cuarto, el pequeño ya no estaba. Escuchó la puerta de la casa abrirse y bajó corriendo las escaleras… y al llegar abajo, la puerta volvía a estar cerrada.
Angie contuvo la respiración.
—¿Lo vio…?
—Sí —admitió la madre—. Dijo que lo vio correr a lo lejos, girar la calle llorando, como si algo lo hubiera asustado. Intentó seguirlo, pero al girar la esquina ya no estaba. Lo buscaron toda la noche, pero no apareció.
—Pero… ¿eso cuando pasó?
—Todo pasó hace como un mes y medio.
Angie y Víctor intercambiaron una mirada cargada de preocupación. No habían oído nada igual antes. Cada palabra que la madre pronunciaba estaba impregnada de miedo, cuidado y culpa contenida.
La generadora apareció entre las altas hierbas secas, con sus paredes metálicas cubiertas de óxido y grafitis casi borrados por el tiempo. La luz del sol se reflejaba en los paneles metálicos oxidados, haciendo que la estructura pareciera casi brillante en algunos puntos.
—¿Lista para entrar? —preguntó Lucas, ajustándose la mochila y respirando hondo.
—Sí… pero… tiene un aire raro —murmuré, mientras mis dedos jugueteaban nerviosos con el borde de mi camiseta. El corazón me latía rápido y, por un instante, sentí que era una miedica frente a algo demasiado grande.
Empujamos la puerta principal con cuidado. Chirrió, como cigarras despertando a un gigante dormido.
Dentro, el olor a polvo, aceite viejo y metal caliente se mezclaba con el aroma seco de la madera vieja que servía de escalera y pasamanos. Cada paso levantaba una pequeña nube de polvo que danzaba con los rayos de sol que se colaban por las grietas de las paredes y techos rotos.
El piso de abajo estaba lleno de maquinaria antigua: grandes generadores hechos de cobre, tubos de acero que se enroscaban por toda la sala, manómetros oxidados y válvulas que parecían no haberse tocado en décadas. La luz se filtraba por ventanales rotos y agujeros en el techo, creando haces dorados que iluminaban partículas suspendidas en el aire. En un rincón, unas jeringuillas usadas descansaban entre papeles y restos de botellas. Bromeé con una risa nerviosa:
—Seguro que estas son de Raquel, Bruno y sus secuaces.
—Sería lo único lógico —respondió Lucas con una media sonrisa, mientras recogía un pedazo de metal para revisar que no estuviera demasiado oxidado.
Subimos al segundo piso, donde los grandes ventiladores, aunque parados, conservaban un eco de movimiento en su interior. Había tablones rotos de madera que crujían bajo nuestros pies. Cada rincón parecía guardar secretos; las sombras de la maquinaria daban la impresión de que alguien podía estar observándonos desde cualquier lado. Los rayos de sol se filtraban desde el piso superior, dibujando franjas brillantes sobre la maquinaria cubierta de polvo y telarañas.
—Esto es… enorme —dije, con la emoción en la gargante—. ¿Te imaginas si todavía funcionara?
—Sería una locura —replicó Lucas—. Todo esto podía mover nuestro pueblo entero… y ahora solo nos queda polvo y óxido.
Mientras inspeccionábamos los interruptores y las válvulas, un sonido débil empezó a filtrarse por las paredes: una sirena, muy bajito, como si viniera desde lejos. Al principio pensamos que era el viento golpeando algún panel metálico, pero pronto se hizo evidente que tenía un patrón, un llamado insistente que retumbaba apenas perceptible en la estructura.
—¿Has oído eso? —pregunté, deteniéndome junto a un generador antiguo.
—Sí… suena como si viniera del piso de arriba —señaló Lucas, frunciendo el ceño—. Vamos con cuidado, por si acaso.
El calor del sol parecía seguirnos incluso dentro, colándose por cada grieta y reflejando la suciedad en el aire, dándole al lugar un aire casi irreal, como si el tiempo allí se hubiera detenido hace décadas. Los tres pisos de la generadora parecían hablar con un murmullo propio, y los niños avanzaban con la mezcla de curiosidad y temor que solo se siente cuando sabes que estás frente a algo más grande que tú y, a la vez, imprescindible de descubrir.
La sirena seguía sonando, apenas un hilo de ruido, pero lo suficiente como para tensarnos. No aumentaba de volumen; lo que aumentaba era la sensación de que no deberíamos estar oyéndola. Lucas fue el primero en dirigirse hacia las escaleras de madera que conducían al piso superior. La barandilla estaba cubierta de polvo y astillas, como si nadie la hubiera tocado en años.
—Despacio —murmuró, probando el primer escalón con el peso justo.
La madera respondió con un crujido largo, que se perdió entre los ecos del edificio. Subí detrás de él, pegada a la pared, intentando no pensar en el hueco oscuro que se abría entre los peldaños. El calor seguía allí, atrapado, pegajoso, haciéndome resbalar un poco las manos sudadas.
La sirena parecía ahora más cercana, aunque seguía sonando igual de bajo, como si el edificio entero respirara ese sonido.
Avancé un escalón más.
Y entonces ocurrió.
El peldaño cedió con un chasquido seco, demasiado rápido para reaccionar. La madera se partió bajo mi pie y el mundo se me fue hacia abajo de golpe. Sentí el estómago subirme a la garganta y el aire escapándome de los pulmones en un grito ahogado.
La primera vez que Miguel dijo mi nombre fue sin querer.
No estoy del todo segura de que me llamara, solo sé que lo pronunció. Fue hace tres años, estábamos en el salón de Rosa y David, con la televisión puesta en Disney Channel, estaban dando “Star contra las fuerzas del mal”, mi serie favorita en el mundo mundial. Lucas y yo estábamos tirados en el suelo mientras él montaba un puzle que no encajaba por ningún lado, y Miguel balanceando los pies en el sofá con las piernas colgando, como si el suelo hubiera desaparecido.
—Mami… —dijo primero, pero nadie respondió.
Cristina estaba en la cocina, por lo que no le escuchó, Lucas gruñó algo que no escuché y Angie estába sentada en la alfombra dibujando en una libreta vieja, dibuja super bien. Yo jugueteaba con los muñecos viejos de Javi, haciéndolos girar y haciéndoles dar saltitos encima de otro pequeño muñeco que me había traído de casa.
—Cami…
Levanté la cabeza por reflejo.
Miguel me miraba con los ojos muy abiertos, como si se hubiera equivocado de palabra y esperara que alguien se la corrigiera. Angie fue la primera en sonreír.
—Creo que te ha adoptado —susurró.
Miguel se rió, un sonido corto, tímido, y volvió a balancear las piernas. Decidí jugar con él haciéndome la muerta y conseguí hacerle reír un poquito más fuerte.
Ese recuerdo me vino a la cabeza mientras caminaba con mis amigos hacia la casa de Angie después de clase. Ayer fue el último día y en el instituto solían aporrear las puertas de todas las clases antes de salir del recinto. Después acostumbraban todos a meterse en la fuente de la Plaza Mayor pero mis amigos y yo nunca llegamos a participar en eso, y mejor así, prefería llegar seca a casa.
Este año Angie nos había invitado a su casa el primer día de vacaciones y eso me llenaba de emoción, a pesar de nuestra situación.
Yo iba dando saltitos sobre las losetas de la acera, tratando de no pisar las grietas, Víctor me imitaba más atrás y Lucas y Angie iban dados de la mano por en medio de la carretera.
Llegamos a su casa rápidamente, fuimos todos directos a la cocina a ver si a los padres de Angie se les había ocurrido comprar las galletas artesanas de la Señora Petra que estaban tan buenas.
Nos pusimos a charlar sobre el último día, sobre lo contentos que estábamos por haber terminado la secundaria y a meternos con Víctor por ser un año menor y no poder sentir lo mismo que nosotros. La verdad que estar más cerca de salir del instituto y poder ir a la universidad en pocos años me hacía sentir mariposas en el estómago. La idea de conocer gente nueva en la ciudad me aliviaba ya que no se burlarían de mi forma de ser y sentir las cosas, no como aquí.
De un momento a otro todo se tensó cuando mencioné el plan que teníamos en mente y no tardamos en discutir.
No fue una pelea fuerte, ni mucho menos. Fue solo una tonta discusión sobre quién iría con quien a la nueva aventura.
—No deberíamos separarnos —objetó Lucas, con los brazos cruzados—. Si vamos a hacer esto, lo hacemos juntos. Y punto.
Angie negó casi al instante, como si la idea le hubiera molestado incluso antes de oírla completa.
—Precisamente por eso. Cuatro personas llamando la atención no sirve de nada. Es mejor cubrir más terreno.
—Pues yo voy contigo —añadió Lucas, mirándola directamente.
Cuando Lucas se ponía así de meloso con Angie, me daba mucha grima. No es por ser metomentodo, pero yo creo que ese idílico amor con el que empezaron su relación se estaba convirtiendo poco a poco en una rutina mal construida.
—No —respondió ella—. Yo voy con Cami.
Víctor levantó la mano, medio en broma, medio serio.
—Pues entonces yo voy con Lucas. Alguien tiene que impedir que se meta en problemas.
Lucas resopló, claramente frustrado.
—Esto no tiene sentido. — quiso reprochar Lucas.
—Sí lo tiene —respondió Angie, firme—. Tú piensas mejor cuando no estás conmigo. Y Cami… —me miró un segundo más de lo normal— Cami ve cosas que los demás no vemos.
Abrí la boca para decir que a mí no me metiesen en sus movidas de parejita peleada, pero no me atreví y Víctor chasqueó la lengua frustrado.
—Vale. Entonces queda decidido: Víctor con Angie, Lucas conmigo. Y nadie hace el idiota. —quise terminar la discusión cuanto antes porque entre tonterías se nos iba a hacer de noche.
Lucas me miró como si quisiera protestar, como si fuera a decir algo importante… pero al final solo asintió.
—Vosotros preguntad por ahí a ver si encontramos alguna pista. Lucas y yo nos iremos a ver la generador—se me quedaron mirando los tres como si mi nueva posición les extrañase por lo que quise finiquitar mi mandato—como hemos hablado.
—Volvemos a la calle Reynols a las seis y media en punto —ordenó Angie—. Pase lo que pase.
Angie y Víctor entraron en el primer bar que vieron casi sin darse cuenta. Olía a café requemado y a madera vieja. Dos hombres mayores jugaban a las cartas y el camarero los miró con una mezcla de curiosidad y desconfianza que los adultos reservan para los adolescentes que no saben qué hacen allí.
—Estamos…ehh… buscando a un niño —soltó Angie sin rodeos— A Miguel.
El bar se quedó en silencio de pronto.
Angie había dicho su nombre con cuidado, casi pidiendo permiso, pero aun así algo se tensó en el ambiente. Las cartas dejaron de moverse, el camarero apoyó el vaso en la barra sin terminar de secarlo y uno de los hombres carraspeó, como si tuviera un secreto atravesado en la garganta.
—¿Otro más? —murmuró uno de ellos, sin levantar la vista.
Angie frunció el ceño.
—¿Cómo que otro más? Miguel es el niño de los Gutiérrez.
Nadie respondió al principio. El silencio fue más meditado que brusco, como si todos estuvieran decidiendo qué no decir.
—Desde hace un tiempo… —comenzó al final el camarero—. Unos meses, creo.
—¿Meses de qué? —insistió Angie—. ¿De desapariciones?
Uno de los hombres chasqueó la lengua, molesto.
—No son cosas para andar preguntando.
Víctor inclinó la cabeza, apoyando el peso sobre una pierna. Sonrió, suave, casi torpe, como si no entendiera por qué aquello era un problema.
—No es por cotillear —dijo—. Es que cuando nadie explica nada, uno empieza a imaginar cosas peores.
El hombre de las cartas levantó la vista despacio. Tenía los ojos cansados, hundidos.
—Son pequeños —continuó—. Siempre pequeños. Dos, tres… cinco años. Ninguno pasa de seis.
Angie sintió un nudo en el estómago.
—¿Y qué pasa? —preguntó—. ¿Se los llevan?
—No —respondió el camarero, demasiado rápido—. Eso no.
—Entonces… —Víctor dejó la frase en el aire.
—Salen solos —intervino el hombre mayor—. Eso es lo raro.
—¿Salen a dónde? —preguntó Angie.
El hombre se encogió de hombros.
—Nadie lo sabe.
Otro silencio. Más largo.
Víctor se apoyó un poco más en la mesa de los señores, bajando la voz como si fuera a vcompartir algo delicado.
—¿Nunca los han visto volver?
—No —admitió el camarero—. Y casi nadie oye nada. Ni gritos. Ni golpes.
—¿Y nadie ha encontrado ninguna pista? —insistió Angie.
El hombre negó con la cabeza.
—Puertas cerradas. Ventanas cerradas. Casas normales. Como cualquier otra noche.
Víctor frunció el ceño, despacio.
—Entonces no es que alguien entre.
—No sabemos qué es —se corrigió enseguida—. Ni queremos saberlo.
Angie apretó los labios.
—¿No tienen ninguna sospecha?
El camarero dudó solo un segundo, pero fue suficiente.
—En un pueblo pequeño —admitió al final—, las sospechas no sirven para nada si no llevan a una respuesta.
Y nadie dijo nada más. No porque no hubiera nada que decir, sino porque ninguno quería ser el primero en ponerle forma al miedo.
Pasaron por dos bares más. Las historias se repetían con pequeñas variaciones: una puerta mal cerrada, una madre en la ducha, un ruido en mitad de la noche. Siempre niños que corrían, siempre con silencio después.
En el último bar al que fueron, Angie se tensó al escuchar un nombre que resonó en su cabeza como un eco.
—¿El hijo de Marta? —susurró, casi sin aire, midiendo cada palabra.
La mujer detrás de la barra tragó saliva y se frotó las manos, nerviosa, evitando la mirada de los chicos.
—Sí… el cuarto —habló con voz apagada—. Pobrecilla… no levanta cabeza.
Angie se acercó a la barra con pasos lentos, midiendo cada movimiento. La luz cálida que entraba por las ventanas del bar caía sobre su rostro, iluminando un atisbo de esperanza que intentaba asomar entre los pliegues de su miedo. Sus ojos buscaban los de la mujer, buscando el hilo de su confianza que pudiera sostenerse en medio del silencio cargado.
—Soy Angelina, la hija de su mejor amiga… —dijo Angie con voz apenas audible, inclinándose ligeramente hacia la barra, como si el secreto que traía pudiera desvanecerse si lo pronunciaba demasiado alto—. Puedes contarme lo que ha pasado… y también en mi amigo Víctor.
Luego, bajó aún más la voz, rozando casi un susurro:
—Estamos intentando encontrar a los niños…
Su respiración era contenida, y cada palabra llevaba la urgencia de quien sabe que el tiempo es corto, pero también la delicadeza de quien teme asustar a quien podría ser su única aliada.
Al instante, la mujer palideció. Sus manos temblaron sobre la barra y su voz se endureció, como si quisiera cubrir un miedo que no podía contener.
—¡Niños! ¡Ni se os ocurra meteros en problemas! —regañó, sin poder ocultar del todo la alarma en su tono—. ¡Vosotros… no sabéis en qué os estáis metiendo!
Víctor frunció el ceño, pero mantuvo la calma, inclinándose ligeramente hacia ella con una sonrisa suave que parecía querer suavizar la tensión. Sabía perfectamente lo que hacía.
—Lo sabemos —dijo—, por eso necesitamos cualquier cosa que pueda ayudarnos. Por favor.
La señora negó con la cabeza, tragando saliva, con los ojos brillantes de preocupación.
—No… no quiero que os pase nada. Marta… Marta ya está sufriendo suficiente —musitó, y después, como si quisiera alejar la tensión, añadió con voz más firme—. ¡Y vosotros dejad de mirarme así! No podéis andar preguntando a todos por los secretos del pueblo.
Angie y Víctor se miraron, comprendiendo que detrás de los regaños había miedo genuino, que la mujer estaba atrapada entre la preocupación por su amiga y la necesidad de proteger a los chicos.
—Gracias… —susurró Angie, casi para sí misma, antes de que los niños se apartaran y salieran del bar, con la sensación de que habían rozado algo mucho más grande de lo que podían comprender.
Cuando salieron del bar, la brisa del atardecer les golpeó la cara y los obligó a pararse un momento, Víctor se sentó en el bordillo mientras Angie caminaba enfrente. El murmullo lejano del pueblo parecía esconder secretos que ellos aún no alcanzaban a descifrar.
—Podríamos ir directamente a ver a Marta —verbalizó Víctor, con la voz cargada de determinación—. Tal vez nos pueda decir algo más.
Angie frunció el ceño, apretando los puños como conteniendo un torrente de emociones que no sabía cómo soltar.
—No… eso sería cruel —susurró, mirando hacia la calle desierta—Está su hijo desaparecido… seguro está destrozada. No podemos llegar y revivir ese dolor.
Víctor abrió la boca para responder, pero Angie levantó la mano, interrumpiéndolo. Se quedó unos segundos en silencio, caminando más despacio, como si cada paso la ayudara a ordenar sus pensamientos.
Entonces, como si una chispa se encendiera de repente, sus ojos brillaron con una mezcla de miedo y resolución.
—Peeroo… podemos ir a ver a mi madre —ofreció, casi como si estuviera rompiendo una barrera dentro de sí misma—. Al instituto.
Víctor la miró sorprendido, parpadeando ante la fuerza de la decisión que se veía genuinamente revolucionaria en sus ojos.
—¿Vamos? —preguntó finalmente, sintiendo que ahora el camino tenía un nuevo rumbo.
Víctor asintió, con un pequeño gesto que parecía contener todo el peso de lo que estaban a punto de hacer.
Jueves por la mañana, último día de clases, Álvaro pegando voces desde las siete de la mañana para que nos despertemos todos. Nunca tardaba menos de veinte minutos en levantarme del todo, como pensando que cuanto más tiempo me quedase en la cama más rápido se pasaría el día.
A pesar de levantarme después de tanto rato, siempre era la primera de mis hermanos. Me levanté sin hacer mucho ruido y me metí al baño a vestirme y arreglarme, bajé a la cocina y ahí estaba mi madre haciéndonos el desayuno a todos, una costumbre que solo empezó cuando se casó. Tres cafés, una taza de Cola-cao y un tazón de cereales, unas tostadas, un huevo revuelto y un yogur.
—Buenos días, mami— nunca dejé de llamar así a mi madre, supongo que me hacía sentir aún pequeña.
—Buenos días, cariño—respondió sin levantar apenas la vista.
En cuanto terminó su café se marchó. Tenía siempre mucha prisa por llegar bien al trabajo, era una mujer muy responsable, recuerdo que cuando estábamos solas llegó a tener más de tres trabajos a la vez y, por lo que sé, todos la adoraban.
Cogí la correa y le di una vuelta a Nerón antes de desayunar, aún no había salido el sol y las calles enrevesadas de mis alrededores seguían teñidas por la luz de las farolas, aunque, a medio paseo, se apagaron repentinamente. En cuanto Nerón hubo terminado volvimos rápidamente.
Mis hermanos bajaron después de un rato y se comieron lo que les había hecho mamá, todos en su sitio, como siempre. Clara se quejó de que su café estaba frío y su huevo crudo, eso también era normal.
Terminamos todos de prepararnos y Álvaro nos bajó en coche al instituto, a toda prisa, porque sino llegaba tarde a su trabajo.
El instituto olía a desinfectante barato y a cansancio general. Angie llegó con paso firme, recta y con la cabeza alta. No porque se sintiera fuerte, sino porque había aprendido a que así era la única forma en la que lograba no desmoronarse en el transcurso del día.
—Eh, ¡cerebrito! — gritó una voz a su espalda — ¿Hoy también vas a corregir nuestros exámenes?
Enchufada de los cojones.
Las risas no tardaron en aparecer, Raquel era insoportable desde los ocho años y no creo que cambie nunca.
—Ten cuidado, Richie—añadió otra voz— que si le haces algo seguro que se lo chiva a mami y nos expulsan.
Angie se giró despacio. Sonrió. Una sonrisa rápida, casi ensayada.
—Ojalá tuviese ese poder, así no tendría que aguantar a gilipollas como vosotras.
—¡Uy! cuidado, que se enfada la pardilla.
Angie se giró, dejando atrás otra tanda de risas burlonas que ya tenía como costumbre. Caminó hacia nuestra clase, donde yo ya la esperaba, con la misma seguridad con la que siempre llegaba. Por dentro, sin embargo, algo se le encogía: el agotamiento de haber aguantado otro curso más en este pueblo.
Yo la esperaba en mi sitio, en la segunda fila pegada a la ventana, ella se sentaba a mi lado desde primero de primaria. Cuando llegó se sentó sin decir nada, porque no hacía falta. Sabía que llegar a clase era una tortura, especialmente para ella. Empujé discretamente un boli hacia ella y para mi suerte, ese día lo aceptó, otros días le afectaba más y se quedaba otro rato un poco más distante.
Lucas, Víctor y Javier aún seguían afuera, en el patio, aprovechaban las primeras horas de luz apoyados contra la pared. Víctor no dejaba de hablar, como siempre.
—Entre boca-chancla o medianoche esta peña no se decide, como si me afectase en algo. — bufó Víctor, intentaba esconder que realmente le importaban esas palabras— Como me vuelvan a decir algo así les parto la boca.
Ante tal declaración Lucas se rio porque sabía perfectamente que hablaba por hablar ya que cada vez que se le había presentado la oportunidad de defenderse contra esos abusones siempre se había echado para atrás.
—No les des ese poder.
—Es fácil decirlo cuando no te lo están recordando cada cinco minutos—respondió Víctor en ese tonito estridente que siempre usaba a la hora de quejarse—pero bueno, si me ignoran será mejor para ellos.
Un grupo de chicos del último curso les pasó cerca.
—Oye guardaespaldas—intervino Bruno— ¿Hoy no vienes con tu novia le empollona?
Lucas dio un paso al frente sin pensarlo. Él era casi tres centímetros más alto que Bruno, pero era demasiado flacucho como para que ese dato fuese relevante.
—¿Qué tal si te vas a la mierda?
—Pobre mariposita, seguro que se ha quedado con la super-bollera esa con la que va siempre ¿no?
Lucas se quedó callado durante un segundo, que permitió a Bruno continuar.
—A lo mejor deberías seguir el mismo camino que tu herman-
—¡EH! Chavales, venga ya para clase, leches— la profesora Pepa siempre nos ayudaba cuando las cosas se torcían un poco, era bastante mayor pero muy agradable.
—Adoro a esa profesora. — ella era la profesora de lengua y literatura de Javier y realmente le había ayudado mucho en la materia.
—¿Y por qué no te casas con ella?
—Eso es asqueroso, Víctor. Cállate.
Cuando los tres hermanos llegaron a Cernébria a Cristina le daba vergüenza decir que Miguel era su hijo, ya que ella era tan joven, así que le dijeron a todo el mundo que era un hermano pequeño. Nadie hizo muchas preguntas por lo que a ojos del pueblo Miguel era el hermano más pequeño.
Las clases pasaron lentas. El día avanzó como siempre, pero con una tensión subterránea que ninguno de nosotros sabía muy bien cómo nombrar. Miguel estaba en cada silencio largo, en cada mirada que se perdía por la ventana, en cada pensamiento que se desviaba sin querer.
Supongo que este sentimiento ha estado desde el principio, pero ahora parecía más importante. El hecho de haber decidido que ahora éramos responsables de todo esto me había dejado pensando, a mí y a todos.
Por lo menos Angie, Lucas y yo estábamos juntos, pero Víctor tenía que estar solo en su clase…
—Oye ¿te puedes callar ya? —gritó uno de sus compañeros.
—Yo… no estaba hablando— respondió Víctor muy bajito.
—Porque no te dedicas a, no sé, lavarme los pies o algo. ¿No es lo que hacen los que son como tú?
La profesora acabada de salir un momento y los niños de catorce son especialmente groseros, en realidad, el único momento en el que Víctor realmente estaba en silencio era en clase.
El recreo no era un descanso para nosotros, era solo otro escenario. El patio estaba lleno de ruido, balones rebotando contra el suelo y conversaciones superpuestas que no llevaban a ninguna parte. Yo llegué la última, como siempre, porque solía quedarme hablando con los profesores por las dudas que me surgían.
Angie ya estaba sentada en el bordillo de siempre, con la mochila entre las piernas, observando a la gente pasar como si estuviera calculando trayectorias invisibles.
Lucas y Víctor aparecieron juntos desde la pista de fútbol. Víctor hablaba, gesticulando más de la cuenta; Lucas escuchaba con los brazos cruzados, atento a todo lo que se movía alrededor.
—Vale —rompió el hielo Angie en cuanto estuvimos los cuatro— Tenemos que hablar ahora. Si lo posponemos nos vamos a perder.
Me senté a su lado sin decir nada. Saqué una botella de agua y la abrí con calma, como si ese gesto me ayudara a ordenar todas las ideas que tenía al respecto.
—He estado pensando —continuó Angie— que le estamos dando vueltas siempre a lo mismo. Una simple pesadilla de Cristina. Y no digo que no tenga algo que ver, pero…
—Pero no es lo único raro del pueblo —terminó Víctor rápidamente—. Gracias. Por fin alguien lo dice.
Lucas frunció el ceño.
—¿A qué te refieres con raro?
Víctor levantó un dedo, animado.
—El antiguo balneario, por ejemplo. Nadie entra ahí desde hace años, pero siempre hay luces por la noche. O el túnel viejo del tren. O la fábrica abandonada cerca del río.
—Eso no son sitios para un niño —mencionó Lucas al instante—. Miguel tenía cuatro años cuando se marchó.
—Precisamente —respondió Angie—. Nadie miraría ahí pensando en él. Nadie mira ahí nunca, a secas. Quise intervenir entonces, con voz baja, pero firme.
—Además, Miguel no se habría ido solo a ninguno de esos sitios. Si acabó allí… alguien se lo tiene que haber llevado.
Lucas apretó la mandíbula. Víctor dejó de sonreír.
—No me gusta cómo suena eso —murmuró Víctor.
—No tiene por qué gustarte —respondió Angie—. Solo tiene que tener sentido.
Hubo un silencio breve. El balón de unos chicos pasó rodando cerca de nosotros, pero nadie se movió para devolverlo.
—Yo puedo encargarme de preguntar —dijo Víctor al fin—. La gente habla conmigo más de lo que cree. Los adultos, sobre todo. No me toman del todo en serio.
Lo miré, sabía a lo que se refería, él siempre me hablaba de sus los cotilleos que había descubierto.
—Es un poco peligroso ¿no crees? — añadí con miedo.
—Todo lo es —respondió él encogiéndose de hombros—. Pero sé escuchar y sé hacer que hablen sin que se den cuenta.
Lucas negó con la cabeza.
—No quiero que te metas en nada raro.
—No voy a ir solo —replicó Víctor—. Nunca voy solo. —supongo que se refería al espíritu santo, aunque no lo especificó.
Angie se volvió hacia Lucas.
—Tú tampoco puedes cargar con todo. No tienes por qué protegernos de absolutamente todo.
—Es que, si no lo hago yo, ¿quién? —respondió él, más brusco de lo que pretendía.
Esta situación nos estaba poniendo a todos los pelos de punta, sinceramente no era una buena idea pelear por quien cuidaba de quien y, sabiendo cómo se ponía Lucas con el tema, pensé que sería mejor intervenir.
—Nosotros nos protegemos solos —dije— Como siempre.
Lucas respiró hondo. Asintió.
—Vale. Pero tened cuidado.
Angie sonrió, satisfecha.
—Pues eso. Nada de entrar en sitios peligrosos todavía. Observamos. Preguntamos. Y apuntamos cosas. Nada más. — Por suerte Angie ponía un poco de orden a esta lluvia de ideas.
—¿En serio vamos a hacer una especie de… investigación? —preguntó Víctor, con una sonrisa ladeada.
—Sí —respondió Angie sin dudar—. Y esta vez bien hecha. No como lleva haciéndolo la gente hasta ahora…
Víctor se llevó la mano al pecho.
—Nunca me habían incluido en una conspiración. ¡Estoy tan emocionado!
Solté una pequeña risa, casi inaudible, la alegría de Víctor se me contagiaba siempre muy fácilmente y, a pesar de la tesitura, me aliviaba tenerle de nuestro lado. Angie me miró de reojo.
—¿Tú estás bien con esto? —me preguntó en voz baja cerca de mi oído.
—Sí —respondí—. Solo… no quiero que Lucas se sienta solo en esto.
Lucas bajó la mirada.
—No lo estoy —intentó defenderse—. Aunque a veces lo parezca.
La campana sonó entonces, cortando el momento. Casi todos se levantaron casi al mismo tiempo. Tuve que ayudar a Víctor a levantarse. El plan no estaba cerrado, pero ya no se sentía como una idea alocada, sino como un comienzo.
Todos los chicos salían de las clases aporreando las paredes y las puertas en los dos pisos del instituto. Se notaba en el ambiente las ganas de sol, playa y verano, menos para nosotros, que teníamos una misión.
Busqué a Clara a la salida de clase entre todos los gritos y felicitaciones de mis compañeros de institución.
—Llegas tarde —decretó Clara sin mirarme. Ella siempre estaba con el ceño un poco fruncido al salir de clase.
—No tanto —respondí, solo me había atrasado unos minutos al recoger ese día.
Clara bufó, pero no insistió. Ella y Adrián me esperaban para empezar a subir la cuesta que nos llevaría a casa. El pueblo estaba lleno de colinas. Durante unos segundos no hablamos de nada. Era un silencio conocido, incómodo pero soportable.
—Te han vuelto a decir cosas, ¿verdad? —preguntó Clara de pronto.
Levanté la mirada, sorprendida.
—¿Qué?
—En clase —continuó ella—. He visto cómo os miraban a ti y a tus amigos en el recreo.
Bajé la mirada, ese día había sido duro, pero no el peor, algún que otro empujón y poco más.
—No es para tanto.
—Eso no es una respuesta —replicó Clara, más seca— ¿Te han llamado algo?
Dudé si contarle o no, se portaba como si fuese mi madre, pero tampoco me gustaba mentirle, solo no quería abrir ese melón.
—Lo de siempre, Clara, lo de siempre. —apreté la mandíbula.
—No lo entiendo —frunció el ceño de forma confundida—. De verdad que no lo entiendo. Tú sabes quién eres. Sabes que no eres nada de las mierdas que dicen. ¿Por qué dejas que te hablen así?
—Yo qué sé, tía, siempre ha sido así y tampoco es para tanto, soy fuerte y cuando puedo me defiendo, deja ya de tratarme como si fueses mi madre. Además, si tanto te importo ¿por qué nunca me ayudas?Hipócrita.
Clara se quedó callada, ella sabía que podía hacer algo, pero también sabía que tenía suficiente con su vida familiar como para también convertirse en el blanco de los chicos del instituto.
—Estar enfadada te mantiene en pie. — ya si ya… no se lo dije, pero era obvio que ella estaba así siempre solo por esa razón.
Aun así, le quise prestar más atención a sus palabras. Tenía ojeras bajo sus ojos, no de cansancio físico, sino de algo más pesado.
—No todos sabemos usar el enfado igual —le respondí con cuidado—. A mí me cansa más que otra cosa…
Ambas queríamos cambiar de tema, ya casi llegábamos a casa, pero si dejábamos todo ese rato un silencio constante creo que nos abrumaríamos demasiado.
—Hoy he hablado con el abogado —añadió Clara, casi en un susurro. Me tensé ante esas palabras, pocas veces Clara hablaba de eso y me sentía bien cuando me confiaba estas cosas.
—¿Y…?
—Nada nuevo —respondió mirando al suelo—. Se metió en un lío y ahora le quedan dos años más. — Como si decirlo así lo hiciera más fácil. No dijo mamá, pero no hacía falta, su historia es mucho más profunda de lo que aparenta.
—Lo siento —murmuré, no sabía bien como se sentía estar en su misma situación, pero me lo podía imaginar.
—No —corrigió Clara—. No lo sientas. No fue culpa tuya. Ni mía. Ni de Adrián.
Asentí, aunque sentía que ni ella se creí sus propias palabras.
—Solo… —continuó ella, nerviosa—. Cuando veo que te llaman cosas… que te empujan, que te miran como si fueras…—no se atrevió a terminar la frase— no sé… me enfada. Porque tú estás aquí. Sigues adelante. Y aun así te dejas tratar mal. Y yo no tengo energía para pelear también por ti.
Sé que no nos llevábamos siempre bien, pero realmente la quería, encontré en ella la hermana que nunca tuve y, cuando estaba de buenas, nos lo pasábamos verdaderamente bien. Tragué saliva al escuchar sus palabras.
—No tienes que hacerlo.
—Ya lo sé —respondió ella— Pero me gustaría que tú hicieras un poco más por ti misma.
Sus palabras eran como dagas en mi garganta, ella tenía razón, pero yo no me sentía capaz de terminar con todo eso, así que solo me ponía firme y superaba esas cosas día a día.
—Estoy aprendiendo.
—Eres más fuerte de lo que crees —afirmó—. No dejes que te convenzan de lo contrario.
Llegamos a la puerta de casa y empecé a buscar las llaves. Bajo el sol hacía calor, Adrián había estado caminando a nuestro lado durante toda la caminata, pero estaba a su bola y llegaba a casa casi sofocado por el esfuerzo y el calor. Clara, por otro lado, parecía menos cansada, ella estaba acostumbrada a hacer más esfuerzos y se notaba en su figura alta y esvelta.
—Papá dice que no te meta en mis cosas —soltó sin venir a cuento.
—No me meto.
—Eso dices tú.
Nos miramos un segundo antes de entrar en casa.
Me quedé sola en la cocina calentando la comida, hoy solo Adrián comería conmigo porque Clara se pensaba ir a dormir su siesta antes de lo normal. Nerón corrió alrededor de mis pies, ladrando bajito como pidiendo un trozo de pan o un poco de atención. Le lancé un pequeño trozo de tostada, y él lo atrapó al vuelo, dando un salto exagerado que me hizo reír.
Después de comer, me metí en mi habitación, aunque con la puerta abierta por si el perro quería entrar.
Estuve pensando en los lugares más extraños del pueblo y los marqué con el móvil en el mapa. Nerón apareció un par de veces por la puerta, olfateando curioso antes de volver a salir corriendo por el pasillo.
Adrián también pasó por el pasillo; se oía música a través de sus cascos, siempre la misma, siempre a salvo detrás de su puerta cerrada. La casa estaba tranquila, pero no en calma.
Al caer la tarde llegaron mis padres, mi madre antes que Álvaro. La rutina volvió a ponerse en marcha como un mecanismo oxidado: preguntas automáticas, respuestas cortas, miradas esquivas. La cena fue tensa, como casi siempre. Clara apenas habló, Álvaro parecía cansado y mi madre intentaba sostener una normalidad que se le escapaba entre los dedos. Yo comí rápido, deseando que el momento pasara cuanto antes. Nerón se acomodó a mis pies, apoyando la cabeza sobre mi pierna y mirando con esos ojos brillantes que siempre me hacían querer darle comida a escondidas.
Cuando por fin salí de casa, el aire del exterior se sintió más ligero. Subí la colina casi de memoria, con el cielo ya teñido de naranja y el viento moviendo la hierba del Valle de las Olas, esta vez mamá me había pedido que subiese con el perro porque ella no lo iba a poder sacar. Angie, Lucas y Víctor ya estaban allí, sentados en el banco de siempre. No hablamos de nada concreto al principio, solo de lo de siempre, de tonterías necesarias para coger impulso.
Pero, poco a poco, el tema volvió. Hablamos de lo que haríamos, de cómo ir con cuidado, de no llamar la atención. No era un plan cerrado ni perfecto, pero por lo menos se sentía compacto. Les enseñé el mapa del pueblo, los lugares que había marcado con un círculo resaltaban más que los demás. De entre todos estuvimos votando cuales podrían ser más relevantes y al final decidimos que podíamos empezar por la periferia.
De entre todos los sitios elegidos preferimos empezar por la generadora abandonada, sé que suena aterrador, pero realmente estábamos bastante familiarizados con ella. Nunca habíamos entrado, pero desde fuera no era para tanto.