
—¿Pero sois gilipollas o qué? —fue lo primero que dijo, recorriéndonos con la mirada—. ¿Sabéis el susto que me habéis dado?
Nadie respondió. Supongo que porque ninguno sabía muy bien por dónde empezar. Estábamos hechos polvo: con la ropa rota, sangre seca en brazos y piernas, moratones que ya empezaban a oscurecerse. Javier frunció el ceño al ver a Lucas.
—¿Qué te han hecho?
—Luego te cuento —respondió Lucas, rápido—. Gracias por venir…
Su hermano no contestó. Se pasó una mano por la cara y soltó un bufido.
—Vámonos. Ahora mismo. Antes de que aparezca alguien o… —miró alrededor, incómodo— o antes de que se os ocurra otra idea de mierda.
—No podemos irnos todavía —dije yo, sin pensar, la verdad.
Javier giró la cabeza hacia mí, sorprendido.
—¿Qué?
—Hemos encontrado cosas, creemos que importantes —añadió Angie, más suave—. Abajo.
—¿Abajo dónde?
—En el sótano —intervino Víctor—. Hay… cosas raras.
Eso fue suficiente para que Javier se pusiera tenso.
—No. Ni de coña. Bastante habéis hecho ya. Investigar y tal… —tragó saliva—. Eso se acabó, ¿vale? No vamos a volver a remover algo que no nos incumbe.
Lucas dio un paso al frente, molesto.
—No se ha acabado —dijo, con la voz firme—. No para mí.
—Lucas, ha pasado un año —respondió Javier, alzando la voz—. Un año entero. La policía cerró el caso. Cristina casi se muere por esto y no puedes hurgar más en la herida. Tú… tú te estás destrozando.
—¿Y si sigue vivo? —escupió Lucas.
El silencio cayó como un golpe.
—No. —dijo Javier, negando con la cabeza—. No hagas eso…
—¿Y si nadie lo ha buscado lo suficientemente bien? ¿Y si se rindieron demasiado pronto?
—¡Era un niño de cuatro años! —gritó Javier, abalanzándose hacia Lucas, a él le dolía también, aunque lo ocultase—. ¡Cuatro! No estás en una película, Lucas.
—Tú no tienes ningún derecho a decirme a mí lo que hacer o lo que no —replicó él, con los ojos brillante—. Porque yo no puedo rendirme. No como tú…
Durante unos segundos pensé que se iban a pegar. Javier apretó los puños, respiró hondo varias veces. Al final, bajó la mirada.
—Sois unos críos —murmuró—. Pero… —levantó la cabeza otra vez— si vais a hacer esto, no lo vais a hacer solos.
Lucas lo miró, incrédulo.
—Eres menor que yo, cazurro. Llama crío a tu abuela.
—¿Nos vas a ayudar? —salté yo. Yo creo que Javier nos veía como una panda de niños que no saben muy bien lo que hacen, a pesar de tener nuestra misma edad.
—No te flipes —respondió Javier—. Solo vamos a mirar qué cojones hay aquí abajo. Y luego nos piramos.
—Relájate un poco, eh, aquí las ordenes las doy yo.
Cuando Javi se hacía mucho el listo, Lucas intentaba reconducirle, a fin de cuentas, Javi era el hermanito pequeño y era demasiado pequeño cuando vivieron todo lo que vivieron.
Recogimos las mochilas y, por primera vez desde que entramos en la fábrica, encendimos las linternas.
Bajamos despacio.
El aire era distinto ahí abajo. Más frío y pesado.
Las escaleras rechinaban al bajar. Fuimos bajando en fila, como no Lucas delante, luego yo que me seguía Angie, Javi y al final el miedica de Víctor.
Poco a poco vimos un muro color beige desgastado que nos obligaba a girar a la izquierda. Al llegar abajo la luz blanca cortó la oscuridad del sótano como un cuchillo. Sinceramente daba bastante mal rollo ver cómo las motas de polvo flotaban frente al rayo de luz.
—Esto se ha acabado —dijo Javi cortando el silencio—. Cogemos vuestras mochilas y nos piramos a casa ya.
—No —respondió Lucas, sin levantar la voz.
Javier abrió los ojos de par en par.
—Lucas…
—No hemos terminado —añadió—. Hay algo aquí abajo. Estoy seguro.
—Siempre que hay “algo” —replicó su hermano, tenso— acaba mal.
—Javi —intervine, para ver si se callaba—, solo queremos mirar. Nada más. — ya teníamos suficiente con los quejidos constantes de Víctor que, conscientemente, había decidido ignorar.
Javier nos miró uno por uno. A Angie, con los labios partidos. A Víctor, doblado ligeramente por el costado. A Lucas, con esa mirada que ya no se iba.
—Sois unos inconscientes —murmuró, creo que sin querer que lo escucháramos—.
El sótano nos recibió con un olor espeso, una mezcla de humedad rancia, polvo viejo y algo… agrio, como metal oxidado y tierra mojada. Por lo menos a mí no me había dado esa sensación la primeras veces que bajé, sería algo psicológico al poder ver bien lo que había allí. El suelo crujía bajo nuestros pies, cubierto de una capa de suciedad tan gruesa que parecía blanda.
Las paredes parecían vivas. Cucarachas que se escabullían en cuanto la luz las tocaba, arañas colgando de hilos casi invisibles, rincones negros que parecían moverse solos. Había telarañas tan densas que parecían telas viejas, amarillentas y pegajosas. Angie pegó un chillido al sentir que le rozaba el pelo. Yo chillé súbitamente después y Víctor se echó a reír, pero no le duró mucho la gracia cuando Javi, que se había quedado en el último escalón, gritó un “¡bú!” el oído de Víctor.
—Qué puto asco… —susurró Lucas.
El polvo flotaba en el aire como una niebla fina, entrando en la nariz, en la boca. Cada respiración rascaba la garganta.
—Aquí trabajaba alguien —dijo Angie, señalando el escritorio—. Hace… mucho tiempo.
Nos acercamos despacio. Había cajones abiertos, papeles desordenados, muchos pegados entre sí por la humedad. Javier pasó la linterna por el suelo.
—Mirad esto.
En el suelo había manchas oscuras, gotas y rastros inquietantes de lo que pensé que podría ser petróleo o algo así.
El sótano era mucho más grande de lo que había podido ver antes. Había muchas estanterías llenas de documentos, mesas movidas y destrozadas con los cajones por fuera. En las paredes había algún que otro grafiti y el fondo se difuminaba junto a la luz de la linterna.
Quise avanzar, sola, porque soy la protagonista y puedo permitirme hacer cosas peligrosas sin tener miedo porque el guion, obviamente, me protege. Pero esto no lo sabían mis amigos por lo que escuché a mi espalda:
—Oye ¿tú a donde vas? No, no, no, tú te quedas con nosotros, que aquí no se ve nada y lo mejor que te puede pasar aquí abajo es que te caigas y te claves alguna cosa oxidada.
Mientras echaba su monólogo, Víctor me agarró de la muñeca para tirarme hacia atrás.
—Tengo linterna, Víctor, puedo ir sola y si no pues ven conmigo.
—¿Yo? Jaja, tú te pinchas.
Eché los ojos para atrás, sabía que no se iba a atrever a avanzar conmigo, por lo que me dejaría en paz. Seguí caminando, mientras tanto Lucas, Angie y Javi se quedaron en la primera mesa, donde Víctor había estado tocando antes algo por ahí.
Seguí caminado, esquivando los trastos del suelo, hasta que sentí un gran peso sobre los hombros.
Era Víctor, que se había atrevido a seguirme, aunque le diese miedo.
—Qué susto, Víctor, ostia, avisa ¿no?
—Perdón, perdón, es que me habías dejado ahí en medio y yo no tengo linterna.
Los otros, en el escritorio, empezaron a fijarse los papeles. Luego otros. Luego otros más.
—Chicos…—Angie hablaba perpleja.
Eran carteles. Muchísimos y todos iguales.
“SE BUSCA
¿Has visto a este niño?
Francisco Manuel García Martín
Tiene cuatro años, mide 1,02 metros y tiene el pelo rubio oscuro.
La última vez que se le ha visto ha sido en su casa:
Calle del Olmo Viejo 37
Fecha de desaparición: 4/6/1963”
—Joder… —murmuró Javier.
Había una foto enmarcada sobre la mesa. Un hombre joven, serio, junto a un nene, pequeño, idéntico al niño de la foto de los carteles. Debía ser su padre…
—¡¡¡AHH!!!
Los chicos junto a la mesa giraron la cabeza todos a la vez, con una mezcla de preocupación, angustia y miedo.
—¡Cami! —Angie salió corriendo, aunque sin linterna, se guio por los residuos de luz que rebotaban en las paredes de las otras linternas. Lucas y Javier echaron a correr después.
—¡¿Qué pasa?! —gritó Víctor, con la voz demasiado aguda.
—¡NO SÉ QUÉ ES! —chillé, retrocediendo a trompicones. Tropecé con algo duro. Muy duro.
—¡AHH! —gritó Víctor justo cuando chocó conmigo.
Nos agarramos el uno al otro por puro instinto, pegados como si el suelo fuese a tragarnos, respirando a trompicones.
—¡Algo me ha tocado la pierna! —dije.
—¡A mí también! —respondió él, pálido—. ¡Estaba frío!
—¡NO ME DIGAS ESO!
—¡TE LO DIGO PORQUE ES VERDAD!
Angie llegó hasta nosotros y nos alumbró con la linterna.
—¿Dónde?
Señalé la esquina, temblando.
—Ahí… debajo de eso.
La lona se movió un poco por la corriente de aire que trajo Angie con ella. Víctor tragó saliva.
—Vale —dijo—. No es una cucaracha.
—Ni una araña —añadí, asustada. Solté a Víctor, que me estaba clavando los dedos en la espalda por el susto, y cogí mi linterna, que la había soltado sin querer.
Angie y yo enfocamos al mismo punto mientras llegaban Lucas y Javi a la escena.
No era grande, pero ocupaba espacio. Una forma irregular, tapada con lo que parecía una lona o una manta vieja, tan sucia que costaba distinguir el color original.
Me acerqué un poco más. El corazón me latía tan fuerte que empecé a escuchar solo eso en mis oídos.
—A lo mejor es… —empezó Víctor— alguna máquina vieja.
Angie se agachó y estiró una mano, dudando.
—No tiene forma de máquina…
Tiró un poco de la tela. Primero vimos lo que parecía un palo de madera tirada en el suelo. Luego la forma imposible de una ¿pierna doblada?
Angie agarró el valor y tiró rápido de la lona. Un cráneo, ladeado, vacío, con la mandíbula abierta como si hubiera intentado gritar.
—Dios… —susurró Javier.
Angie se llevó la mano a la boca. Yo no podía moverme.
—Es ¿real? —dijo ella, tocándolo apenas con el pie.
—Puede ser alguien del pueblo —dijo Lucas—. Alguien a quien nunca encontraron.
—Nunca se fue… —dijo Javi—. Esperó aquí.
—¿Qué? —dijimos todos al unísono.
—Es el hombre, el padre, el de los carteles.
—¿Qué hombre? ¿Qué padre? —Víctor siempre estaba perdido en todo, aunque ahora mismo yo también.
—Hemos visto unos carteles de “se busca” y yo creo que el que los hizo fue este tío — se quedó callado al ver que todos le mirábamos sin decir nada— tiene sentido ¿vale? El hombre que perdió a su hijo se quedó aquí… yo qué sé, a lo mejor se quedó esperando.
—Vale, bueno, no es tan descabellado. —dije intentando asimilar toda esta información, pero, entonces, me di cuenta. —Nos van a culpar —solté de golpe.
Todos me miraron.
—¿De qué? —preguntó Angie, claramente confundida.
—De esto —dije, señalando el cadáver con un dedo tembloroso—. Hemos entrado sin permiso, lo hemos tocado… somos los últimos que han estado aquí.
—Joder… —murmuró Víctor—. Es verdad. Esta tía tiene razón.
Me giré hacia él, desesperada.
—¡Nos van a meter en la cárcel!
—¿¡CÁRCEL!? —repitió él, como si la palabra tuviera eco. —¡Yo no puedo ir a la cárcel! Solo tengo catorce años.
—Nos van a acusar de profanar un cadáver —seguí—. O peor, de asesinato. Seguro que dirán que lo matamos nosotros.
—¡YO NO SOBREVIVO EN PRISIÓN! —gritó Víctor, alimentando mi propia desesperación.
—¡Tenemos que huir! —dije agarrándole de la cabeza para obligarle a mirarme a los ojos—. Cruzar la frontera. Portugal está cerca, ¿no? Bueno… más o menos.
—Portugal mola —asintió él, convencido—. O Francia. En Francia comen croissants.
—¡Cami! ¡Víctor! Por Dios—gritó Angie.
—¡NO! —continué—. Ya está. Estamos acabados. Adiós instituto. Adiós vida. Mi madre me va a matar antes de que lo hagan los otros presos.
Víctor empezó a caminar en círculos. Lucas dio un paso al frente y me agarró por los hombros.
—¡PARA! —le sacudió un poco—. Nadie os va a culpar de nada.
—¡TÚ NO LO SABES! —respondí—. Esto es como una peli mala y nosotros somos los sospechosos.
—Escuchad —dijo Angie, firme—. No hemos hecho nada malo. Hemos encontrado algo. Eso es todo.
—Y ahora mismo —añadió Lucas— lo único que tenemos que hacer es salir de aquí.
Miré a Víctor y él me miró a mí.
—¿No hay cárcel? —preguntó, dudoso.
—No, no vamos a ir a la cárcel —repitió Lucas.
—¿Seguro?
—Seguro.
Tardamos unos segundos más en reaccionar, pero al final subimos las escaleras casi corriendo, como si el sótano pudiera cerrarse detrás de nosotros y tragarnos sin hacer ruido, como al señor ese de abajo.
Al salir, el aire nos golpeó en la cara. Estaba caliente, denso, pero aun así fue un alivio. Me di cuenta de que estaba temblando cuando por fin me detuve, con las manos en las rodillas, pero sin apoyar todo mi peso porque aún dolían.
El río estaba ahí, pocos metros más allá de la fábrica, avanzando despacio, como si no pasara nada en el mundo. El mismo de siempre, el que conocíamos de memoria.
Cogimos las cosas, salimos del enorme establecimiento y nos acercamos al río sin decir palabra, nerviosos o preocupados, en este momento no éramos del todo conscientes de lo que implicaba todo esto.
Me agaché y metí las manos en el agua. El frío del agua me recorrió los brazos y me hizo apretar la mandíbula. A pesar del dolorcillo no las iba a apartar.
Angie vio mi careto de sufrimiento y se quiso acercar. Se arrodilló a mi lado, metió también las manos y luego las apoyó en mis brazos con cuidado, donde tenía los moratones.
—Duele.
—Mejor —murmuró—. Así sabes que sigues viva.
Me empezó a limpiar la sangre, que tenía un poco por todas partes, despacio, sin mirarme mucho. Yo le cogí la pierna sin pensar y le pasé la mano por la rodilla, quitándole la suciedad con el agua del río. Ninguna dijo nada, aunque tampoco hacía mucha falta.
—Antes… —empezó—. Ahí dentro… he sido una borde… Lo siento.
—Ya lo sé, pero no pasa nada —dije, aunque sabía que sí pasaba—. Estábamos asustadas.
Respiró hondo y bajó la mirada. Se apoyó en mi hombro y nos quedamos así un rato, sin hablar, escuchando el río.
Un poco más allá, Lucas ayudaba a Víctor a limpiarse el costado. Javier estaba de pie cerca de ellos, con los brazos cruzados, inquieto. Miraba a Lucas todo el rato, como si necesitara asegurarse de que seguía ahí con él.
—Lucas —dijo Javier al fin, sin mirarlo—. Esto… esto no es normal. Esto no nos tiene que pasar a nosotros, no más.
Lucas estaba de espaldas, limpiándose las manos en el pantalón.
—Lo sé.
—No deberíamos haber bajado…
Lucas apretó la mandíbula, pero no discutió.
—Ya pasó.
Javier se encogió un poco, como si esas dos palabras no le sirvieran.
—Pensé que… —tragó saliva—. Pensé que si entrábamos no iba a ser para tanto. Que solo… miraríamos, pero…
Lucas tardó en girarse.
—Tú no has hecho nada mal —dijo—. ¿Me oyes?
Javier levantó la cabeza con los ojos brillantes.
—Siempre pasa algo —respondió—. Siempre.
Lucas se acercó un paso más, invadiendo su espacio justo lo suficiente, y le apoyó las manos en los hombros.
—Eh —dijo—. Estoy aquí. Estoy contigo.
No añadió nada más. No dijo “yo también tengo miedo”, ni “tampoco sabía qué hacer”. No era su manera. Javier, de todas formas, respiró hondo, intentando creerse lo que su hermano le contaba.
—No quiero perder a nadie más y… y menos a ti—murmuró, casi inaudible.
Lucas le apretó fuerte el hombro, firme, como su padre le enseñó una vez.
—No vas a perder a nadie, hermanito, yo siempre voy a estar contigo.
Javier asintió despacio con los ojos desbordados, casi igual que el río que teníamos al lado. No estaba del todo convencido, pero sabía que esas manos seguían ahí. Y, por ahora, eso era más que suficiente.
Volvió a hacerse un silencio largo. Solo se oía el agua.
—Tenemos que decirlo —dijo Víctor al final, rompiendo el hielo. Angie levantó la cabeza.
—¿Decir qué?
—Lo del… ya sabes…—empezó a murmurar, como si hubiese alguien a menos de un kilómetro de distancia intentado escucharnos. —Lo del muerto.
Nadie respondió a eso.
—A la policía —añadió, como si fuésemos imbéciles—. No podemos… hacer como si no lo hubiéramos visto.
Me pasé la mano por la cara, mojada y helada.
—Sí —dije, bastante más desanimada de lo que quería mostrar—. Supongo que sí.
—Después tenemos que ver qué pasó con el niño ese de los carteles-
—¿Y dónde lo vas a buscar si no hay internet? Ni nada. —inmediatamente después de decir esas palabras Lucas miró fatal al autor de estas: Víctor.
—Pues vamos a la biblioteca, obvio. No todo está en internet, hay más vida fuera de ahí.
—Ay vale, que yo lo decía para aclarar.
Nos miramos.
—Francisco no sé qué García—murmuró Lucas, como probando el nombre. —Supongo que con eso servirá, recuerdo que el año era el 63.
—Tiene que haber algo —añadió Angie—. Periódicos. Archivos.
—Exacto, ves Víctor, gente inteligente.
Otro silencio, Víctor fulminaba con la mirada a Lucas que había decidido ser el gracioso del pueblo en un momento no muy bueno, mientras tanto Angie echándose el pelo detrás de los hombros por lo que acababa de decir su novio y yo con las manos debajo de los brazos porque si seguía limpiándome con esa agua helada se me caerían los dedos.
—Mañana —dijo Javier—. Todo mañana ¿vale? Hoy… hoy no puedo más.
Nadie lo contradijo, era bastante obvio que NADIE podía más.
Terminamos de limpiarnos como pudimos, para disimular un poco a la hora de llegar cada uno a nuestras casas. No nos quitamos el miedo del todo, pero al menos ya lo teníamos tan presente. Nos levantamos despacio, doloridos y llenos de cortes ya limpios y moratones amarillentos y morados.
El río siguió su curso y nosotros con él, aunque ya no éramos los mismos que habían entrado en esa fábrica.
Por lo menos ya teníamos plan para mañana…
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