
—Que voy a ir papá, déjame en paz. ¿O prefieres que vaya sola?
Ni buenos días ni ostias, una mañana de domingo a gritos. En realidad, ya eran las doce así que no podría replicar nada pero que pelmazo.
Bajé las escaleras despacio, intentando no hacer ruido, aunque se me dificultaba un poco al tener que cojear un poco.
—Vamos a ver, Clara, la vida no es como tú quieres, si Camila se tira por un puente no vas a ir tú detrás.
—Pero que se supone que ella también es tu hija, Dios mío… Como Carmen te escuche diciendo estas barbaridades.
—Hijastra no es lo mismo que hija, yo no puedo prohibirle nada, a ti sí. Si ella viene llena de moratones y raspones por todo el cuerpo no voy a dejar que tu vayas con ella.
Me quedé inmóvil, estaba acostumbrada a que Álvaro hablase así de mí. Puede parecer que no se preocupa, pero en realidad lo que dice es verdad, él no es mi padre y no tiene el derecho de obligarme a nada, aunque yo escuche sus consejos, pero eso Clara nunca lo había entendido.
Álvaro levantó la mirada y me vio ahí, parada, metiéndome donde no me llaman, pero no hizo nada, solo volvió a mirar a su hija.
—¡Bien! —gritó Clara mientras se daba la vuelta para dirigirse a las escaleras.
—Bien.
Al escuchar los pasos de Clara intenté correr lo más rápido que pude a mi cuarto, no vaya a ser que ella me viese espiándoles.
Inmediatamente después entró en mi cuarto pateando la puerta y la cerró con un portazo, Álvaro no se iba a dar cuenta desde abajo que era mi habitación y no la suya.
—Voy contigo.
—¿No te acaban de decir que no?
—Papá no me va a permitir ayudar a mi hermana.
Pocas veces Clara decía esa palabra en alto. Al fin y al cabo, éramos, no solo hermanas, sino que buenas amigas, aunque a veces fuese difícil.
—He quedado a las doce y media con mis amigos en la calle Reynols, cerca de la casa de la señora Petra. Prepárate y vamos juntas si quieres.
—¿Crees que le caiga bien a tus amigos?
En realidad, sabía que no se iban a llevar bien, yo siempre les contaba cada vez que me hacía la vida imposible, pero sabía que ellos eran tolerantes, más o menos, por lo que no creí que pasase nada.
Clara se comportaba de forma muy extraña conmigo, a veces era mala o cruel y otras era la hermana perfecta. Supongo que era por su madre, cuando ella y Adri eran pequeños sus padres se divorciaron porque la madre cayó en una depresión bastante grave y, por eso, le dieron toda la custodia a Álvaro. Esto solo generó que la madre empeorase cada vez más hasta que secuestró a sus hijos y se los intentó llevar a otro país. La policía la pilló, pero a la hora de detenerla agredió a un oficial por lo que la condenaron a un año de cárcel. No sé qué debió pasar allí, pero seguro que algo muy chungo porque fue sumando años y años a su condena hasta ahora. A Clara le había generado toda esta situación un sentimiento que no alcanzaba a entender del todo, solo quiero que mejore, y ojalá pueda volver a ver a su mamá.
En la calle Reynols, apenas eran y cuarto cuando llegaron Lucas y Javier.
—Llegamos muy temprano.
—Ya lo sé, te he levantado tan temprano porque anoche, antes de dormir, mamá Rosa me dijo que la dejásemos la mañana sola para intentar hablar con Cristina. — Lucas llevaba en su mochila un bocadillo de jamón con tomate, una botella de agua calentorra por que el frigorífico seguía sin funcionar, una linterna enorme, el iPod de su hermana y su walkie-talkie.
—¿Y qué hacemos ahora? —Javier se sentó en la acera con las piernas cruzadas y los brazos caídos en el cemento que aún no se calentaba del todo.
—¿Quieres ir a por galletas? Si subes un poco está la señora Petra.
Javi se levantó de un brinco, la señora Petra hacía sus galletas en un horno de fuego por lo que no habría problema con lo de la luz por lo que le pidió dos euros cincuenta a su hermano mayor y se fue dando saltitos.
Lucas esperaba a la sobra que el tiempo pasase y sus amigos empezasen a llegar hasta que vio de lejos una silueta oscura.
—¡LUUUUCAS!
Víctor venía corriendo desde la otra punta de la calle hacia Lucas sin pretender parar. De hecho, tardó un rato en darse cuenta y ya fue tarde cuando Víctor se avanzó sobre él tirándolo, con él, al suelo.
Se quedaron en el suelo un rato riendo hasta que se acomodaron en el bordillo. Nunca pasaban coches por ahí, era una calle muy alejada de la travesía, así que podíamos hasta tumbarnos en medio de la calle si quisiésemos.
—¿Y Javi?
—Ha ido a por galletas, a ver si le quedan a la señora Petra.
—Que ganas, ya echo de menos sus galletas. —Se quedó un momento en silencio intentando entender qué le estaba pasando por la cabeza a su amigo que, aunque ya era normal, estaba demasiado callado, y Víctor siempre notaba estos pequeños cambios.
—¿Estás bien?
Lucas tardó en responder. Se quedó mirando al suelo, como si las grietas del bordillo pudieran ordenarle un poco las ideas.
—Pues… Cristina está muy rara. Siempre lo ha estado un poco, pero esto ya no es normal. Antes por lo menos salía, hacía la compra, supongo que fingía estar bien. Ahora casi no sale de su cuarto. Y cuando sale… —tragó saliva— es como si trajera algo pegado. El aire cambia a donde va. ¿Sabes cuando entras a una habitación y sabes que alguien ha estado llorando, aunque no lo veas? Pues así. Pero peor.
Víctor frunció el ceño.
—Es que igual ahora está pasando por una mala racha o algo…
Lucas negó despacio.
—No te lo he contado todo… Y no quiero que se lo digas a nadie.
—Lo que me digas se queda aquí.
Hubo un silencio. No fue cómodo. Era de esos espesos.
—Anoche escuché pasos —continuó Lucas en voz más baja—. Muy despacio. Un poco arrastrados. Pensé que podía ser Javi, pero no, él no camina así. Estos… eran distintos.
Se pasó la lengua por los labios antes de seguir.
—Primero me despertó uno de los chasquidos que hace Cris cuando está nerviosa. Lo hace sin darse cuenta…
Lucas se quedó callado un segundo y Víctor dejó de moverse.
—Lo escuché por el pasillo, no había abierto los ojos aún, pero luego ya escuché los pasos, como si le costase moverse.
Lucas dejó la mirada fija en un punto fijo, como si le costase acordarse de los detalles. O los estuviese analizando.
—Decidí ya abrir los ojos porque, ya sabes, tengo el sueño ligero y tal. —Víctor escuchaba atentamente la historia de su amigo, pero se le estaba poniendo la piel de gallina. — La casa estaba completamente a oscuras, pero… mi puerta estaba entreabierta y vi… algo apartarse rápido del marco, no sé si era ella, solo alcancé a ver como una sombra.
—Me levanté y me acerqué a la puerta y entonces escuché el clic del congelador en la cocina, el de cuando se abre.
Tragó saliva.
—Fui para allá y la escuché respirar desde antes de entrar.
—¿Respirar?
—Sí. Pero no como cuando estás cansado. Era… irregular. Como si estuviera conteniendo algo o como si estuviese intentando no hacer ruido.
Víctor sintió un escalofrío.
—Lucas, hijo, no me digas eso así. ¿Dónde estaba?
Lucas cerró los ojos un segundo antes de responder.
—En el suelo. De cuclillas frente al congelador.
El viento movió algo más abajo en la calle, pero ninguno miró.
—No había luz —siguió Lucas—. Entonces apenas veía nada y no creo que ella supiera que la estaba mirando.
Víctor notó que se le secaba la boca.
—¿Y qué hacía?
Lucas tardó demasiado en contestar.
—Tenía algo en las manos. No sé qué era. Lo sostenía muy cerca de la boca y escuché… —se detuvo— algo chicloso. Húmedo. Como cuando masticas algo blando, pero de vez en cuando… —su voz bajó aún más, como si le diese vergüenza hablar de eso. — …crujía. Algo duro. Un hueso, quizá, o un cartílago, no sé.
—¿Qué teníais en el congelador?
—No lo sé.
—Lucas…
—No lo sé —repitió, más firme—. Pero no tenía platos, estaba en el suelo. No había nada preparado y menos del congelador.
Víctor se inclinó un poco hacia él para susurrar.
—¿Te vio?
Lucas asintió muy lentamente.
—Cuando di un paso, el suelo crujió un poco. Y dejó de masticar al instante. No giró la cabeza. Solo movió los ojos. Desde abajo. Me miró como de lado, sin parpadear. Con la boca… —se le quebró la voz un instante— con la boca llena.
Víctor sintió que algo se le revolvía en el estómago, no por Cristina, a ella la quería mucho, más bien por la idea de que pudiese estarse volviendo loca.
—Se quedó mirándome con la boca llena —hizo una pausa— tragó, haciendo ese sonido de cuando alguien traga algo demasiado grande.
El silencio volvió, más pesado que antes.
—No parecía enfadada. Ni avergonzada. Solo… molesta porque la había interrumpido.
Víctor apartó la mirada.
—Tenía las manos llenas de sangre, no mucha, pero lo suficiente como para mancharle los dedos y las uñas.
El silencio volvió, más pesado que antes.
—¿Y tú que hiciste? —Víctor estaba realmente preocupado e intrigado a partes iguales.
—Me acerqué y le toqué el hombro —continuó—. Estaba helada. No era por el congelador, eso seguro. Le dije que volviera a la cama. Y, por suerte, obedeció. Sin decir nada. Pasó por mi lado y olía… raro.
—¿Raro cómo?
Lucas dudó.
—A carne cruda. Pero dulce.
Víctor tragó saliva.
—Esta mañana le pregunté si recordaba algo. Me dijo que había dormido toda la noche.
—Igual es sonámbula…
—No. —Lucas lo interrumpió con una firmeza extraña—. Estaba despierta. Lo sé. Me estaba mirando. Y sabía que yo la estaba mirando.
Víctor no supo qué decir.
Lucas se pasó la mano por la cara, más cansado que asustado.
—Tengo miedo de que se esté volviendo majara, de verdad, y no solo por ella… si pierde la cabeza… si deja de reconocer las cosas… no sé, a lo mejor pasa algo.
Se quedó mirando el suelo otra vez.
—Desde el verano pasado se está apagando poco a poco. Pero anoche… no parecía apagada. Parecía otra cosa.
—Lucas…
—Quiero creer que cuando encontremos a Mickey todo va a mejorar —añadió, casi como si se lo estuviera imponiendo a sí mismo— Tiene que mejorar.
Pero ni él mismo sonaba del todo convencido.
Desde calle arriba se veía a Javier volver con una bolsa enorme llena de galletas, Lucas y Víctor reaccionaron de forma muy diferente, Lucas se llevó la mano a la boca porque sabía que tanto azúcar para su hermano no era bueno, en realidad no era bueno para nadie, a Víctor le brillaban los ojos como si no hubiese comido desde hace meses.
Desde el otro lado de la calle subía Angie, con un montón de tiritas por todo el cuerpo, de corazones, de estrella, de dibujos animados. Literalmente todas las tiritas que tenían en su casa, obviamente no se los había puesto ella, sus padres se estaban pasando de sobreprotectores, de hecho, era extraño cómo es que le hubiesen dejado salir hoy.
—Qué bonita va la princesa. —exclamó Lucas al verla.
—De mí no te burles, eh. Esto ha sido idea de mi mamá.
En cuando se reunieron todos empezaron a comerse las galletas, la señora Petra le había dado tantas a Javier porque se le iba a poner mala la masa si no las hacía y para que no se quedasen secas las estaba vendiendo lo más rápido que pudiese.
—¿Cuándo creéis que volverá la luz? —preguntó Javi al grupo.
—¿Tú no sabes lo que ha pasado? —preguntó Víctor como respuesta a esa pregunta.
Javi negó con la cabeza mirando a su hermano, que se tapaba la cara con las dos manos.
—¿Recuerdas que antes de ayer me fui todo el día y volví lleno de polvo y así? Pues Camila y yo habíamos ido a la generadora abandonada. — Lucas dijo eso con la mirada fija en el final de la calle, seguía pensando en la conversación que había tenido con Víctor. La cara de Javi pasaba de sorprendido a enfadado y a extrañado cada pocos segundos.
—Lo que pasó es que apagaron una cosa que estaba allí que parpadeaba y, cuando salieron, el techo se les cayó. — Angie siempre la más directa.
—Pero estaba abandonada, en teoría no debería sostener la electricidad de, literalmente, todo el pueblo.
—Ya, eso pensábamos, pero es raro que justo cuando se haya derrumbado todo fue cuando se cayó la red.
—Pero no tiene por qué haber sido eso.
—Por Dios Javi, que es una hipótesis. — Lucas se desquiciaba muy rápido con su hermano, para él era algo lógico que solo era una idea, pero no parecía serlo tanto para él.
—Tío ¿Qué te pasa hoy? Llevas toda la mañana subidito. ¿No le has preguntado nada a papá David?
—No, él no me dice nunca nada. —Intentó ignorar el comentario de su hermano.
—No lo has intentado.
A Lucas se le iba a reventar una vena del cuello, tener hermanos menores, a veces, no era del todo sencillo. Al ver el panorama Víctor empezó a reírse, contagiando su alegría al resto del grupo.
Desde el fondo de la calle aparecimos Clara y yo, íbamos tarde, pero me iba a ser imposible darme una ducha en menos de veinte minutos.
—Hola chicos, ya os conocéis, pero os voy a presentaros formalmente. Clara, estos son mis amigos, Angie, Lucas, Víctor y Javi, el hermano pequeño de Lucas.
Mientras les iba nombrando todos iban saludando con la mano. A prescindir de Angie, que solo hizo un gesto con la cabeza y luego me miró a mí con los ojos muy abiertos.
—Hola chicos, Cami no me ha contado todo, pero sé que sea lo que sea quiero ayudar.
—¡Claro! Bienvenida, ahora te cuento como va todo el cotorreo. —dijo Víctor levantándose y llevándosela a un ladito, acompañados de Javi, que también tenía cosas de las que enterarse.
—¿Por qué la has traído? — me dijo Angie levantándose rápidamente en cuanto Clara le dio la espalda.
—Quiere ayudarnos, además, cuantos más seamos más nos podemos proteger entre nosotros.
—Ella es mala, te ha hecho mucho daño.
—No, a ver, que se haya equivocado a veces no significa que sea mala.
—Pero si tú siempre me cuentas…
—Ya sé lo que te cuento, pero no significa que sea toda nuestra relación.
—Te echó la culpa de que se hubiese roto su tablet del instituto.
—Ya bueno, pero al fondo de su corazón sí que quiere protegerme.
—No sé yo, eh, yo no me fío.
Mientras estábamos hablando Lucas estaba metiendo la oreja en la conversación y quiso intentar intervenir.
—Amor, lo único que sabemos de ella es lo que nos ha contado Cami, parece simpática, no te cierres tanto.
—Precisamente por eso, cada vez que nos habla de ella es para algo malo y, aunque no sea toda su vida, le hace cosas malas y ese ya es motivo para que esté en contra de que esté en nuestro grupo.
—Bueno chicos, ya está — volvieron los nuevos integrantes con Víctor, que se estiraba como si haber contado todo lo que había pasado en apenas un minuto hubiese sido lo más cansado del mundo
Clara y Javi volvían con la boca abierta, aunque Javi ya se sabía parte de la historia, haberlo contado todo seguido había sido mucho más impactante.
—Ya sé por qué nadie quiere sentarse con vosotros en el patio. —Clara era igual de directa de Angie, no sé cómo lo van a llevar.
—¿O sea que ahora queréis ir a la biblio por eso del muerto y tal?
Por un momento a Lucas se le mezcló la palabra “muerto” con “carne” y tuvo que sacudirse la cabeza para volver a centrarse.
—Claro. —respondió rápido.
—Pues vamos rápido porque los domingos cierra a las tres y va a ser la una en diez minutos.
El camino a la biblioteca estuvo lleno de sobre explicaciones, miraditas tensas entre Angie y Clara y chistes malos de Víctor.
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