
Salí de casa sin cerrar la puerta.
No porque tuviera prisa, sino porque no había motivo para hacerlo. La puerta quedó entornada a mi espalda, sin el sonido habitual del pestillo, como si la casa esperara que volviera. Avancé unos pasos por la calle, despacio, escuchando mis propios movimientos con una atención que no era normal.
Esperaba que alguien apareciera en cualquier momento. Angie saliendo de su casa con el pelo todavía mojado. Lucas ajustando la cadena de la bici. Víctor gritando algo absurdo desde la otra acera, solo para hacerse notar. Cualquiera de esas cosas habría bastado para devolverle sentido al lugar.
Pero no ocurrió nada.
Las fachadas eran solo fachadas: rectas, limpias, inmóviles. Las ventanas reflejaban la luz del sol, pero no devolvían vida. Era como si alguien hubiera pasado por el pueblo con una goma enorme, borrando a las personas con cuidado, sin dejar ningún rastro.
El aire era tibio, demasiado perfecto. No corría ni una brizna de viento. No se oían coches, ni pasos lejanos, ni persianas subiendo con desgana. Tampoco había radios encendidas, ni televisiones murmurando desde el interior de las casas. Nada.
Ni siquiera pájaros.
Me detuve en mitad de la calle. El silencio no era agresivo, pero sí denso, como si pesara más de lo normal. Miré a ambos lados, esperando descubrir algún detalle fuera de lugar: una puerta abierta, una bicicleta tirada, cualquier señal de que el mundo no se había vaciado del todo.
Pero todo estaba exactamente donde debía estar, solo que sin nadie.
Nada.
—¿Holaaa? —llamé.
Mi voz sonó rara, demasiado clara, sin eco.
No entendía qué estaba pasando. ¿Dónde estaba mi madre? ¿Y los vecinos? Era todo muy raro.
Seguí caminando. Las tiendas estaban abiertas, con las luces encendidas, pero no había nadie dentro. El bar de la esquina tenía las sillas perfectamente colocadas, las mesas limpias, como si estuvieran esperando clientes que no iban a llegar.
No sentía miedo. Solo una inquietud suave, como cuando sabes que has olvidado algo importante pero no recuerdas qué.
Pensé en el instituto, a lo mejor había alguna actuación de fin de curso y yo me había quedado dormida.
Este pueblo es pequeño, si había algún sitio donde encontrar a los demás, era allí.
El camino hasta el instituto fue rápido, extraño. El sol brillaba demasiado, alto, blanco, sin nubes. El edificio apareció al final de la calle como siempre… pero algo estaba mal.
Las puertas estaban abiertas.
Entré.
Estaba todo oscuro, a pesar del día radiante que había afuera.
No fue como apagar un interruptor. Fue más bien como cruzar una línea invisible. Las ventanas seguían ahí, pero no dejaban pasar nada.
—¿Lucas? —dije, más bajo. No era del todo consciente de porqué le había llamado a él en realidad.
Mi voz no avanzó. Se quedó cerca de mí, como si el aire no quisiera llevarla más lejos.
Di unos pasos por el pasillo. Mis zapatillas sonaban demasiado fuerte sobre el suelo. Las aulas estaban abiertas, algunas con mesas y sillas, otras vacías. No quise mirar mucho ahí dentro.
Sentí entonces la urgencia de salir. De volver a la luz. Me empezaba a dar miedo que la oscuridad me dejase encerrada.
Corrí hacia la puerta por la que había entrado… pero ya no estaba.
Donde debería estar el vestíbulo, había árboles. Muchos árboles.
Me detuve en seco.
Delante de mí se extendía el bosque. El Bosque Negro. Los troncos altos, demasiado juntos, la tierra oscura, húmeda. No había camino, no sabía a donde ir.
El aire era distinto. Más frío y húmedo.
Me giré para volver atrás y ya no estaba el instituto.
Eché a correr.
No sabía hacia dónde, nunca había entrado al bosque, y menos de noche. Las ramas me arañaban los brazos, el suelo se volvía irregular bajo mis pies. Sentía el corazón golpeándome el pecho, no de terror, sino como si algo estuviera a punto de alcanzarme, aunque no lo viera.
De repente, una puerta, ahí, en medio de un minúsculo descampado.
La abrí de golpe, jadeando, y entré en lo que pensé que era mi casa.
Me apoyé contra la pared, intentando recuperar el aliento. El suelo frío bajo mis pies, el olor metálico en el aire.
Entonces miré mejor y me di cuenta…
Esto no era mi casa…
Las paredes eran de hormigón. Los cables colgaban del techo. El suelo estaba cubierto de polvo y restos quemados. Frente a mí, enorme y silenciosa, estaba la generadora. Me asusté muchísimo, se supone que se había destruido hace menos de un día. ¿Qué hacía yo ahí?
¿He muerto? ¿Esto es el cielo? Porque es aburridísimo y da mucho mal rollo.
Sentí un nudo en el estómago.
Y entonces, muy lejos, empecé a oír a alguien. ¿Cantando?
I heard you on the wireless back in fifty-two…
No venía de un sitio concreto. Parecía salir de las paredes. Era una melodía vieja, alegre, distorsionada, como si alguien la estuviera cantando desde muy lejos, desde otro tiempo.
They took the credit for your second symphony…
La reconocí sin saber cómo.
Avancé hacia ella sin saber muy bien a donde, paso a paso, con cuidado. La música se hacía más clara cuanto más caminaba, mezclándose con un zumbido eléctrico.
I met your children Oh-a-Oh…
—¿Hola? —susurré.
La canción subió de volumen de repente.
Y entonces—
Me incorporé de golpe en la cama.
El corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho. Tardé unos segundos en reconocer mi habitación, las paredes, la ventana, la luz de la mañana entrando sin permiso.
La música seguía sonando.
Video killed the radio-star.
Video killed the radio-star…
—No puede ser… —murmuré, incorporándome a medias.
El walkie-talkie de mi mesilla vibraba ligeramente, emitiendo la canción con un sonido metálico y distorsionado. Durante un segundo me quedé quieta, desorientada, mirando el techo de mi habitación mientras la letra seguía sonando, como si alguien hubiera decidido convertir mi despertar en una escena de película.
El walkie-talkie esculpía la canción de “Video Killed the Radio Star”.
Parpadeé, confundida.
Cogí el aparato con manos temblorosa sin apartar la vista del techo.
—…¿Víctor? —murmuré.
Como si me hubiera estado esperando, su voz entró por el walkie, demasiado animada, demasiado presente.
—¡Buenos días, Cami! Atención, atención: esto no es un simulacro.
Cerré los ojos un segundo, respiré hondo.
—¿Sabes qué hora es? —pregunté, frotándome los ojos mientras apretaba el botón para hablar.
—La hora perfecta para la cultura musical —respondió—. ¿Te gusta? Es un clásico absoluto.
—¿Por qué está sonando en mi habitación?
—Porque puedo —dijo, orgulloso—. Y porque acabo de encontrar algo his-tó-ri-co.
Me levanté despacio, apartando la sábana.
—Víctor, como no sea importante, voy a ir a tu casa a matarte.
—Es importante —aseguró—. Muy importante. Mi madre tenía un Walkman. De los de verdad. Y varios casetes con música.
Me quedé en silencio unos segundos.
—…¿Un Walkman?
—Con cinta. Que gira. Hace ruidos raros. Es mágico.
No pude evitar sonreír.
—Eres idiota.
—Lo sé. Pero un idiota… con música.
El walkie volvió a emitir un ruido, y entonces entró otra voz.
—Confirmo que existe el Walkman —dijo Lucas—. Y añado que yo he encontrado el iPod viejo de mi hermana. Sigue funcionando. A demás también tengo un cargador portátil que le funciona.
—¿Qué? —dije, ya completamente despierta—. ¿El de Cristina?
—Ese mismo. Tiene música descargada. De todo. Rock, pop, cosas raras que no entiendo…
—Vale —dije, respirando hondo—. Esto se nos está yendo de las manos.
—Para bien —apuntó Víctor—. Quedamos en diez minutos. En la plaza.
Me vestí rápido, con una sensación rara de estar empezando algo importante sin saber muy bien qué. Antes de salir, miré el walkie un segundo más. Aún sonaba la canción desde el canal de Víctor, como si se negara a apagarse del todo.
En la calle, el pueblo parecía el mismo de siempre, pero no lo era. Sin móviles, sin electricidad, con la gente moviéndose más despacio, hablando entre ellos. Como si hubiéramos retrocedido en el tiempo.
Angie ya estaba en la plaza cuando llegué, sentada en el borde de la fuente. Lucas apoyaba su bici cerca, con el iPod en la mano como si fuera un objeto sagrado. Víctor apareció corriendo desde la esquina, con el Walkman colgado de un lado y los cascos al cuello.
—Míralo —dijo, orgulloso—. Mi madre flipó cuando se lo pedí. Dice que lo usaba cuando tenía mi edad.
—Eso es inquietante —comenté.
—Eso es historia —corrigió él.
Angie se inclinó para verlo mejor.
—¿Y funciona?
Tía, ¿esta no se había enterado de que esta mañana nos estaba torturando con una canción de los ochenta a las nueve de la mañana? Tiene el sueño más profundo del mundo.
Víctor le ofreció a Lucas los cascos.
—Dale, prueba.
Lucas lo cogió con cuidado, se lo puso… y sonrió.
—Vale. Esto mola.
Fue entonces cuando los vimos.
Bruno y Raquel venían por la acera de enfrente, despacio, ocupando más espacio del necesario, como si la calle les perteneciera. No estaban solos. Detrás de ellos caminaban otros tres chicos y dos chicas del instituto, amigos suyos, riéndose entre murmullos que no llegábamos a distinguir del todo. Bruno llevaba las manos en los bolsillos y esa sonrisa torcida que siempre anunciaba problemas; Raquel mascaba chicle con la boca abierta, mirándonos sin ningún intento de disimulo.
—Mira quiénes están jugando a ser ochenteros —dijo Bruno en voz alta, lo suficiente como para que sus amigos se rieran.
Sentí cómo se me tensaban los hombros antes incluso de darme cuenta. Angie se removió en el borde de la fuente, pero no se levantó.
—¿No tenéis otra cosa que hacer? —preguntó ella, seca.
Raquel soltó una risa exagerada y dio un paso al frente.
—Pues no, genia. No hay luz, ¿recuerdas? —dijo, señalando el cielo con el mentón—. ¿Y vosotros qué? ¿Repartiendo walkies a los necesitados? ¿O es una reunión del club de los raros?
Uno de los chicos de detrás murmuró algo como “míralos” y otro se rió tapándose la boca.
Bruno señaló el Walkman que Víctor llevaba colgado.
—¿Eso qué es? —preguntó—. ¿Un juguete de tu abuela?
Lo intentó coger pero nuestro amigo fue más rápido y consiguió apartarse antes de que su mano llegase a tocarlo.
—O un cacharro robado del museo —añadió uno de sus amigas, provocando más risas.
Víctor dio un paso adelante antes de que Lucas pudiera decir nada. Tenía esa media sonrisa suya, la que usaba cuando fingía que no le importaba, aunque yo sabía que sí.
—Cuidado —dijo—. Es tecnología avanzada. No la entenderías.
Bruno frunció el ceño.
—¿Ah, sí?
—Sí —continuó Víctor, sin retroceder—. No necesita wifi. Sé que eso te descoloca. No podrías vivir sin ello.
Uno de los chicos soltó un “oooh” burlón. Raquel dejó de reírse durante un segundo y nos miró de arriba abajo.
—¿Y qué hacéis con eso? —preguntó—. ¿Jugando a ser salvadores? ¿Creéis que vais a arreglar el pueblo con cintas viejas?
Lucas dio un paso al lado de Víctor, colocándose ligeramente delante de él, sin mirarlos directamente.
—Déjanos en paz —dijo—. No tenemos ganas de tonterías.
Bruno se acercó un poco más. Demasiado. Invadiendo el espacio de Lucas sin tocarlo aún, inclinándose hacia él con esa sonrisa ladeada que me revolvía el estómago.
—¿Tonterías? —repitió—. Si sois vosotros los que dais pena. Siempre juntos, siempre en grupito. —Giró la cabeza hacia mí—. ¿Y tú qué? ¿Te crees valiente ahora?
Sentí un nudo seco en el estómago, ¿por qué se refería a mi ahora? pero no bajé la mirada.
—Vete —dije, a él, específicamente—. No pintáis nada aquí.
Durante un segundo nadie habló. El Walkman seguía sonando bajito, como si no entendiera lo que estaba pasando. Raquel volvió a mascar chicle con más fuerza, despacio, disfrutando del silencio.
—Relájate —dijo ella—. Solo estamos hablando.
Bruno dio otro paso adelante. Esta vez su empujó levemente a Lucas, al principio como si fuera un accidente… a la segunda vez ya no.
—¿Qué pasa? —dijo—. ¿Te molesto?
Antes de que pudiera reaccionar, Bruno empujó con más ímpetu a Lucas con la mano abierta en el pecho. No fue fuerte, pero sí suficiente.
Todo ocurrió muy rápido.
Lucas respondió de inmediato, agarrándolo por la sudadera y empujándolo hacia atrás con más fuerza de la necesaria. Bruno trastabilló y casi perdió el equilibrio. Sus amigos reaccionaron al instante, avanzando un paso, tensos.
—¿Qué coño haces? —escupió Bruno, sorprendido más que asustado.
—He dicho que nos dejéis en paz —repitió Lucas, esta vez sin bajar la voz.
Raquel dejó de masticar chicle.
—Eh, eh —dijo—. Tranquilo, loco.
Víctor levantó las manos, nervioso.
—Lucas, ya está…
Pero Lucas no lo escuchaba. Tenía los puños cerrados entre la sudadera de Bruno y la mandíbula rígida. Por un momento no parecía él.
—No os acerquéis —añadió soltándolo—. Ni ahora ni nunca.
Bruno se recolocó la sudadera despacio, mirándolo fijamente.
—¿Te crees fuerte? Rarito de mierda—dijo—. Porque no lo eres.
Uno de sus amigos soltó una risa seca.
—Esto no se queda aquí.
El silencio volvió a caer, más pesado que antes. Raquel dio un paso atrás y tiró del brazo de Bruno.
—Vámonos —dijo—. No merece la pena quedarnos más.
Bruno no dejó de mirar a Lucas mientras retrocedía.
—Id con cuidado raritos—dijo finalmente, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. El pueblo está
raro últimamente. No es buen momento para hacer el payaso.
Uno de sus amigos añadió, casi en un susurro que sí escuchamos:
—Luego pasan cosas.
—Ya hablaremos —murmuró antes de darse la vuelta.
Se alejaron despacio, sin reírse esta vez.
Lucas respiraba fuerte. Nadie dijo nada durante unos segundos. Yo noté cómo el corazón me golpeaba en las sienes.
—Te has pasado —susurró Víctor al fin.
Lucas no respondió. Miraba al suelo, como si acabara de darse cuenta de lo que había hecho.
Algo en la forma en que nos habían mirado me dejó claro que aquello no iba a ser la última vez en vernos.
—Vale —dijo Lucas—. Definitivamente no estamos jugando.
—No —asentí—. Pero tampoco vamos a parar, ¿verdad?
Víctor levantó el Walkman como si fuera una bandera.
—Entonces hagámoslo bien —dijo sonriendo—. Con música.
Angie sonrió y sentí que lo que estábamos construyendo ya era algo. Algo nuestro. Algo importante.
—Equipo —dijo Lucas, poniendo una mano al centro de todos nosotros.
—Equipo —respondimos, juntos.
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