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28 de julio de 2026

De donde nadie vuelve - CAPÍTULO 8

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El trastero de Angie estaba iluminado solo por dos velas colocadas sobre una mesa, las habían encendido sus padres para ayudarnos, por una vez que no se quedaban en el colegio hasta tarde. La cera se derretía despacio, formando charcos irregulares que parecían querer decir algo. Cada vez que alguien pasaba cerca, las llamas temblaban, proyectando sombras largas que subían por los azulejos.

Angie estaba subida a una silla, estirándose para alcanzar el armario más alto.

—Aquí no hay nada —murmuró, removiendo cajas viejas—. Solo herramientas y poco más.

Lucas, de rodillas en el suelo, rebuscaba en un cajón lleno de cosas sin orden: pilas gastadas, instrucciones de aparatos que ya no tenían, una linterna rota…

—Seguro que tiene que haber algo —dijo—. A tu padre le encantan estas cosas.

—Sí, pero también le encanta guardarlas donde nadie las encuentra —respondió ella, bajándose de la silla con cuidado, obviamente irritada.

En el salón, separados por un largo pasillo, estábamos Víctor y yo.

La luz del atardecer aún se colaba por las ventanas de la habitación. Los padres de Angie habían colocado una manta doblada en la mesa baja para que pudiera apoyar las piernas. Tenía las rodillas llenas de heridas que me llegaban a la mitad de la espinilla, aún enrojecidas, con pequeños surcos de sangre seca.

Víctor destapó el bote de clorhexidina.

—Avísame antes de gritar —dijo en voz baja.

—No voy a gritar —respondí ofendida, también bajito.

Cuando el líquido me tocó la herida el escozor fue inmediato. Apreté los dientes y cerré los ojos, cerrando en un puño lo que fuese que me agarraba de la mano.

—Vale —susurré—. Igual sí duele un poco, en el fondo.

—Tú también me estás haciendo daño…

—PERDÓN. —Le solté la mano inmediatamente.

Víctor sonrió, concentrado. Pasó una gasa con cuidado, ya suficiente tortura había vivido el día de hoy.

—Las heridas te cubren toda la pierna, con tiritas no haremos nada —murmuró—. Mejor te pondré vendas.

Mientras desenrollaba la primera, miró de reojo hacia el pasillo. Angie y Lucas seguían hablando, sus voces se mezclaban con el tintineo de cajones.

—¿Crees que alguien nos pueda haber visto? —pregunté preocupada por si nos echaban la culpa de este desastre.

—Eso no lo sé —respondió él—. Pero… —dudó— llevo todo el día pensando en algo.

Levanté la mirada de mis piernas.

—¿En qué?

Víctor bajó aún más la voz, inclinándose un poco hacia mí.

—En los niños.

Me quedé quieta.

—No creo que… —empezó— no creo que simplemente se pierdan, así, sin más.

Me ató la venda con una firmeza suave.

—Creo que alguien los asusta —continuó—. Que los manipula. Que hace que salgan solos de casa, pensando que huyen de algo peor.

Tragué saliva.

—¿Y luego qué?

Víctor alzó los hombros, incómodo.

—Luego… se los lleva. A su casa. O a algún sitio. Como cuando te dicen de pequeño que no te vayas con extraños y que no aceptes caramelos…

Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío, muy normal últimamente.

—Esto es peor de lo que pensábamos —susurré.

—Ya —asintió—. Porque entonces no es solo que se pierdan y ya. Es alguien… alguien normal.

—Bueno… muy normal no debe de ser— dije mientras me ataba el nudo final y se sentaba a mi lado en el sofá.

—No le digas nada a Lucas —le pedí—. No está preparado para esa suposición, no todavía.

Víctor me miró.

—Lo sé.

—Y se pondría a pensar que todo es culpa suya —añadí, preocupada.

Víctor asintió despacio.

—Por eso te lo digo a ti.

Levanté la vista hacia él. En la penumbra, su expresión era seria, sin rastro de bromas. Me dio las gracias con una mirada que no necesitó palabras.

Pasamos unos minutos en silencio, y entonces me atreví a preguntar:

—¿Tú crees que podemos hacer algo para ayudar a los demás niños?

—Si los encontramos, sí —respondió sin dudar—. Pero debemos tener cuidado e ir juntos. Nadie se salva solo.

Asentí, y sentí un alivio extraño al compartir ese pensamiento con alguien que me entendía tan bien.

—Me alegro de que estés aquí, Víctor —remarqué.

—Y yo de que estés tú —respondió él, con un gesto simple, sin exagerar, como si nuestras palabras fueran suficientes para reforzar la confianza entre nosotros.


El trastero estaba patas arriba. Cajones abiertos, armarios entrecerrados, una radio vieja apoyada en la mesa y un mapa del pueblo desplegado a medias, sujetado por un vaso para que no se cerrara solo. Angie rebuscaba en una caja llena de cables mientras Lucas intentaba hacer funcionar una linterna golpeándola suavemente contra la palma de su mano.

—Nada —murmuró ella—. Esto parece el museo del caos.

Lucas consiguió que la linterna se encendiera un segundo, antes de apagarse de nuevo.

—Está muerta.

—Como la generadora… —comentó Angie, levantando la vista—. Ha tenido que ser brutal.

Lucas dejó la linterna sobre la mesa.

—No ha sido divertido.

—Quiero decir —continuó ella, con un brillo extraño en los ojos— chispas, ruido, tensión… parece una peli. Nosotros solo hemos estado dando vueltas por bares llenos de señores viejos.

Lucas frunció el ceño.

—Cami casi se mata.

Angie se quedó quieta.

—¿Qué?

—Podría haberse abierto la cabeza amor —articuló él, exagerando sin darse cuenta—. Si no llego a reaccionar a tiempo…

—Pero ya está bien.

—Sí, pero eso no quita que puedas catalogarlo como algo divertido.

Angie bajó un poco la voz.

—No lo decía en ese plan.

Lucas suspiró y se pasó una mano por el pelo.

—Lo sé… —añadió— solo que… lo que habéis descubierto Víctor y tú es algo importante.

Ella lo miró sorprendida.

—¿De verdad lo crees?

—Claro, pero tu egoísmo no te deja ver que eres importante.

A Angie se le humedecieron los ojos con esas palabras, no muchas veces las escuchaba.

—Nosotros hemos generado problemas y vosotros soluciones. Ya está. Así que deja de decir tonterías.

Angie desvió la mirada despacio, dejando la caja a un lado.

—Supongo que… —sonrió levemente—me he venido arriba. Esto es como cuando éramos pequeños y salíamos con linternas a explorar el descampado. Da miedo, pero también… no sé. Molan estos planes.

Lucas no sonrió.

—Yo solo quiero encontrar a Miguel.

Lo dijo sin dureza, pero con una claridad que cerró cualquier broma.

Angie apoyó las manos en la mesa de trabajo, más seria ahora.

—Lo sé. —Se acercó un poco más a él. —Y lo vamos a hacer. Si nos venimos abajo ahora, no llegaremos a ningún sitio.

Lucas la miró. Durante un segundo pareció relajarse.

—No digo que no sigamos —dijo—. Solo… no perdamos de vista por qué estamos aquí.

Angie le dio un leve empujón con el hombro.

—Tranquilo, caballero. Para eso estás tú.

Lucas dejó escapar una risa corta, casi involuntaria.

—He encontrado walkies —anunció ella, sacándolos de un cajón—. Y pilas. Bastantes.

Lucas cogió uno de los aparatos y lo examinó.

—Esto nos vendrá muy bien.

 

—¿Crees que podremos comunicarnos bien con ellos? —pregunté.

—Claro —respondió Angie—. Mientras todos estemos atentos y no nos separemos demasiado, funcionará.

Sonrió mientras nos miraba a todos.

—Nuestra misión ha sido productiva.

—Venga —alenté—. Ahora tenemos que organizarnos bien.

Lucas se levantó con una idea que nos hizo sonreír a todos.

—Podemos usar las bicicletas. Así nos movemos rápido y nadie se queda atrás. Todos juntos, el equipo completo.

Víctor asintió, y yo sentí cómo un calor de confianza me recorría: no estábamos de broma, tarde o temprano encontraríamos a Miguel.

—Equipo —exclamó Lucas con firmeza.

—Equipo —repetimos los demás al unísono.

 

La luz cálida del atardecer se desvanecía poco a poco, teníamos que volver a casa. Sin móviles nuestros padres estarían más preocupados.

Cada paso resonaba en el pavimento, y el aire olía a tierra seca y a los últimos restos de humo de las barbacoas de las casas vecinas. Lucas llevaba en la mano uno de los walkies, yo llevaba el mío en la mochila, y Víctor caminaba balanceando los brazos exageradamente.

—Esto va a ser divertido —dijo Lucas, haciendo girar el walkie en la palma de la mano—. Podremos hablar, aunque estemos lejos. Es como ser espías.

Víctor se adelantó un paso, puso cara de misterio mientras caminaba marcha atrás, y susurró:

—Sí… espías valientes que luchan contra monstruos invisibles que viven entre los callejones del pueblo. Rodé los ojos, pero no pude evitar reírme.

—Muy creíble —dije—. Seguro que los monstruos salen corriendo nada más verte.

—Exacto —respondió él, haciendo un giro torpe que casi le hace tropezar—. Nadie puede resistirse a mis movimientos letales… o al olor de mis calcetines.

—¡Víctor! —protesté, intentando contener la risa—. Mejor guárdate esas cosas para ti solo. — Sonrió maliciosamente.

—Nunca se sabe cuándo un calcetín puede salvarte la vida.

Lucas bufó, divertido, y giró el walkie hacia mí:

—Mientras no se nos acaben las pilas, será divertido. No quiero quedarme colgado a mitad de una gran aventura. —soltó con un tono sarcástico.

—Entonces habrá que cuidarlos como si fueran oro —añadí—. Aunque con Víctor cerca… ¿seguro que no lo vas a perder?

Víctor hizo un ademán dramático, fingiendo indignación.

—¡Yo nunca pierdo nada! Solo hago que los objetos se reubiquen… por diversión estratégica.

Nos reímos mientras caminamos por la calle principal, el cielo teñido de tonos morados y naranjas. Por un momento todo parecía normal. Incluso feliz.

—¿Sabes qué estaría bien? —pregunté mientras me ajustaba la mochila—. Música. Si pudiéramos tener música mientras vamos en las bicis… todos escuchando la misma canción, sería como en una peli de la época de nuestros padres.

—¡Sí! —exclamó Víctor, levantando las manos como si estuviera dirigiendo una orquesta—. Yo podría ir tocando un solo con mi… pandereta invisible.

—¿Pandereta invisible? —pregunté con una sonrisa—. Eso suena… terriblemente malo.

—¡Es arte abstracto! —protestó—. No lo entenderías.

Lucas, que iba un poco adelante, se giró y me sonrió:

—Ya me veo, conduciendo la bici con el walkie en la mochila, y vosotros dos atrás cantando mal las canciones.

—O riéndonos de ti y tu forma de montar en bici—bromeé, dándole un empujón suave a su hombro—.

Igual que siempre.

Lucas muchas veces intentaba montar solo en la rueda de atrás, pero nunca lo conseguía y se quedaba con una postura tensa hacia atrás durante los trayectos del intento.

Él se echó a reír y luego se desvió hacia una calle lateral.

—Voy a ver si encuentro algo con lo que escuchar música —anunció, girando la esquina con el walkie en la mano—. Nos vemos mañana.

Quedamos Víctor y yo caminando juntos, avanzando despacio por la calle.

Cuando Lucas se fue hablábamos de lo divertido que sería ir en bici por el pueblo, de cómo nos organizaríamos con los walkies, de canciones que nos gustaban y de los pequeños rituales de verano que hacíamos antes, cuando todo parecía más simple. La conversación fluía, natural y ligera, y la presencia de Víctor, con sus bromas tontas, hacía que la tensión del día se desvaneciera un poco.

Poco a poco, la calle se volvió más tranquila y aunque el peligro seguía ahí, había algo reconfortante en esta rutina improvisada, en la sensación de compañerismo y en las risas compartidas.

Al llegar a la esquina de mi casa, Víctor se detuvo, fingiendo que luchaba contra un enemigo invisible.

—Bueno… esta es tu casa. Yo sigo con mi entrenamiento de luchador nocturno. —Hizo una reverencia exagerada.

—Gracias por acompañarme—dije, riendo por última vez antes de abrir la puerta.

—Nos vemos mañana —respondió, inclinando un poco la cabeza antes de girarse para continuar su camino hacia la suya, haciendo un pequeño baile torpe de despedida.

Lo vi alejarse y sentí tranquilidad y la certeza de que, aunque mañana habría más peligro, también habría risas tontas, amigos y la seguridad de que no estaba sola.

Caminé los últimos metros hacia mi puerta a través del jardín, escuchando aún los ecos de nuestra conversación, pensando en los walkies, las bicis, las canciones… y en cómo, a pesar de todo, el peligro parecía menos amenazante cuando nos teníamos los unos a los otros.

—Equipo —susurré para mí misma antes de abrir la puerta—. Siempre equipo.

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