
La puerta de casa se cerró a su espalda con un golpe seco.
Víctor se quedó quieto unos segundos, con la mochila aún colgada de un hombro, escuchando el ruido rebotar por el pasillo estrecho. No había nadie para decirle que no diera portazos. No había nadie para preguntarle cómo había ido el día. No había nadie, punto.
El piso olía a aceite frío y a detergente barato, básicamente a hogar usado, pero no habitado.
Dejó las zapatillas junto a la puerta, como siempre, su madre se enfadaba si no lo hacía, aunque casi nunca estaba, y caminó hasta la cocina. Conocía cada grieta de toda la casa, cada mueble descolocado, cada silencio.
Abrió la nevera. Dentro había lo de siempre: un táper con arroz de hacía dos días, medio pan duro envuelto en un trapo y una botella de Fanta empezada. Víctor suspiró, no con decepción, sino con una aceptación automática, ya aprendida a estas alturas. En su casa no se tiraba comida nunca. No importaba si estaba seca, pasada o sin sabor. Comer era un privilegio que no siempre tenían.
Sacó el táper y lo dejó sobre la encimera.
Mientras esperaba a que el microondas terminara, se apoyó contra la nevera y dejó caer la cabeza hacia atrás. El zumbido del aparato llenó el silencio, y desde que había salido de casa esta mañana, la sonrisa desapareció por completo de su cara.
Las bromas. Las risas. El Víctor ruidoso, exagerado, el que siempre tenía algo que decir.
Todo eso se quedó fuera, junto con la mochila.
Se pasó una mano por la cara, apretándose los ojos con fuerza. Estaba asustado. Mucho más de lo que había dejado ver. La imagen del esqueleto, el encierro, de Lucas intentando ser fuerte otra vez…
“Esto no es un juego” pensó. “Nunca lo ha sido”.
El microondas pitó y Víctor se sobresaltó de una forma bastante graciosa pero no había nadie para verlo.
Comió de pie, apoyado en la encimera. El arroz estaba frío por dentro y caliente por fuera, pero no se molestó en volver a calentarlo, solo a removerlo vagamente. Masticaba sin ganas, mirando un punto fijo de la pared donde el gotelé estaba desconchado. Pensó en sus padres, trabajando a esa hora. Pensó en las manos de su madre, siempre ásperas. En la espalda encorvada de su padre al llegar a casa, demasiado cansado incluso para hablar.
Nunca les contaba nada, no porque no quisiera sino porque no podía cargarles con más.
—Todo bien… —murmuró en voz alta, probando cómo sonaba—. Todo bien.
La frase cayó al suelo como algo roto.
Se sentó finalmente a la mesa, dejando el tenedor a un lado. La cocina volvió a quedarse en silencio, ese silencio espeso que no te acompaña, sino que te observa. Víctor notó cómo le temblaban un poco las manos. Respiró hondo. Otra vez.
Esa noche, en esa casa vacía y sin nadie mirando, el miedo estaba ahí. Grande y real. Pegado al estómago.
Miguel no era una de las historias del pueblo, ni tampoco una leyenda.
Era un niño. Un niño real al que teníamos que encontrar.
Y algo, lo que fuera, estaba jugando con él y los demás niños.
Víctor se levantó, lavó el táper con cuidado y lo dejó secando, como si alguien fuera a usarlo después. Miró el reloj de la pared. Sus padres no volverían hasta bien entrada la noche.
Fue hasta su habitación y agarró el walkie-talkie que había dejado esta mañana encima de la cama. Lo sostuvo un segundo en la mano, dudando, como si incluso eso pesara más de lo que parecía. Giró la ruedecita con cuidado para no hacer ruido innecesario y apretó el botón.
—Ya estoy en casa, ya he comido —dijo, intentando que su voz sonara normal—. Todo bien.
Soltó el botón y dejó el aparato sobre la mesa, con la antena apuntando al techo, como si así el mensaje tuviera más posibilidades de llegar. No esperó respuesta. No la necesitaba. Solo necesitaba que supiéramos que seguía entero.
Después sacó el walkman de la mochila que había tirado en la entrada. Los auriculares estaban un poco doblados, pero seguían funcionando. Metió la primera cinta que consiguió sacar y, cuando la música empezó a sonar, demasiado alta para el silencio del piso, dejó escapar el aire que llevaba aguantando desde hacía horas.
Empezó a limpiar, cantando, disfrutando lo que podía.
Primero los platos que había en el fregadero. Luego la encimera. Barrió el suelo con movimientos danzarines, marcados por el ritmo de la música. No porque la casa estuviera especialmente sucia, sino porque sabía que cuando sus padres volvieran, cansados y con los hombros caídos, agradecerían no tener que hacerlo.
Y porque, mientras limpiaba, pensaba menos.
La puerta se abrió antes incluso de que Angie pudiera meter la llave del todo.
—¿Angie? —dijo la voz de su madre, demasiado alta, demasiado rápida—. ¿Qué te ha pasado?
Angie dio un paso atrás por puro reflejo.
Sus padres estaban allí, los dos, de pie, mirándola como si acabaran de descubrir que tenían una hija.
Su padre fue el primero en fijarse en el labio partido. Luego en el pelo revuelto. Luego en los moratones que asomaban por debajo de la manga.
—¿Qué te ha pasado? ¿Quién ha sido? —preguntó, ya enfadado, sin esperar respuesta realmente—. ¿Te duele algo?
Angie apretó la mandíbula.
—Estoy bien.
Su madre se acercó, alargando la mano para tocarle la cara, pero Angie giró la cabeza lo justo para evitar el contacto. No quería explicaciones, ni algodones, ni miradas llenas de culpa tardía.
—No deberías haber salido —continuó su padre—. Ya sabes cómo está el pueblo, con todo lo que ha pasado…
“Ahora…” pensó Angie. “Ahora os preocupa…”.
Caminó hasta el salón sin quitarse la mochila. Se dejó caer en el sofá y estiró las piernas, ocupando espacio, marcando territorio. Sus padres la siguieron con la mirada, inseguros.
—¿Podemos hablar? —dijo su madre, sentándose a su lado—. Si ha pasado algo…
—No ha pasado nada —cortó Angie.
Desde pequeña, sus padres habían tenido tiempo para todos menos para ella. Para corregir exámenes, preparar clases, escuchar los problemas de otros niños. Para quedarse horas ayudando a hijos que no eran suyos.
Y mientras tanto, Angie aprendió a no molestar, pasando desapercibida, para que no la pudiesen asociar del todo a sus padres, aunque a estas alturas no fuese una buena estrategia.
Ahora, de repente, era verano. Ya no había alumnos ni excusas. Y esa atención nueva y pegajosa, le resultaba abrumadora y casi insultante.
—Voy a ducharme —dijo, acercándose cada vez más a la puerta de su habitación—. No necesito nada.
—Angie… —empezó su padre.
—He dicho que estoy bien.
Cerró la puerta del baño que tenía su habitación, con más fuerza de la necesaria. Apoyó las manos en el lavabo y se miró al espejo. El labio roto, las marcas violáceas en los brazos, el cansancio acumulado en los ojos.
Abrió el grifo de la ducha, pero antes de meterse, algo sonó desde su cuarto. El walkie-talkie.
—…ya he comido —la voz de Víctor, distorsionada por el aparato— Todo bien.
Angie se quedó quieta, no pensaba contestar, no tenía nada que decir. Se metió en la ducha y dejó que el agua caliente le cayera encima, mezclándose con el escozor del labio y el dolor de los golpes.
Cuando salió, se puso el pijama más viejo que tenía y se metió en la cama. Desde el pasillo oyó a sus padres hablar en voz baja, preocupados, como si el miedo que tenían pudiera arreglar algo dentro de su pequeño círculo familiar.
Había aprendido hacía mucho tiempo que el cariño tardío no siempre cura y que, a veces, la familia que eliges entiende mejor tus silencios que la que te tocó.
La luz del recibidor se encendió de golpe.
Los chicos apenas cruzaban el umbral cuando Rosa soltó un jadeo involuntario con fuerza, pero no dijo nada. No hizo falta. Sus ojos se quedaron fijos en ellos.
En los brazos de Lucas, los moratones destacaban demasiado sobre su piel pálida. En la cara, un raspón mal cerrado. En los nudillos, sangre seca…
Javier dejó la mochila en el suelo sin hacer ruido. Se quedó quieto, observando el panorama, primero a Lucas, luego a Rosa y a David, que cerró la puerta con cuidado, como si el más mínimo golpe pudiera romper la frágil tranquilidad que reinaba la habitación.
—¿Qué ha pasado? —preguntó David, con la voz tensa.
—Nada —dijo Lucas enseguida—. Estamos bien.
Javier supo que no era verdad. No porque Lucas mintiera, sino porque había aprendido a reconocer ese tono. El que usaba cuando las cosas iban mal de verdad.
Rosa dio un paso adelante y alargó la mano hacia el brazo de Lucas. Él se tensó apenas un segundo, casi imperceptible, aunque Javier lo vio.
—De verdad —añadió Lucas, más despacio—. Ha sido una tontería.
Rosa retiró la mano, insegura, como si acabara de tocar algo que no sabía cómo sostener.
—Ve al baño —dijo al fin—. Límpiate eso.
Lucas asintió sin discutir.
Mientras subían las escaleras, Javier caminó medio paso por detrás. No apartó la vista de su hermano. Pensó, sin saber por qué, que nunca lo había visto tan cansado.
Desde el pasillo, una puerta se abrió con un leve chirrido de una puerta mal engrasada.
Cristina apareció descalza, con los pies sucios de polvo, con el pelo recogido de cualquier manera y mechones claros que le caían por la cara y los ojos rojos demasiado abiertos, como si no dejase de dormir. Llevaba días así. O semanas. El tiempo se había vuelto raro desde que Miguel desapareció.
—¿Habéis…? —empezó a decir.
No terminó la frase, aunque sus labios esculpían palabras que no salían.
Lucas bajó la mirada. El silencio cayó de golpe, espeso, irrespirable. Javier sintió cómo se le tensaban las manos dentro de las mangas, los dedos clavándose en la tela.
—Yo… —susurró ella— He soñado otra vez.
Nadie respondió.
Cristina tragó saliva con dificultad. Sonrió un poco. No una sonrisa normal, sino una mueca exagerada, fuera de lugar.
—Está bien —continuó—. Tenía frío, pero estaba bien. Me ha llamado, Lucas. Me ha llamado por mi nombre.
Luego desvió la mirada hacia Javier, un segundo apenas, pero fue suficiente para que a él se le encogiera el estómago.
Rosa reaccionó rápido llegando por detrás.
—Corazón, vuelve a la habitación —dijo, con una suavidad forzada.
Cristina dudó. Al final obedeció dándose la vuelta mientras susurraba —No está muerto—. Finalmente cerró la puerta con cuidado.
Lucas empezó a subir las escaleras sin mirar atrás.
En el baño, el espejo devolvió una imagen que no reconocía del todo. Se apoyó en el lavabo mientras David abría el botiquín. El olor a alcohol le llegó antes que el escozor.
Javier se quedó apoyado en el marco de la puerta.
El agua corría y Lucas mojó un paño y empezó a limpiarse la cara y las manos. Cada roce dolía más de lo que quería admitir.
—¿Te duele? —preguntó Javier al cabo de un rato.
—No. — dijo Lucas negando con la cabeza.
Javier no insistió. Le pasó una toalla limpia y se quedó ahí, observándolo en silencio. Lucas evitó mirarse directamente a los ojos en el espejo. No por vergüenza, sino porque sabía lo que iba a ver reflejado. Cansancio. Culpa. Y algo más profundo.
Miguel.
No como un recuerdo o como una risa, ni como una voz. Más bien como su ausencia. Como error.
“Si hubiera estado más atento… Si no me hubiera despistado…”
Pensamientos que no llevaban a ninguna parte, pero que no se iban tampoco.
Bajaron a comer, sin hambre, al terminar de asearse, pero apenas probaron bocado. David los observaba sin decir nada, como si buscara el momento exacto para intervenir y no lo encontrara.
Al terminar, cuando todos ya se habían ido de la mesa, Javier se quedó un momento en el pasillo, mirando la puerta de la habitación de Lucas.
Pensó en Miguel y en su hermana Cristina.
Antes de entrar en su cuarto, murmuró, muy bajito, casi como una súplica:
—No te vayas.
Pero Lucas no lo oyó.
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