
Mi madre estaba en la cocina, removiendo algo en una olla, y cuando se giró al oírme entrar esbozó una sonrisa que, sin embargo, se le quedó a medio camino al darse cuenta de mi postura, en la forma torpe en la que apoyaba el peso del cuerpo y en cómo mantenía los brazos ligeramente separados, como si cualquier roce pudiera dolerme.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó entonces, sin elevar la voz ni moverse todavía.
Negué con la cabeza mientras avanzaba un par de pasos más hacia la mesa, intentando que el gesto pareciera natural, aunque cada movimiento me exigía una concentración excesiva.
—Nada —respondí—, me he caído un par de veces.
No era una mentira del todo y quizá por eso me salió tan fácil decirla.
Ella se acercó despacio, con la cautela que se aprende cuando se ve suficiente dolor ajeno, y me tomó del antebrazo con cuidado, girándolo ligeramente para observar los moratones que ya se oscurecían bajo mi piel.
—Cami… —murmuró, y no hizo falta que dijera nada más.
Su atención descendió poco a poco, deteniéndose en mis rodillas, en la hinchazón mal disimulada bajo la ropa, en la forma en la que evitaba doblarlas del todo. Había pasado mucho tiempo anoche curándome bien la chapuza que me había hecho Víctor.
—Siéntate —dijo finalmente, con un tono que no permitía quejas.
Obedecí y me dejé caer en la silla de la cocina, la que cojeaba un poco desde hacía años, y al inclinarme hacia delante sentí cómo un pinchazo seco me atravesaba el costado, obligándome a apretar los dientes para no reaccionar de forma demasiado evidente.
Mi madre lo notó, obviamente.
—Eso no es una caída, hija mía —dijo en voz baja mientras se alejaba hacia el armario para sacar el botiquín.
No supe qué contestar, aunque tampoco buscaba respuesta, porque regresó enseguida y dejó la pequeña caja sobre la mesa. Sacó gasas, alcohol y una pomada que llevaba acompañándonos desde que yo tenía memoria.
—Avísame si te duele —me pidió, aunque ambas sabíamos que iba a doler.
Asentí, más por inercia que por afirmación, y cuando el algodón empapado en alcohol me tocó la piel, el escozor me subió de golpe hasta la garganta, obligándome a fijar la vista en un punto concreto de la pared para no dejar que se me notara demasiado.
—¿Dónde estabas? —preguntó mientras limpiaba una de las heridas con una concentración casi excesiva.
—Con Angie y los demás —contesté.
—¿Toda la mañana?
—Sí.
El silencio que siguió no fue exactamente incómodo, más bien fue denso, como si se hubiera cargado de todo lo que ninguna de las dos quería decir. Mi madre continuó limpiando la herida con cuidado, demorándose más de lo necesario, como si al centrarse en cada movimiento pudiera evitar pensar en el conjunto.
—No me gusta verte así —acabó diciendo al cabo de un rato, y en su voz no había reproche, sino una preocupación sincera que me apretó el pecho.
—Estoy bien —dije, aun sabiendo que no era del todo cierto
Ella negó despacio, sin dejar de trabajar.
—Eso es lo que decís los niños siempre cuando la liais.
Antes de que pudiera responder, el ruido de una silla arrastrándose en el salón anunció una presencia que me tensó incluso antes de verla.
—¿Qué ha pasado ahora? —preguntó Álvaro desde la puerta de la cocina.
Alcé la vista y lo vi apoyado en el marco, con los brazos cruzados. Su mirada recorrió la escena despacio, deteniéndose primero en el botiquín abierto sobre la mesa, después en las gasas manchadas y, por último, en mí, de arriba abajo, con una expresión que no tenía nada que ver con la preocupación que tenía mamá. Era una mirada que pesaba, que medía, como si intentara decidir hasta qué punto aquello era un problema suyo.
—Se ha hecho daño —explicó mi madre, sin mirarlo, mientras seguía limpiándome una herida con movimientos precisos, quizá demasiado.
—No, si eso ya los veo —respondió él, y dio un paso más hacia dentro, lo justo para que su presencia se sintiera más cercana.
Su mirada se detuvo un segundo más de la cuenta en mis rodillas, en los moratones que ya no se podían disimular, y luego subió de nuevo hasta mi cara.
—¿Te has metido en líos otra vez? —añadió, con un tono que no era exactamente acusador, pero sí cansado, como si la respuesta ya la supiese desde antes de formular la pregunta.
No contesté. Sentí cómo algo dentro de mí se cerraba de golpe, una reacción automática que no tenía que ver con ese momento concreto, sino con muchos otros parecidos. Bajé ligeramente la mirada, no por vergüenza, sino porque sabía que cualquier palabra solo serviría para darle más razones para quejarse.
Mamá se detuvo un segundo, apenas perceptible, antes de volver a moverse.
—No es el momento —dijo entonces, con voz firme, aunque todavía sin mirarlo directamente.
Álvaro soltó una breve risa seca, sin humor.
—Nunca lo es —replicó—. Pero luego vienen las sorpresas, y parece que nadie entiende cómo hemos llegado hasta aquí.
Me tensé sin darme cuenta, notando cómo los hombros se me encogían y cómo el aire me costaba un poco más entrar en los pulmones. Abrí la boca incluso antes de pensarlo.
—Déjalo.
Él giró la cabeza hacia mí despacio, sorprendido más por el hecho de que hablara que por lo que había dicho.
—¿Cómo dices?
—Que lo dejes —repetí, con un hilo de voz que aun así me salió más firme de lo que esperaba.
Álvaro chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Encima —murmuró—. Encima te pones así. Mira que yo solo quiero…
Mi madre cerró el botiquín de golpe, con un ruido seco que hizo que los dos levantáramos la vista hacia ella. Esta vez sí lo miró directamente, sin esquivarle la cara ni el gesto.
—Ya está —dijo—. Vete, Álvaro.
Él arqueó las cejas, visiblemente sorprendido, como si no esperara que aquella frase fuera dirigida a él, y mucho menos con ese tono.
—¿Perdona?
—Que te vayas —repitió ella, sin alzar la voz, pero sin dejar la firmeza en su voz—. Ahora mismo no estás ayudando.
Álvaro sostuvo su mirada durante un par de segundos, como si estuviera calibrando si insistir o no, y luego dejó escapar un suspiro exagerado.
—Haced lo que queráis —dijo finalmente—. Luego no digáis que nadie os ayuda.
Se dio la vuelta despacio, arrastrando un poco los pies al salir, como si quisiera que su marcha se notara, y cuando desapareció por el pasillo, el sonido de sus pasos se quedó flotando en la casa durante unos segundos.
El silencio que quedó fue distinto, más frágil, como si pudiera romperse con cualquier palabra mal colocada.
—Lo siento —murmuró mamá al cabo de unos segundos.
—No pasa nada —respondí, aun sabiendo que no era cierto y que ella lo sabía.
Subí a mi habitación despacio, midiendo cada paso como si fuera una negociación con el cuerpo, y cuando cerré la puerta me dejé caer en la cama sin siquiera quitarme la ropa, demasiado cansada para hacer nada más.
—Ya estoy en casa, ya he comido. Todo bien. —La voz de Víctor me hizo enderezarme casi sin pensar. No pensaba responder nada, estaba demasiado cansada, pero tenía hambre…
Cuando bajé de nuevo a la cocina, más tarde, la casa estaba casi en silencio y a oscuras. El ruido de la olla ya no estaba, y el aire olía a comida recalentada y a algo que llevaba demasiado tiempo reposando. Mi madre había dejado un plato preparado encima de la encimera, cubierto con papel de aluminio, como hacía siempre cuando no coincidíamos para comer.
Lo destapé despacio. El olor a comida me dio en la cara y, durante un segundo, me mareé un poco, quizá por el calor, quizá porque llevaba demasiado tiempo funcionando sin comer. Me serví agua y me senté en la mesa, ocupando el mismo sitio de antes, aunque ahora todo parecía distinto, más grande y vacío.
Comí rápido, por obligación del hambre. Cada bocado me costaba un pequeño esfuerzo consciente, como si el cuerpo todavía no hubiera entendido que ya no hacía falta racionar la energía. Masticaba sin pensar demasiado en el sabor, con la vista fija en el mantel, escuchando los ruidos de la casa: una puerta que se cerraba en el piso de arriba, una radio encendida al otro lado de la pared, los coches pasando por la calle.
Pensé en lo raro que era estar allí sentada, comiendo sola, cuando hacía apenas unas horas estaba en un sótano que olía a humedad y a óxido, con el corazón golpeándome tan fuerte que apenas podía oír nada más. El contraste me revolvió un poco el estómago.
Al final dejé parte de la comida en el plato. Me levanté, lo llevé al fregadero y lo enjuagué sin ganas, dejando que el agua caliente se llevara los restos. No me quedé a secarlo. Subí las escaleras apoyándome ligeramente en la pared, agradeciendo que nadie me dijera nada más.
En mi habitación me quité la ropa con cuidado, dejando cada prenda en el suelo como si pesara demasiado para levantarla hasta la silla. Me puse una camiseta vieja y me tumbé en la cama boca arriba, mirando el techo. Notaba el cuerpo pesado, denso, como si me hubiera caído encima todo el cansancio del día de golpe.
Cerré los ojos, convencida de que me quedaría dormida casi al instante, pero no fue así.
El ruido de unos pasos en el pasillo me hizo tensarme un poco, y cuando oí cómo se detenían frente a mi puerta, supe antes de que llamara que era Clara.
—¿Estás despierta? —preguntó desde fuera.
—Sí.
Entró despacio y cerró la puerta tras de sí. Se quedó de pie un momento, observándome, como si estuviera decidiendo por dónde empezar.
—¿Has comido?
—Un poco.
Frunció el ceño. Se sentó en el borde de la cama, cruzando los brazos.
—No puedes ir por ahí haciéndote daño y luego no comer —soltó—así no te vas a recuperar.
La miré de reojo.
—He comido. No empieces.
—No empiezo nada, solo—
—Clara, para. Estoy estupendamente.
Suspiró, visiblemente frustrada.
—Vale, pero es que no es normal. Llegas hecha polvo, no dices nada, y encima pretendes que aquí no pase nada.
—No estoy pretendiendo nada.
—Pues es lo que parece.
Me incorporé un poco, apoyándome en los codos doloridos.
—No me hables como si fueras mi madre. Tú no tienes derecho a hacer eso.
La frase salió más brusca de lo que pretendía. Clara se quedó quieta unos segundos, sorprendida.
—No te estoy hablando como tu madre.
—Sí, lo estás haciendo. Todo el rato. Qué tengo que hacer, cómo tengo que hacerlo, lo que está bien y lo que no.
—Porque me preocupo —replicó ella, alzando un poco la voz.
—Pues preocúpate sin controlarme.
El silencio que siguió fue tenso, incómodo. Clara apretó los labios y desvió la mirada hacia la ventana.
—Vale —dijo al final—. Para.
Me miró otra vez, pero ahora su expresión era distinta, más cansada que enfadada.
—No quiero pelearme contigo —continuó—. No estoy intentando mandarte ni sustituir a nadie. Solo… —se encogió ligeramente de hombros—. Solo quiero saber si estás bien y si puedo ayudar con algo.
No respondí. Me dejé caer otra vez contra el colchón y me quedé mirando el techo.
—Es complicado —dije al cabo de un rato—. No es algo que se pueda explicar de golpe.
Clara no dijo nada. Esperó.
—Van a pasar cosas —seguí—. Cosas difíciles. Y no sé muy bien cómo va a acabar todo esto, pero… —tragué saliva—. Lo único que sé ahora mismo es que mañana tendremos que ir a la policía y empezar a buscar información, ir a la biblioteca, hablar con gente.
Clara se incorporó un poco más.
—¡¿La policía?!
Asintió despacio, procesándolo.
—Eso es serio.
—Lo sé.
—¿Y tú estás metida en movidas raras?
—Sí.
Durante unos segundos pareció dudar, como si el miedo estuviera ganándole terreno, pero luego respiró hondo.
—Vale —dijo finalmente—. Me da miedo, pero… no pienso dejarte sola.
La miré entonces, de verdad, y algo dentro de mí se aflojó un poco.
—No tienes que hacerte cargo de esto —le dije—. No estoy sola, tengo a mis amigos.
Clara se acomodó a mi lado, apoyando la espalda en la pared.
—No me importa —dijo—. Quiero estar contigo.
No protesté. Cerré los ojos, escuchando su respiración tranquila, y desde hacía dos días, el cansancio dejó de ser una amenaza y se convirtió en descanso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario