
Nos habíamos movido al parque infantil que había cerca del ambulatorio porque ahí casi nunca había nadie. En el suelo descansaban cascaras de pipas y colillas aplastadas, a su lado estábamos nosotros, Angie en el columpio, Víctor y yo en el suelo y Lucas dando patadas al aire con los brazos cruzados.
—A ver si lo he entendido bien…— quise aclararme un momento. —Miguel no es el único niño perdido, ha habido más casos, durante todo este año, de nenes de entre tres y seis años. A demás sabemos que todos se levantan y se van, supuestamente por su propio pie, y nadie ha hecho nada para evitarlo… — Me quedé mirando a Víctor y a Angie con los ojos entre cerrados y las manos extendidas esperando respuestas.
—Efectivamente. —Víctor, el más comprometido con la causa.
—Pero vamos a ver, que no es tan fácil— Angie se inclinó hacia adelante para mirarme al hablar. — Desde la desaparición de Miguel los padres en el pueblo han estado muy al loro de lo que hacían sus hijos—miró un momento a Lucas, que seguía andando de acá para allá mirando el suelo—, porque no hemos sido solo nosotros en pensar que puede haber algún secuestrador rondando por ahí. Según lo que me ha estado diciendo mi madre, lo único que tienen en común los niños es que una noche conseguían salir de sus casas, por la puerta, por las ventanas, por el garaje, por donde sea. — Se le notaba en la cara que ella también estaba confundida con su propio relato—. El punto es que las cámaras de las casas, lo que han visto es a los niños, asustados, que echan a correr sin más.
—Ya veo…— no sabía muy bien lo que decir, era todo muy raro y lo único que se me ocurría era ir a buscar por ahí.
—Oye, pero y si ha habido tantas desapariciones… ¿Por qué la policía no está aquí siempre? En plan… Vigilando y tal— Víctor decía siempre muchas tonterías, pero esta no era una de ellas. Desde aproximadamente el mes de febrero no había visto ninguna otra expedición policial por el pueblo. Teníamos demasiadas preguntas y pocas respuestas.
—Los casos se cierran nada más abrirse, los dan por muertos desde la segunda noche que pasan fuera— saltó Lucas de repente. Su padre David trabajaba para la policía local, no tocaba este tipo de casos ni de lejos, pero se enteraba de cosas de vez en cuando.
—¿Y tú como sabes eso? — Angie sabía que David jamás le contaba nada a sus hijos, y menos de este tema.
—Escuché a mamá Rosa preguntarle por eso a David desde la cocina ayer, no escuché del todo bien, pero, por lo que oí, creo que fue eso lo que dijeron…— lagrimas asomaban los ojos de Lucas, aunque no llegaban a caer — Supongo que cada vez pierden las esperanzas más rápido…
Angie siempre estaba preparada para acompañarlo en el duelo, sabía que Miguel había muerto, pero, aunque no lo podía decir en voz alta, Lucas lo sentía en alguna parte de su corazón. Se abrazaron fugazmente como para recomponer el ánimo de Lucas.
—También tengo otra cosa que deciros…
Todos abrimos mucho los ojos irritados por la pausa suspensiva de nuestro amigo.
—Hace pocas semanas desaparecieron dos niños más, uno de seis y otro de nueve.
—¿¡De nueve!? — gritamos todos al unísono.
—Esto sí que es nuevo… ¿Cómo es que en este micro pueblo nunca nos enteramos de nada?
—Porque nadie nos cuenta una mierda, Víctor, por eso es…— Angie rodó los ojos, siendo realista ella era la mejor. — Pero ¿Cuántos niños han desaparecido ya?
—Puees… según los que sabemos, Miguel, el hijo de Marta, estos dos nuevos niños y creo que tres niños de tres años, dos de cuatro y otros dos de seis. — pensó Víctor en voz alta.
—¿Once niños y solo sabíamos sobre uno hasta hace una semana? Esto es alucinante, mira que es difícil que nos enteremos de lo que pasa en el instituto, pero ¿fuera?
—¿Y si no es una coincidencia?
—Víctor, siempre estás con lo mismo, no existe ninguna conspiración, ni ningún plan del gobierno, lo que pasa es que somos unos marginados a los que nadie quiere contar nada y encima nuestros padres nos sobreprotegen ocultándonos información… Bueno… Os sobreprotegen.
—Da igual lo que sea, tenemos que encontrar a mi sobrino y me da igual que todo el mundo esté en nuestra contra porque yo voy a ir a buscarlo y punto.
—Vale, a ver, ¿qué podemos hacer ahora? Tenemos que seguir buscando ¿no? Vosotros habéis encontrado cosas bastante raras en la antigua generadora, a lo mejor si vamos a algún otro sitio de esos encontremos más cosas… del estilo.
—Casi me muero en la generadora, Víctor.
—No, pero, no es mala idea. Solo que tenemos que ir más preparados y todos juntos. —Pocas veces Angie le daba la razón a Víctor.
—¿Y dónde se supone que vamos ahora? Medio pueblo está abandonado. — Lucas tenía razón, no sabemos muy bien desde cuando existe el pueblo, pero desde 1800 seguro.
—Emmm… el… emm… la fábrica ¿a lo mejor? La abandonada, la que está al lado del río.
—Víctor hoy estás que te sales, eh, a mí me parece bien— si Angie apoyaba la idea es que el trato estaba hecho.
—Vamos a la tienda de bricolaje del señor Olivera, estará abierta ahora con toda la movida de lo del apagón.
Mientras rodábamos con las bicis hasta la tienda me puse al lado de Angie, dejando a los chicos ir haciendo el mono delante con la música con el volumen a tope en el walkman.
—Sobre la generadora no has dicho nada.
—No tengo nada que decir.
—¿No te parece raro que, teniendo la nueva generadora, todavía usen la antigua para generar o distribuir, no estoy segura, la electricidad de todo el pueblo?
—No lo sé Angie.
—Yo qué sé, tía, es que no me cuadra— hizo una pausa mientras miraba sus manos al volante— todos los cables seguían ahí, no funcionaban, pero de alguna forma… no sé, seguían repartiendo corriente.
—Ya… ¿a qué te refieres exactamente?
—Aunque el cableado esté muerto, las conexiones siguen ahí… no se lo digas, pero a lo mejor Víctor tiene algo de razón. No puede ser todo una coincidencia.
Sus palabras me dejaron pensando por un momento, pero cuando me di cuenta ya estábamos en la puerta de la tienda.
La tienda olía a hierro caliente y madera cortada, no tenía ni una luz encendida, pero con lo que entraba por las ventanas era suficiente. Angie fue directamente al pasillo de las herramientas mientras Lucas y yo nos dimos un rodeo más para ver lo que había, Víctor se había quedado fuera con las bicis.
—Tenazas— Angie le dio las tijeras enormes a Lucas justo cuando pasó por allí —mira, y cuerdas, toma— Lucas cargó con todo dispuesto a ir al mostrador hasta que aparecí por la misma esquina por la que iba a girar.
—Chicos… no miréis, esperaros un rato.
—¿Qué pasa?
—Está Alberto…
Alberto era uno de los mejores amigos de Bruno, estaba pagando por unos clavos y martillos, seguramente se los habría pedido su padre o algo así, porque si no, ¿qué iba a hacer con clavos y un martillo?
—¿Esas tenazas? Mejor unas más grandes ¿no? — Víctor había entrado en el peor de los momentos posibles, y encima había hablado demasiado alto porque hasta la señora del fondo que se dedicaba a mirar macetas se giró a vernos.
—Vaya ¿qué tenemos por aquí? — Alberto, obviamente, nos había escuchado y se estaba asomando por la estantería. —¿A dónde vais con tanto cacharro? — añadió, fingiendo curiosidad.
—No es asunto tuyo. — Angie se adelantó, ignorando que estaba ahí, pero él se interpuso en su camino apropósito.
—Nunca lo es ¿verdad empollona?
—Alberto, déjanos en paz, somo cuatro y tú eres solo uno. — Lucas hacía lo que mejor se le daba: alterar a los abusones.
—Ya veo… Pues ya nos veremos entonces.
Pagamos rápido y nos fuimos, cogimos las bicis que Víctor había dejado tiradas fuera y nos dirigimos a nuestro próximo destino.
Cuando llegamos a la fábrica eran las doce de la mañana, el sol taladraba desde un ángulo casi indecente y llegamos todos sudados a nuestro objetivo.
El edificio se alzaba junto al río. Ladrillos rojos ennegrecidos por el tiempo, ventanas rotas cubiertas con tablones mal clavados y una chimenea enorme que parecía señalar el cielo. El agua corría cerca, constante, haciendo más difícil distinguir cualquier otro sonido.
—No me gusta nada este sitio —murmuró Víctor, apagando el walkman que colgaba de su pantalón.
—A mí tampoco —admití—, pero no me están gustando ninguno de los sitios a los que vamos últimamente.
Lucas ya estaba inspeccionando la verja lateral. Oxidada, torcida en varios puntos. Las tenazas parecían ridículamente grandes en sus manos, como si estuviéramos jugando a algo para lo que ninguno estaba preparado.
—Por aquí —dijo—. Si cortamos este alambre…
El metal chirrió cuando apretó las tenazas. El sonido me atravesó los oídos como un grito. Miré alrededor por puro reflejo, esperando ver a alguien salir del otro lado del río.
Nada, por suerte.
Angie fue la primera en colarse por el hueco.
—Rápido —susurró—. Antes de que alguien nos vea.
Entramos uno a uno. En la parte delantera de la fabrica había un camino sin asfaltar y lleno de hierbajos secos por el sol del verano.
—Vale… —dije—. ¿Y ahora q-
Un golpe seco resonó detrás de nosotros.
—¿Qué…?
—¡Eh! —gritó Víctor—. ¡Oye!
Las risas llegaron antes que las caras.
Bruno apareció entre las sombras del lateral, apoyándose contra la verja como si aquello fuera un espectáculo preparado solo para él. A su lado, Alberto. Detrás, dos chicos más del instituto. Raquel se adelantó un poco, flanqueada por otras dos chicas que siempre iban con ella, que tenían esa misma expresión de diversión anticipada.
—Vaya, vaya —dijo Bruno—. Si son los exploradores.
Sentí cómo el estómago se me encogía.
—¿Qué queréis? —preguntó Angie, firme, aunque su voz sonó más tensa de lo que ella habría querido.
—Ver qué hacéis —respondió Raquel—. Y asegurarnos de que no os hacéis daño.
Las risas volvieron a estallar.
—Marchaos ya —dijo Lucas, avanzando un paso—. No tiene gracia.
Bruno ladeó la cabeza.
—¿Quién ha dicho que estemos de broma?
Uno de los chicos saltó la verja por el lateral, cayendo mal, pero recuperando el equilibrio al instante. El otro hizo lo mismo por el otro lado. Antes de que pudiera reaccionar, Alberto me agarró del brazo con fuerza y me empujó hacia atrás.
—¡Suéltala imbécil! —gritó Angie intentando alcanzarme, pero Raquel y una de las chicas, la pelirroja, la sujetaron de los brazos.
Tropecé con algo y caí de espaldas contra el suelo. El aire se me escapó de los pulmones en un jadeo seco. Vi el cielo girar un segundo antes de que una sombra se colocara encima de mí.
—Quietecita —dijo Alberto. Le intenté patear, pero me sujetó las piernas. Me dolieron las heridas de las rodillas que aún no se habían curado.
Lucas se lanzó contra Bruno sin pensarlo, empujándolo por los hombros. Bruno trastabilló, pero los otros dos chicos respondieron con puñetazos directos al estómago que hicieron que Lucas se doblara sobre sí mismo.
Víctor agarró las tenazas y las levantó como si fueran un arma.
—¡Eh! ¡Atrás!
Uno de los chicos se rió y le lanzó una pedazo de patada que hizo que las tenazas salieran volando y chocaran con la valla con un ruido metálico. Eso sí, se quedó medio cojo un rato.
Angie consiguió soltarse y empujó a Raquel con ambas manos, haciéndola caer de culo sobre unas cajas viejas. Pero la chica pelirroja la agarró del pelo por detrás y tiró con fuerza.
—¡Suéltala! —grité, intentando, otra vez, incorporarme. Era increíble lo inútil que estaba siendo en esta situación. Antes de que pudiera, alguien me pisó la muñeca.
—¡Ah! —grité, intentando zafarme.
—Uy, perdón —dijo la otra chica, sin moverse—. No te había visto ahí tirada.
Raquel se levantó y se acercó a mi inclinándose un poco para mirarme mejor, con esa sonrisa suya que parecía hecha solo para humillar.
—Siempre chupando el suelo, ¿eh? Así os va.
Intenté agarrarle el tobillo, pero retiró el pie justo a tiempo y me dio una patada corta en el costado. No fue fuerte, pero sí precisa. Me dejó sin aire.
El golpe en las costillas me devolvió al punto de inicio. Sentí el dolor expandirse y el miedo crecer, denso, pegajoso.
Todo era ruido. Pisadas, respiraciones agitadas, golpes secos contra carne y metal. Gritos ahogados. El río seguía sonando cerca, indiferente.
—¡Raquel! —gritó Angie mientras le metía los dedos en los ojos a la pelirroja para luego lanzarse hacia ella. Aunque no llegó.
La otra chica se interpuso y empujó a Angie de una patada. Angie chocó con fuerza contra la pared de la fábrica, pero reaccionó rápido, devolviéndole el empujón con la misma fuerza. Las dos perdieron el equilibrio y cayeron sobre un montón de tablones viejos.
—¡Quítate! —gruñó Angie, forcejeando.
—Mira qué valiente —se burló la chica, tirándole del cuello de la camisa.
Víctor recibió un puñetazo en la cara que le hizo caer de rodillas. Aun así, consiguió levantarse y empujar a su agresor. El chico chocó con la pared y se quedó sin aire durante un segundo.
Lucas consiguió incorporarse justo a tiempo para recibir otro golpe de Bruno, esta vez directo a la mandíbula. Sonó seco. Lucas cayó de rodillas, escupiendo sangre.
—¡Hijo de puta! —grité, sin pensar.
Alberto volvió a agarrarme del brazo, esta vez tirando de mí hacia arriba.
—Relájate, Camila —dijo, demasiado cerca—. Solo estamos jugando.
Le mordí en la mano con todas mis fuerzas. Chilló y me soltó de golpe.
—¡Joder!
Aproveché para empujarlo. No se cayó, pero retrocedió lo suficiente para que pudiera ponerme de pie, aunque me temblaban las piernas.
Víctor apareció a mi lado, con la nariz sangrando y una sonrisa absurda.
—Vale —dijo—. Esto oficialmente no estaba en el plan.
—¡Víctor, cuidado! —le grité.
Demasiado tarde.
Uno de los chicos le lanzó un puñetazo que Víctor esquivó de puro milagro, tropezando hacia atrás.
—¡Eh! —protestó—. Esto es patrimonio industrial… o algo así.
Nadie se rió. Bueno… uno de los abusones sí.
Los dos abusones habían cogido por los brazos a Lucas y lo estaban arrastrando hacia la valla, pero por suerte, recuperó un poco de sus fuerzas y consiguió, de un tirón seco, quitarse a los dos chavales de encima. Se levantó lo más rápido posible y le dio una patada en la entrepierna al que más cerca tenía, que cayó al suelo inmóvil. El otro al ver la escena le dio otro puñetazo, ahora en el estómago, que lo dejó tumbado.
Angie consiguió zafarse y le dio un rodillazo a la chica que la sujetaba. La otra respondió tirándole del pelo con fuerza, haciéndola gritar.
—¡Suéltame! —chilló Angie, dando manotazos a ciegas.
Me lancé hacia ellas sin pensar. Agarré a la chica por la sudadera y tiré con todas mis fuerzas. Las tres acabamos en el suelo, rodando entre polvo y astillas.
Raquel se acercó y me dio una patada en la espalda.
—Siempre metiéndote donde no te llaman.
Me giré como pude y le di un empujón que la hizo perder el equilibrio.
No fue gran cosa, pero bastó para que se enfadara.
—Ah, ¿sí?
Se abalanzó sobre mí. Sentí su peso, su codo clavándose en mi hombro, sus manos intentando inmovilizarme.
—Para —jadeé—. ¡Para ya!
—¿Ahora suplicas? —susurró.
De repente, Raquel salió despedida hacia un lado.
Lucas, todavía tambaleándose, la había empujado con el cuerpo.
—No la toques —dijo, con la voz rota pero firme.
Bruno reaccionó al instante, agarrándolo del cuello de la sudadera y estrellándolo contra la pared.
—¿Te crees un héroe? Eh, pulgarcito.
Víctor volvió a levantarse, esta vez con una barra metálica que había encontrado en el suelo.
—Eh —dijo—. Nivel dos desbloqueado.
La levantó, amenazante. Nadie avanzó durante un segundo.
—No sabes usar eso —se burló uno de los chicos.
—Correcto —respondió Víctor. Eso nos dio unos segundos.
—¡Corre! —le gritó Víctor a Angie—. ¡Dentro!
No sé quién abrió la puerta, pero de repente estábamos retrocediendo hacia el interior de la fábrica, tropezando con restos de maquinaria y escombros.
El interior olía a humedad, a óxido y a algo más rancio, como si el aire llevara años sin moverse del todo. La luz entraba en haces oblicuos por los ventanales rotos, iluminando partículas de polvo que flotaban como insectos suspendidos.
—¡Dentro! —volvió a gritar—. ¡Ahora!
Y entonces todos nos precipitamos hacia el interior, hacia la puerta, hacia el ruido metálico, hacia la oscuridad. Bruno fue el último en entrar. Nos miró con una sonrisa torcida mientras los demás nos empujaban más hacia dentro.
Víctor apretó la barra con ambas manos. Le temblaban los brazos, pero no bajó el arma. La sangre le seguía cayendo de la nariz y se la limpió con el dorso de la mano, dejando una mancha oscura en su brazo.
—Os lo digo en serio —dijo, respirando fuerte—. No os acerquéis.
Bruno soltó una carcajada corta.
—Míralo —dijo—. El payaso ahora va de duro.
Uno de los chicos dio un paso adelante, confiado.
—Venga, tío —añadió—. ¿Qué vas a hacer? ¿Pegarnos con un palo?
Víctor no respondió.
El chico dio otro paso más.
Yo vi cómo Víctor cerraba los ojos un segundo. Solo uno. Como si tomara aire antes de tirarse a una piscina sin saber si había agua.
Luego levantó la barra y la descargó con todas sus fuerzas.
El golpe sonó hueco, metálico, seco.
Le dio en la cabeza, suficiente como para hacerle una brecha en el pómulo.
—¡JODER! —gritó el chico, cayendo de rodillas y llevándose la mano a la cara—. ¡Me ha dado! ¡Ese gilipollas me ha dado!
Todo se congeló durante un segundo.
El chico gemía en el suelo, encogido. La barra había salido despedida y rodado por el suelo hasta chocar con una pared.
Víctor se quedó inmóvil, mirando lo que había hecho, tan sorprendido como los demás.
—Yo… —empezó a decir—. Yo no quería…
—¡Estás loco! —chilló la chica morena, retrocediendo—. ¡Estás puto loco!
Raquel dejó de sonreír.
Bruno también dio un paso atrás, casi sin darse cuenta. Su mirada fue del chico en el suelo a Víctor… y luego a nosotros. A los cuatro. Sudados, magullados, pero juntos.
—Vale —dijo Bruno, levantando una mano—. Vale, vale.
Pero ya no sonaba seguro.
—Esto ya no mola —añadió Alberto, mirando a Víctor con algo que se parecía demasiado al miedo—. Tío, vámonos.
—No —dijo Bruno de pronto, con voz baja—. No nos vamos.
Se giró hacia la puerta de la fábrica.
—Se quedan aquí.
Raquel lo miró, dudando un segundo… y luego asintió.
—Sí —afirmó—. Mejor así.
Víctor retrocedió un paso hasta colocarse casi delante de mí y de Angie.
—No os acerquéis —repitió, esta vez sin temblar—. No me importaría volver a hacerlo.
El silencio volvió a caer, pesado.
Y fue entonces cuando atacaron de verdad.
—¿No queríais investigar? —dijo—. Pues investigad.
La puerta se cerró de golpe.
El sonido del cerrojo deslizándose fue lo peor. Más que los golpes. Más que el dolor.
Golpeamos la puerta. Gritamos. Lucas intentó forzarla con el hombro, pero estaba cerrada desde fuera.
—¡Abrid! —gritó Angie—. ¡Estáis locos!
Las risas se oyeron al otro lado.
—Disfrutad del sitio —dijo Raquel—. Igual encontráis lo que buscáis.
Sus pasos se alejaron.
Nos quedamos allí, respirando con dificultad, rodeados de sombras, con el cuerpo dolorido, sudorosos, manchados de sangre y con el miedo creciendo.
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