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18 de agosto de 2026

De donde nadie vuelve - CAPÍTULO 11

—¿Estáis todos bien? — preguntó Lucas apresurado.

—Sí, sí, estamos todos enteros. —Angie se miró el cuerpo, giró la cabeza más rápido de lo que debería. —¡Tío! ¡Qué pasada!

Víctor sonrió de medio lado abriendo los brazos como diciendo “¿has visto?”, la verdad es que, aunque estábamos ahí encerrados, estábamos bien y juntos. 

—Tenemos que salir de aquí. — Lucas empezó a mirar hacia las ventanas, estaban altas, aproximadamente a unos dos metros y medio, y además eran enanas, aunque muchas. Si pensaba salir por alguna de ellas se equivocaba.

Mientras mis amigos buscaban cómo salir, yo me fui a mirar un poco lo que había dentro de la enorme fábrica, al fin y al cabo, habíamos ido a eso.

Hacía mucho calor ahí dentro, la madera del suelo estaba desgastada y de las paredes se desprendía el papel decorativo desde hace como mil años. Estaban colocadas en fila un montón de maquinaria clavadas al suelo, de hierro oxidado, que le daba al ambiente un olor muy característico. Al final de la larga estancia en la que nos encontrábamos había tres puertas, a la izquierda, un servicio, pequeño, con el espejo roto y el lavamanos lleno de musgo, oxido y una capa de polvo del año de mi abuela. A la derecha un almacén enano, con lo que seguramente habían sido baldas pero que ahora se encontraban en el suelo hechas trizas.

La puerta principal tenía el cerradero y el picaporte rotos, al cruzarla había un haul, bastante bonito para estar cayéndose a cachos, llevaba a unas escaleras, esta vez metálicas, si eran de matera esta vez no me subía.

Quise mirar hacia la parte de arriba de las escaleras, pero solo se veía el techo. Al otro lado había otra fila de escaleras, esta vez hacia abajo. ¿Qué podría pasar si bajaba? Sinceramente no pensé mucho a la hora de tomar esa decisión, simplemente empecé a bajar.

Mientras tanto Víctor había visto desde una pequeña grieta en la pared que la mochila de Angie estaba muy cerca de la puerta, a lo mejor con un palo o algo podrían alcanzarla desde una de esas ventanas.

—¿Y cómo se supone que vas a subir hasta ahí? — dijo Angie sin muchas esperanzas.

—Podemos buscar algo con lo que subirnos —Víctor empezó a buscar por la zona algo lo suficientemente alto y en buen estado para subirse, pero nada.

—Súbete a mis hombros.

—¿Qué? —la propuesta de Lucas había confundido a Víctor, él era alto, pero no tanto.

—Si tú te subes a mis hombros y Angie a los tuyos podremos mirar por la ventana.

—Sí y ¿Cómo vamos a coger la mochila? 

Lucas se quedó mirando el suelo durante un momento, Víctor y Angie se miraron, esperando a que dijese algo. De un momento a otro se quitó la camiseta, dejando ver todas las pecas de su espalda, y el cinturón y los ató juntos, mis amigos se quedaron boquiabiertos y sin saber muy bien lo que estaba haciendo. 

—Venga, dadme vuestras camisetas, si las atamos y ponemos el gancho este del cinturón a lo mejor podemos coger la mochila desde fuera.

—Pero ¿estás seguro? No sé si con un cinturón vamos a poder coger una mochila que pesa. —Víctor parecía ser el más realista de los tres, pero aun así se quitó la camisa.

—Yo no estoy segura de esto…

—Venga Angie, que no enseñas nada nuevo.

—¡Víctor! — en realidad tenía razón, hace dos veranos fuimos todos juntos a donde comienza el río que pasa por el pueblo para darnos un chapuzón y a Angie se le desató el bañador, por suerte nadie extraño vio esa escena, Lucas estaba más rojo aún que Angie y Víctor no dejaba de reírse.

Al final aceptó y ataron las tres camisetas al cinturón de Lucas e intentaron subirse unos a otros a ver si conseguían su objetivo.

Lo intentaron una primera vez y fue un desastre.

Lucas se colocó debajo de la ventana con los pies bien separados, flexionando las rodillas como si supiera lo que estaba haciendo. Víctor apoyó las manos en sus hombros y trató de impulsarse, pero el dolor que tenía entre las costillas le atravesó el cuerpo como un calambre y se quedó a medio camino, resbalando torpemente.

—¡Joder! — gruñó al caer de nuevo al suelo, llevándose la mano al costado.

—¿Te has hecho daño? — preguntó Angie, acercándose a él con cuidado.

—No más del que ya tenía, pero estoy bien — respondió, forzando una sonrisa que no engañaba a nadie.

—Dale Víctor, tú puedes. —Lucas respiró hondo, apretó la mandíbula y volvió a agacharse un poco más.

—Esta vez sube más despacio.

La segunda tentativa fue peor. Víctor consiguió apoyar un pie en el muslo de Lucas mientras se agarraba de sus hombros, pero este cedió ligeramente por el peso que se apoyada en el golpe que tenía en la pierna. Los dos perdieron el equilibrio y acabaron chocando con una de las máquinas oxidadas que estaba ahí cerca, arrancando un ruido metálico que resonó por toda la nave.

—Como vengan otra vez esos imbéciles, estamos muertos — murmuró Angie en voz baja.

—Pues date prisa — respondió Lucas sin mirarla, volviendo a colocarse.

—He tenido un ideón— exclamó Víctor mientras Angie y Lucas se sacaban la lengua como niños pequeños.

—Ven Lucas, si me subo a esta cosa va a ser más fácil subirme a tus hombros, y para Angie también.

Era una buena idea, peligrosa, pero buena. Ambos le hicieron caso, cosa que no era muy habitual, y consiguieron, por fin, que Víctor se sentase en los hombros de Lucas.

—¡Eh, ten cuidado, que veo estrellas! — protestó Lucas. Estábamos todos hechos polvo, pero era muchísimo más importante salir de ahí. Ya sé que yo no estaba aportando mucho, pero tampoco hice demasiada falta.

—No te muevas o me parto la cara contra el suelo — replicó Víctor.

Angie respiró hondo antes de subir. Le temblaban los brazos, los codos los tenía llenos de moratones recientes y la sensación constante de que en cualquier momento la torre humana que acababan de crear se vendría abajo. Aun así, logró sentarse ella también en los hombros de Víctor y se estiró como pudo.

—No mires abajo — dijo él, con la voz tensa.

—No pienso mirar a ningún sitio que no sea esa maldita ventana.

El conjunto era ridículo: Lucas abajo, rojo como un tomate y apretando los dientes, supongo que había sido la adrenalina porque ni en sueños él podría con los dos un día normal; Víctor en medio, doblado por el peso y el dolor; Angie arriba, con la ventana a la altura de sus ojos, estaba ya rota y sentía el aire cálido que le daba en la coronilla.

—Ya estoy — dijo, casi sin voz.

Empujó las camisetas atadas hacia fuera con cuidado, dejándolas colgar por el otro lado. El cinturón chocó con la pared varias veces.

—Esto no funciona — dijo lo suficientemente alto como para que Lucas la escuchase —. No engancha nada.

Devolvió la cuerda improvisada otra vez y, torturando un poco más a los chicos, se sacó una goma de pelo de la muñeca con los dientes y empezó a atarla a la hebilla lo más fuerte que pudo, para que estuviese más rígida.

Volvió a echar las camisetas por la ventana, con cuidado.

Entonces me asomé para ver que estaban haciendo.

Me quedé parada a unos metros, con la boca abierta, mirando aquella torre humana absurda, sudada, medio desnuda y claramente al borde del colapso.

—¿Pero qué coño estáis haciendo? — pregunté… y luego me eché a reír.

No pude evitarlo. Me doblé un poco hacia delante, llevándome la mano a la boca, riéndome en silencio primero y luego ya sin ningún tipo de control.

—Cami, este no es el momento — gruñó Víctor.

—Lo siento, lo siento — dije entre risas —, pero parecéis… no sé… un experimento fallido, en plan un mutante sudoroso de seis brazos.

—Que asco, Cami…— Angie seguía concentrada en su objetivo, pero no pudo evitar imaginarse lo que le acababa de ilustrar.

A pesar de todo, Angie consiguió enganchar la mochila con el cinturón. Tardaron varios intentos, ajustando el ángulo, tirando muy despacio. Yo me quedé al lado de Lucas, intentando ayudar con el peso de nuestros amigos, porque un poco más y le estallaba una vena.

—Vale, vale, ya la tengo — dijo ella.

La mochila empezó a elevarse, rozando la pared. Estaba mal cerrada, a nuestro pesar.

Primero cayó una libreta.

Luego el estuche.

Después unas llaves que rebotaron en el suelo con un tintineo seco.

—¡No puedo más! — gritó Víctor, ya temblando.

El walkie-talkie quedó colgando un segundo, a pocos centímetros de la ventana, enganchado por la antena en la mochila, balanceándose en el aire… pero, milagrosamente, no cayó.

Cuando Angie por fin logró meter la mochila dentro, me la lanzó para que ella pudiese bajar. Fue con cuidado, luego Víctor, y al final Lucas se dejó caer sentado en el suelo, jadeando.

—Nunca más — dijo —. Nunca más hago de escalera humana. Y menos si soy el de abajo.

Sin perder tiempo, saqué el walkie-talkie y empecé a llamar desesperadamente. A la nada, porque yo sabía que nadie iba a coger mi walkie, el de Angie era este y el de Víctor estaría en su casa, pero a estas horas estaba vacía.

—¿Hola? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Nada.

—¿Papá? ¿Mamá? ¿Policía? — probó Víctor arrancándomelo de las manos, con la voz como si hubiera corrido una maratón.

Silencio.

Durante unos segundos nadie habló. El calor, el miedo, el cansancio… todo pesaba demasiado.

—No funciona — susurró Angie.

—¡No funciona! — gritó Víctor, desesperado, mientras se levantaba y empezaba a caminar en círculos.

—Nos vamos a morir aquí. Una persona no aguanta ni una semana sin agua. Estamos perdidos…

Le di una torta. A ver si recapacitaba.

—Víctor, céntrate, vamos a salir de aquí, nuestros padres nos van a venir a buscar, deja ya de llorar que me pones de los nervios.

Justo entonces, el aparato emitió un chasquido.

—¿Lucas? — se oyó al otro lado, una voz familiar, aunque metalizada.

Lucas levantó la cabeza de golpe.

—¿Javi? — dijo, incrédulo.

—¿Dónde cojones estás? — respondió la voz de su hermano.

—Es una historia muy larga y te prometo que te lo voy a contar todo, pero ahora ven ahora mismo a la fábrica del río.

—¿La que está abandonada? 

—Sí, sí, ahí, y ven rápido que me estoy quedando sin aire. — Víctor le había arrancado el walkie a Lucas y estaba delirando.

—¿Ese es Víctor?

Esto se estaba volviendo demasiado largo y necesitábamos salir ya de ahí así que intenté coger el mando del asunto.

—Javier, estamos los cuatro, Bruno nos ha encerrado y aquí nos estamos asando, ven cagando leches.

Al parecer entendió mejor mi mensaje que cualquiera de los que estábamos ahí.

—Vale, ya voy.

Dejé el walkie a un lado y me tiré en el suelo polvoriento, Víctor hizo lo mismo y nos siguió Lucas y Angie al final. Estábamos todos tirados en el suelo, la sangre se nos había secado y, aunque algunas heridas seguían abiertas, ya no sentíamos el mismo dolor que antes.

Estábamos exhaustos y lo único que queríamos era ir a comer a casa ya, era tarde y yo le había dicho a mamá que comía en casa.

Estábamos en silencio, escuchando nuestras respiraciones, ya tranquilas. Yo le había quitado importancia a lo que había visto por todo lo que estaban haciendo mis amigos, pero de pronto me acordé. Me senté de golpe con cara de sorpresa y eso pareció alarmar a Angie que súbitamente se incorporó también.

—¿Qué pasa? No me asustes.

—Se me ha olvidado decíroslo. Tenéis que venir conmigo.

Me levanté de un salto y me dirigí otra vez a la puerta rota del final de la fábrica.

—Venid, venga.

Angie se levantó, despacio, y Lucas, al ver que nos movíamos también se levantó.

Víctor se quedó tumbado un momento, pero, aunque fuese de día, le empezó a dar angustia quedarse solo ahí, asique se levantó también y nos siguió a la carrera.

Bajamos las escaleras de la derecha, estaba todo oscuro, pero yo sabía lo que había visto.

—¿Esto que es? — preguntó Lucas. Teníamos los ojos demasiado acostumbrados a la luz de arriba como para conseguir ver algo aquí abajo.

—Creo que un sótano. 

—O un despacho. —Víctor había entrado con nosotros y estaba toqueteando algo por ahí. Yo aún no lograba distinguir muy bien lo que estaba haciendo, pero mientras estábamos más tiempo abajo, más me daba cuenta.

Víctor estaba al lado de un escritorio, tocando unos papeles que había por ahí, nadie sabía que ponía, tendríamos que subirlos como para saberlo, así que simplemente los dejó en la mesa otra vez y me empezó a prestar atención a mí.

Empecé a buscar donde yo creía que había visto eso antes, pero no conseguía ubicarlo del todo.

—Aquí no hay nada. —dijo Lucas.

—Que sí, que estaba aquí, pero, joder, con las prisas ya no sé dónde estaba.

Ya nos habíamos acostumbrado todos a esa poca luz del entorno y, aunque no se distinguiesen bien los colores, los objetos ya tenían forma.

Miré hacia los lados y lo vi, por fin. Unas telas que no pintaban nada con el ambiente en el que estábamos. La cogí con dos deditos, por precaución, y vi que debajo había algo más, un zapatito.

—Es esto, mirad, vamos para afuera a que os lo enseñe.

Todos me hicieron caso, subimos y analizamos más detenidamente lo que acababa de encontrar.

—Es ropa. —comentó Víctor, Don Obvio.

—Ropa de niño. —aclaré. —A lo mejor alguno de los niños perdidos se escondió aquí durante un tiempo para ¿esconderse? A lo mejor.

Lucas estaba serio, esa no era ropa de su sobrino, pero aun así nos acercaba un poco a nuestro objetivo.

—Vamos a ver, si los niños salen solos de sus casas y se esconden por ahí, a lo mejor es porque alguien les persigue, si el niño no sigue aquí es, o porque lo han pillado, o porque se ha ido a esconder a otro lugar, cerca, supongo. — Angie intentó mirar hacia las ventanas, por si veía alguna por la que se pudiese escapar, pero nada.

De repente sonó otra vez el walkie-talkie.

—Ya estoy aquí, ¿Dónde estáis?

Víctor se abalanzó hacia el walkie para responder lo más rápido posible.

—Estamos dentro, donde están nuestras mochilas tiradas. Coje las tenazas de mi mochila para abrir la puerta.

De un momento a otro se escuchó cómo se apartaba algo de la puerta y con fuerza, los cuatro pudimos derribar lo que nos impedía salir. Javier había quitado el tablón de madera que habían enganchado en la puerta y había roto el candado que nos imposibilitaba salir de cualquier manera.

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