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20 de octubre de 2026

De donde nadie vuelve - CAPÍTULO 20

—Venga —dijo Angie—. 1963.

Y esta vez nadie se distrajo.

El cajón estaba más al fondo, como si los años más antiguos pesaran más también en el metal. Lucas lo sacó con cuidado, sin bromas, y el chirrido breve de los rieles sonó demasiado alto en el archivo silencioso antes de quedar suspendido frente a nosotros.

—Verano —indicó Angie—. Empieza por junio.

Nos distribuimos alrededor de la mesa sin dispersarnos, sin chistes, incluso Javi se apoyó serio, cruzando los brazos mientras Lucas sostenía la linterna con firmeza y pasaba la primera portada.

Junio de 1963.

Fiestas patronales. Una mejora en la carretera comarcal. Un anuncio de venta de ganado.

Y entonces, en la parte inferior derecha, un recuadro.

Pequeño. Encajado entre anuncios.

Lucas se detuvo.

—Espera.

Giró el periódico hacia nosotros.

La fotografía era la misma que habíamos visto el otro día en el cartel de la fábrica.

“SE BUSCA

¿Has visto a este niño?

Francisco Manuel García Martín

Tiene cuatro años, mide 1,02 metros y tiene el pelo rubio oscuro.

La última vez que se le ha visto ha sido en su casa:

Calle del Olmo Viejo 37

Fecha de desaparición: 4/6/1963”

Nadie habló durante unos segundos.

No eran seis ni siete años.

Eran cuatro.

Cuatro.

—Es el mismo —murmuró Clara.

Sentí algo frío en el estómago, no miedo exactamente sino esa sensación extraña que aparece cuando algo deja de ser una historia vieja y empieza a tener coordenadas precisas.

Lucas pasó la página.

Julio.

El mismo recuadro, esta vez más arriba, más visible.

“Se ruega colaboración vecinal.”

Agosto.

“La investigación continúa.”

Septiembre.

“Sin novedades.”

—Lo estaban moviendo de sitio —dijo Angie en voz baja—. Como para que nadie pudiera ignorarlo.

Octubre.

Noviembre.

Diciembre.

El rostro del pequeño Francisco Manuel se repetía mes tras mes, siempre igual de quieto, siempre con esa expresión que no parecía comprender por qué tenía que estar mirando a cámara.

—No lo encontraron —dijo Javi.

No era una pregunta.

Lucas negó lentamente.

—Si lo hubieran encontrado, habría una nota. Un cierre. Algo.

Pasamos a enero de 1964.

Nada.

Ni recuadro.

Ni actualización.

Ni explicación.

Simplemente dejó de aparecer.

—Desaparece el niño y desaparece la noticia —murmuró Angie.

—O dejaron de publicarlo —dijo Javi.

—Es lo mismo —respondió Lucas sin apartar la vista del papel.

Yo seguía leyendo la dirección.

Calle del Olmo Viejo 37.

La fecha.

4 de junio de 1963.

—El cartel dice que la última vez se le vio en su casa —dije despacio—. Ni en el bosque. Ni en la plaza. En su casa.

—Del Olmo Viejo está cerca del bosque—añadió Víctor, esta vez sin tono burlón.

Lucas levantó la vista hacia mí y no parecía sorprendido, sino confirmando algo que llevaba rato ordenando en su cabeza.

—Cuatro años —repitió—. Desaparece en su propia casa y nadie vuelve a escribir nada.

El archivo parecía más estrecho de repente, como si las estanterías se hubieran acercado unos centímetros.

—Podemos ir —dije.

Nadie preguntó a dónde.

Hubo un silencio distinto esta vez, no como los anteriores, sino más tenso, más consciente.

Lucas cerró el tomo con cuidado.

Demasiado cuidado.

—Vamos a ir —dijo.

No sonó como una idea.

Sonó como el inicio de algo que no iba a poder deshacerse.

Y mientras la linterna seguía iluminando la cara fija del niño en la última página abierta, tuve la sensación absurda de que no éramos nosotros quienes lo estábamos mirando.

Sino al revés.

No sé cuánto tiempo llevábamos ahí abajo cuando escuché el primer ruido.

Fue leve. Un golpe seco arriba.

Todos levantamos la cabeza al mismo tiempo.

—¿Habéis oído eso? —preguntó Clara.

Lucas miró su reloj.

Y en su cara apareció algo que no me gustó nada.

—Son las tres menos cinco.

Sentí un latigazo en el estómago.

—¿Cierra a las tres? —preguntó Javi, aunque creo que ya sabía la respuesta.

—Sí —respondí demasiado rápido—. Y sin luz no creo que la vieja bruja de arriba se quede haciendo horas extra por vocación.

Otro golpe arriba. Esta vez más claro. El arrastre de algo pesado, quizá una silla.

Nos miramos. Cálculo colectivo.

Puerta principal cerrada. Biblioteca a oscuras. Nosotros oficialmente encerrados. Y ahora sin nadie que nos venga a rescatar.

—Vale —dijo Angie, bajando la voz como si la bibliotecaria pudiera oírnos a través del suelo—. Tranquilos. Devolvemos todo a su sitio, subimos y salimos como personas normales.

Lucas cerró el tomo de 1963 con un golpe más fuerte de lo que pretendía.

Empezamos a encajar los periódicos en el cajón con manos torpes; el papel crujía demasiado y el bloque no terminaba de deslizarse.

—Empuja recto —dijo Víctor.

—Estoy empujando recto —respondió Angie, tensa.

El metal chirrió de forma dramática antes de cerrar por fin.

Arriba se escucharon pasos.

Más cerca.

—Nos va a cerrar dentro —murmuró Javi, enervándose.

Lucas apagó la linterna. Oscuridad absoluta.

—No —susurró Clara—. No hagas eso.

—Si ve luz debajo de la puerta del archivo es peor —respondió él.

Tenía razón y aun así, estar allí abajo sin nada de electricidad en todo el pueblo convertía el silencio en algo mucho más espeso.

—Vale —dije—. A la de tres salimos y subimos sin correr. Sin parecer culpables. Somos estudiantes interesados en… patrimonio documental.

—Claro —murmuró Víctor—. Patrimonio ilegal.

—Uno… —empezó Angie.

—Dos…

—Tres.

Lucas abrió la puerta del archivo y salimos en bloque, chocando hombros porque nadie calculó bien el espacio en la oscuridad del pasillo. Subimos las escaleras a media velocidad, intentando no parecer sospechosos, pero tampoco quedarnos atrapados.

Al llegar a la sala principal, la biblioteca estaba ya casi recogida detrás del mostrador, guardando papeles con movimientos secos.

Giró la cabeza y nos vio. Obviamente nos vio, como para no hacerlo.

Silencio.

Tres segundos exactos en los que imaginé carnés inexistentes, llamadas a padres y discursos sobre civismo.

—¡La biblioteca cierra a las tres! —dijo, señalando su reloj de pulsera como si el tiempo fuera culpa nuestra.

Y entonces todo se volvió ridículamente menos solemne.

—¡Lo sabemos! —respondió Víctor mientras caminaba demasiado rápido hacia la puerta.

—¡Nos íbamos ya! —añadí, notando que se me estaba escapando la risa.

—¡No se puede estar en el archivo sin autorización!

—¡No estábamos! —dijo Javi, con la peor capacidad de mentir de la historia.

—¡He oído ruido!

—¡Ratas! —soltó Víctor.

Nos quedamos todos quietos un segundo.

—¡De polvo! —rectificó él.

Angie le dio un codazo.

Lucas abrió la puerta principal y salimos casi en fila desordenada, bajando los cuatro escalones de la entrada a trompicones porque nadie quería ser el último en cruzar el umbral.

—¡La próxima vez traed el carné! —gritó la bibliotecaria desde dentro.

—¡Prometido! —respondió Angie sin girarse.

Y en cuanto pisamos la calle, nos miramos.

Primero serios, pero Javi fue el primero en reírse con esa risa nerviosa que sale sola.

Víctor lo siguió.

Clara se dobló ligeramente hacia delante.

Yo intenté aguantar dos segundos más, pero fue imposible.

—Somos imbéciles —dijo Angie entre carcajadas.

—Un poco —admitió Lucas, que ya no estaba tenso.

Me apoyé en las rodillas vendadas para recuperar el aire.

—Vale —dije cuando pude hablar—. Tenemos dirección.

—Calle del Olmo Viejo 37 —repitió Clara.

—Un niño de cuatro años que desapareció en su propia casa —añadió Lucas. —¿Coincidencia? No lo creo.

—Tres mujeres señaladas por decir algo que nadie quiso detallar —sumó Angie.

—Y una comunidad que en el 75 veía brujas locas en descampados —aportó Víctor.

—Eso era otro rollo —respondimos varios a la vez.

Nos fuimos calmando poco a poco. El pueblo seguía igual que siempre, demasiado normal para todo lo que acabábamos de leer.

Lucas se enderezó.

—Primero hacemos lo que dijimos.

Todos sabíamos a qué se refería.

—Mi padre está hoy —añadió Lucas.

Hubo un silencio más adulto esta vez.

—Pero antes —dijo Víctor, llevándose la mano al estómago—. Si vamos a enfrentarnos a traumas históricos y cadáveres recientes, necesito comer.

Lucas lo miró, creí que le iba a reprochar algo, pero no, en su lugar le sonrió de verdad.

—Venid a mi casa. Comemos rápido y luego vamos.

Me gustó cómo sonó eso. La comida de Rosa estaba buenísima y, además, si pasábamos por la casa de Lucas, podría ver qué le pasa a Cristina.

Y mientras empezábamos a caminar por la calle sin electricidad, con el cielo apagándose poco a poco sobre Cernébria, pensé que lo más inquietante no era lo que habíamos leído.

Sino lo que todavía no sabíamos.

© 2026 Alicia Dirube · 
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