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21 de julio de 2026

De donde nadie vuelve - CAPÍTULO 7

Angie y Víctor salieron del instituto cuando las sombras empezaban a alargarse, tiñendo el cielo de un naranja cansado que no lograba aliviar el cansancio que llevaban encima. Las puertas se cerraron a su espalda con un golpe seco que resonó más de lo normal en el silencio de esa tarde. Angie caminaba deprisa, con los brazos cruzados contra el pecho, como si el aire se hubiera vuelto más frío de repente.

Víctor la siguió unos pasos detrás, dándole patadas distraídas a las piedrecillas que encontraba por el camino.

—No tiene sentido —dijo Angie al fin, rompiendo el silencio—. Ningún niño se levanta así, a las tres de la mañana, sale de casa llorando… y corre como si supiera exactamente a dónde va.

Víctor frunció el ceño, metiéndose las manos en los bolsillos.

—O como si algo lo estuviera llamando —añadió en voz baja—. O persiguiendo.

Angie se detuvo en seco y lo miró. La tensión de sus ojos se mezcló con el miedo y la preocupación. No cabía en su consciencia la idea de que algo así le podía ocurrir a Miguel, ni a ningún niño.

—No digas eso.

—No lo digo por asustarte —respondió él enseguida, levantando un poco las manos—. Es solo… raro. Miguel fue el primero, ¿no? Y ahora ese niño. Y otros más. Todos pequeños, solos, de noche.

Reanudaron la marcha. El pueblo parecía el mismo de siempre: persianas a medio bajar, alguna televisión encendida tras una ventana, el murmullo lejano de una radio. Y, aun así, Angie tenía la sensación incómoda de que algo se había desplazado, como si las calles ocultaran una grieta invisible.

—Mi madre no me lo contó —dijo Angie de pronto, con un hilo de voz—. Y no porque no confiara en mí. Es peor. Porque estaba demasiado ocupada.

Víctor la miró de reojo.

—Los adultos hacen eso mucho, estar ocupados es lo que hacen los mayores —señaló—. Creen que proteger es callar.

Angie soltó una risa breve, sin humor. Ella había vivido toda su vida pensando que sus padres estaban demasiado ocupados con otros niños como para centrarse en ella, al fin y al cabo sus padres siempre estaban ocupados.

—Supongo que aprendí rápido que, si quería que me tomaran en serio, tenía que hacerlo todo perfecto. No dar problemas, ni lloriquear. —Se encogió de hombros—. En clase es igual. Si saco un nueve, es “lo normal”. Si saco un ocho, es “qué decepción”.

Víctor bajó la mirada al suelo.

—A mí no me exigen nada. Solo me miran raro al abrir la boca. —Dudó un segundo—. ¿Sabes lo que más rabia me da? Que, si hablo de más, soy “el negro sin fondo” o algún insulto similar. Por eso solo hablo con vosotros, todo el tiempo, para que no me digan esas cosas, con vosotros puedo ser más libre.

Angie lo miró entonces con atención, como si lo estuviera viendo a él de verdad. Nunca habían estado a solas durante tanto tiempo y aprender el uno del otro les iba a venir bien, creo.

—No sabía que lo pasabas tan mal.

—No se lo digo a casi nadie —admitió él—. Pero… supongo que hoy toca ser sinceros.

Caminaron un rato en silencio. El aire olía a verano, a polvo caliente y a hierba seca. Angie respiró hondo.

—Si estos niños salen de casa porque tienen miedo —reflexionó—, no es un miedo normal. No puede ser por una pesadilla cualquiera.

—Es un miedo que les hace correr —añadió Víctor—. Que no les deja pensar.

Se miraron, y en esa mirada hubo algo nuevo: no complicidad alegre, sino una comprensión más profunda y seria.

—Gracias por ayudarme —declaró Angie al final—. De verdad.

Víctor sonrió, esta vez sin bromas.

—Para eso estamos, ¿no?

A lo lejos, el punto de encuentro empezaba a perfilarse entre las casas. Ambos apuraron el paso. Sabían que lo que iban a contar no iba a tranquilizar a nadie, pero también sabían que ya no estaban solos dentro de ese miedo.

—…lo que te estoy diciendo, todo se ha caído, no queda nada— estaban a punto de llegar y escucharon que un hombre le decía esto al que parecía su amigo.

Angie redujo el paso de inmediato y Víctor la imitó. La frase se les quedó colgando en el aire, extraña, fuera de lugar, como si alguien hubiera pronunciado una palabra que no encajaba con la tarde tranquila del pueblo. Los dos hombres estaban apoyados junto a una farola, uno gesticulando con nerviosismo, el otro mirando su móvil con gesto incrédulo.

—¿Cómo que todo? —respondió el segundo—. Si hace un momento estaba viendo las noticias en el sofá de casa.

—Pues eso te digo. Se ha ido. De golpe. He probado en casa, en el bar de abajo, la tele, los enchufes… nada.

Víctor intercambió una mirada rápida con Angie, sintiendo un escalofrío subirle por la espalda, aunque el aire seguía siendo cálido.

—Disculpen —intervino, con esa voz educada y amable que sabía usar cuando quería caer bien—. ¿Qué ha pasado exactamente?

El hombre que había hablado primero los miró de arriba abajo, sorprendido de ver a dos críos metiéndose en la conversación, pero no pareció molesto. Más bien aliviado de poder contarlo.

—Que se ha caído la red —soltó—. Así, sin más. Hace… no sé, ¿cinco minutos? —miró a su amigo, buscando confirmación.

—Como mucho —asintió el otro—. Yo pensé que era cosa de mi casa, pero luego salí y vi que la farola esa que está encendida veinticuatro horas tampoco iba.

—¿Nada funciona? —preguntó perpleja Angie, intentando que no se le notara la confusión en la voz.

—Nada que vaya enchufado —respondió el hombre—. Ni la tele, ni el microondas, ni los cargadores. Lo único que va son las radios a pilas y esas cosas antiguas. Como en mis tiempos.
Víctor tragó saliva.

—¿Y el móvil?

El hombre levantó el suyo, con poca batería.

—Dentro de poco sin batería. Muerto.

Se hizo un silencio breve e incómodo y el segundo hombre se encogió de hombros.

—Bah, lo arreglarán pronto. Estas cosas pasan. Alguna avería gorda, supongo.

—Sí —añadió el primero, aunque no sonó del todo convencido—. En un rato estará todo como siempre.

Angie forzó una sonrisa educada y asintió.

—Claro. Gracias por informar.

Se alejaron unos pasos sin decir nada y cuando estuvieron lo suficientemente lejos, Víctor habló en voz muy baja.

—Angie…

—Lo sé —respondió ella, sin mirarlo—. Ellos estarán bien…
Siguieron caminando hacia el punto de encuentro, el corazón latiéndoles demasiado rápido, con la certeza incómoda de que lo que acababa de ocurrir no era una simple casualidad. Algo había pasado en el pueblo. Y había sido hace apenas unos minutos.

—¡CAMI!

Lucas se giró justo a tiempo. Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca con fuerza, tan fuerte que me dolió, pero fue ese dolor el que me devolvió al cuerpo. Mis piernas quedaron colgando en el hueco, rozando astillas y polvo, mientras el resto de la escalera crujía peligrosamente.

Por un segundo eterno, todo fue ruido: la sirena, la madera que se quejaba, nuestra respiración agitada por el susto.

Lucas clavó los pies en el escalón firme más cercano y tiró de mi con todo el peso de su cuerpo, gruñendo por el esfuerzo. Yo me aferré a su brazo con ambas manos, temblando, incapaz de mirar hacia abajo. Esta situación no me la habría imaginado nunca, el susto que me había pegado me había helado la sangre y por un momento no sentí mi propio aliento en mis pulmones.

Finalmente, consiguió subirme hasta un punto seguro. Caí de rodillas sobre la madera intacta, respirando con dificultad, el corazón golpeándole tan fuerte que me zumbaban los oídos.

Tenía todas las piernas sangrando, las astillas me habían rasgado las rodillas y las espinillas hasta el punto de que manché de sangre mis calcetines. Me escocían las heridas por el polvo y las pocas astillas clavadas que seguían clavadas en mi piel, que pude quitarme con mucho cuidado después.

Lucas se agachó enseguida frente a mí.

—¿Estás bien? —preguntó, con la voz preocupada, recorriéndome con la mirada como si temiera verme desaparecer si parpadeaba—. Cami, dime que estás bien, estás sangrando.

Tardé unos segundos en poder hablar. Me sequé el sudor de la frente con la manga, dejando una mancha de polvo, y asentí despacio. 

—Sí… creo que sí —susurré—. Solo me ha dado un infarto.

Lucas exhaló aliviado, pasando una mano temblorosa por su nuca.

—No vuelvas a moverte sin avisar —dijo casi como una súplica—. Por favor.

La sirena seguía sonando, paciente, casi como si nos hubiera estado esperando todo este tiempo.

Seguimos subiendo las escaleras, ahora iba yo primero. Al llegar arriba vimos un montón de máquinas con un montón de botones, parecía un laberinto de cables, hasta que vimos una tenue luz roja intermitente reflejada en el metal oxidado de las maquinarias. Cuando nos acercamos vimos la bombilla, que se encendía y apagaba al unísono con la sirena que habíamos estado escuchando.

El sonido era insistente, casi discreto, pero no dejaba espacio para pensar en otra cosa. No era una alarma como las de las películas. Era constante. Como un pulso.

—Esto… —murmuré— esto no tiene sentido.

El suelo del tercer piso estaba cubierto de polvo espeso que, con cada paso, levantaba una pequeña nube que flotaba a la altura de las rodillas. Los cables colgaban de las paredes como raíces negras, algunos cortados, otros conectados a paneles oxidados que todavía mostraban números y etiquetas medio borradas.

Nada parecía nuevo. Nada parecía seguro. Y, aun así, estaba funcionando.

—Si está abandonada —verbalizó Lucas, pasando la mano por un panel—, ¿por qué hay luz?

—Y si funciona —añadí, con un nudo en el estómago—, ¿por qué no hay ni una valla, ni un candado, ni nada?

La sirena volvió a sonar un poco más fuerte, o tal vez solo me lo pareció. Me llevé las manos a los brazos, frotándolos. No hacía frío, pero sentía la piel tirante, como antes de llorar.

—Esto no puede ser legal —afirmé, señalando la bombilla con la mirada—. Si no está en manos del ayuntamiento o de alguna empresa grande… igual es un generador ilegal. De los que montan y abandonan cuando pasa algo malo.

Lucas me miró con el ceño fruncido.

—O es de alguien —replicó—. De alguien que no quiere que lo toquemos. Cami, si pulsamos algo y la liamos, nos metemos en un problema muy serio.

Una gota de sudor asomaba desde la sien de Lucas, sudor frío, de preocupación.

Me acerqué un poco más al panel. Había decenas de botones, interruptores, palancas, algunos rotos, otros cubiertos de cinta aislante vieja, en medio, destacaba uno más grande, rojo, con letras negras casi intactas: STOP.

—¿Y si esto está mal? —susurré—. ¿Y si nadie debería tener esto encendido así, sin control? ¿Y si es de quien…?

No terminé la frase porque no necesitaba hacerlo.

—No podemos tocarlo —insistió Lucas, poniéndose delante del panel—. No sabemos qué hace.

—Precisamente por eso —respondí, notando cómo me temblaban las manos—. Porque no sabemos qué hace y sigue encendido. Porque nadie lo vigila. Porque suena una sirena en mitad de un pueblo y nadie parece oírla.

El sonido volvió a marcar el ritmo. Encendido. Apagado. Encendido. Apagado.

Apoyé una mano en el botón, sin pulsarlo.

—Cami, para y piensa un segundo.

—Estoy pensando —dije, más alto de lo que quería—. Y todo esto me está dando miedo.

Hubo un segundo de silencio tenso, roto solo por la sirena. Luego Lucas intentó apartar mi mano del panel. Yo reaccioné sin pensarlo, agarrándole la muñeca. No fue una pelea violenta, fue torpe, desesperada, dos niños cansados forcejeando en un sitio que no debería existir.

—¡No! —exclamó él—. ¡Cami!

—¡Lucas, para! —respondí, con la voz rota—. No puedo dejar esto así.

El botón estaba ahí. Tan cerca. Sentía el latido en las sienes, en los dedos, en la garganta. En un tirón brusco, mi mano se soltó de la suya y cayó hacia adelante.

Y lo pulsé.

La sirena se cortó en seco, como si alguien le hubiera arrancado la garganta al edificio. La luz roja parpadeó una última vez… y se apagó.

El silencio que quedó fue terminal. Demasiado grande. Demasiado absoluto.

Nos quedamos inmóviles, mirándonos sin saber qué habíamos hecho.

—¡Ay! La madre, ¡ay! La madre…— Lucas se llevó las manos a la cabeza, girando sobre sí mismo— Ahora nos van a pillar y a meter en un zulo por meternos donde no nos llaman.

Esperé, ignorando los delirios de Lucas.

Un segundo.

Dos.

Nada.

No saltaron alarmas. No se encendió ninguna luz de emergencia. No apareció nadie. El edificio seguía ahí, quieto, como si nunca hubiéramos estado ahí.

—Lucas, —empecé al fin— no pasa absolutamente nada.

—¿Eh? — miró a todos lados en menos tiempo del que me habría parecido posible— Ah, bueno pues…—forzó una risa nerviosa— mejor salgamos ya de aquí, Dios mío que ganas de arriesgar tu vida. Además, tenemos que curarte bien esas heridas que vas chorreando.

Asentí. Ya habíamos mirado en todas partes. El piso de abajo, el segundo y este. Máquinas, conductos, cuartos laterales, pasillos estrechos llenos de polvo y basura. No había rastro de Miguel, ni de ningún niño, ni de nadie, solo abandono.

Di un paso hacia la escalera.

Entonces lo oímos.

Un quejido bajo, profundo. No venía de un punto concreto; parecía surgir de las paredes mismas. El metal crujió, lento, y grave como si alguien lo estuviera doblando a pulso. Lucas se quedó rígido.

—¿Has oído eso…? —susurró.

Antes de que pudiera responder, el suelo de madera crujió bajo nuestros pies. No se rompió, pero se arqueó apenas un poco, lo suficiente como para que el estómago se me encogiera.

—Lucas… —llamé, sin alzar la voz—. Vámonos. Ya.

A lo lejos, en algún punto invisible del edificio, saltaron chispas. Un destello azul iluminó fugazmente una pared y se apagó con un chasquido seco. Luego otro. Y otro más. El aire empezó a oler a quemado y a polvo calentándose.

No solo caminamos. Empezamos a bajar corriendo, agarrándonos a la barandilla astillada. Cada escalón crujía más que el anterior. El edificio parecía protestar por cada movimiento, como si nos quisiera expulsar.

Cuando llegamos al segundo piso, el tejado empezó a romperse.

Un estruendo sacudió la estructura. Algo pesado cayó desde arriba, haciendo vibrar las paredes. El suelo tembló con violencia y una viga se desprendió a pocos metros de nosotros, estrellándose contra las máquinas del segundo piso.

—¡Corre! —gritó Lucas.

Bajamos los últimos escalones casi saltando. El polvo lo invadió todo, cegándonos. La madera se partía abajo nuestros pies y los muros escupían fragmentos de cemento. 

El techo del piso superior empezó a hundirse con un rugido ensordecedor.

Corrimos hacia la salida, tropezando y sin mirar atrás. Justo cuando cruzamos el umbral de la puerta, el interior de la generadora colapsó con un estrépito final, como si el edificio se plegara sobre su propio corazón.

Salimos despedidos hacia la luz cálida del comienzo del atardecer.

Detrás de nosotros, la generadora levantó una nube de polvo tan espesa que ocultó el sol durante unos segundos eternos.

Nos quedamos allí, jadeando, cubiertos de suciedad e incapaces de movernos. Como para no estarlo… Lucas fue el primero en hablar, con la voz temblorosa.

—Mi sobrino… —resopló, mirando el edificio derrumbado—. Podría estar ahí dentro.

Me acerqué despacio arrastrándome en la tierra y le puse una mano en el brazo, firme.

—No. —respondí—. Hemos mirado por todas partes. No estaba ahí. Nadie estaba ahí.

Lucas cerró los ojos, apretando la mandíbula y asintió una sola vez.

No dijimos nada más. No hacía falta. Empezamos a movernos casi de inmediato, alejándonos de la generadora como si pudiera terminar de caerse solo por mirarla. Al principio caminamos deprisa, pero enseguida echamos a correr. El polvo seguía suspendido en el aire, pegado a la piel sudada y metiéndose en la garganta. Notaba la sangre seca tirándome en las piernas cada vez que daba una zancada. Lucas iba peor: cojeaba un poco y tenía las rodillas y las manos abiertas, aún manchadas de rojo fresco que se mezclaba con la tierra.

No nos detuvimos hasta ver el punto de encuentro.

Angie y Víctor ya estaban esperándonos.

En cuanto nos vieron, los dos salieron corriendo hacia nosotros sorprendidos por nuestro aspecto. No dijeron nada. Simplemente nos abrazaron con fuerza, los dos a la vez, torpemente, como si necesitaran comprobar que seguíamos enteros, que ninguno se había quedado atrás. Por un segundo, con sus brazos sosteniéndonos, el mundo de detuvo.

—¡¿Qué os ha pasado?! —preguntó Angie en cuanto se separó un poco, mirándonos de arriba abajo, alarmada—. ¿Estáis bien? ¿Por qué estáis así?

—Estábamos en la generadora y…— empezó Lucas.

—Se oyó una sirena así que— dije yo al mismo tiempo.

—todo empezó a temblar—

—las paredes, el suelo—

—saltaron chispas y—

Nos interrumpimos mutuamente, atropellando las palabras, hasta que ambos dijimos, casi a la vez:

—…y todo se derrumbó.

Angie y Víctor se miraron en silencio. No fue una mirada larga, pero sí cargada. Habían visto algo relacionado hacía apenas unos minutos.

—La luz —soltó Víctor—. Se ha ido en todo el pueblo.

—Todo —añadió Angie—. Enchufes, televisiones, móviles sin señal. Solo funcionan las cosas a pilas. Nos lo han dicho unos señores hace unos minutos.

El aire pareció volverse más denso.

—Entonces… —murmuró Lucas— ¿ha sido por eso?

Nadie respondió, pero no era difícil entender que, si el derrumbe de la generadora había provocado el apagón, no era algo que fueran a arreglar rápidamente.

—Tenemos que prepararnos —ordené al fin—. Los móviles no van a aguantar mucho más encendidos.

—Y si eso era lo que daba electricidad… —Víctor dejó la frase en el aire.

Angie asintió, seria.

—Vamos a casa. A por linternas y pilas. Lo que encontremos.

Lucas se pasó una mano por la cara, dejando un rastro de polvo.

—Sí. Mejor no quedarnos quietos.

Nos pusimos en marcha juntos, todavía sucios, doloridos y con el corazón demasiado acelerado.

© 2026 Alicia Dirube · 
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