
Salimos de la biblioteca con la energía que te deja descubrir algo nuevo, como si hubiéramos desenterrado una pieza clave, aunque todavía no supiéramos dónde encajaba. Caminamos hasta la casa de Lucas hablando todos a la vez, mezclando fechas, nombres y teorías como si fuéramos expertos en misterios municipales. El sol ya no molestaba tanto, incluso el apagón parecía menos grave cuando sentías que estabas avanzando.
La puerta de casa de Lucas se abrió antes de que llamáramos siquiera. Javier entró el primero, como si el marco fuera una meta invisible, y todos nos colamos detrás entre risas y empujones.
—¡Ya estamos aquí! —gritó Lucas.
David levantó la mano desde la cocina con un cuchillo en la mano. Rosa apareció con el delantal puesto, cuchara en mano, sonriendo como si aquella casa siempre hubiera estado diseñada para que entráramos en tropel. Yo miré casi sin querer hacia el pasillo, hacia la esquina donde solía asomarse Cristina cuando había ruido.
No estaba.
Fue un segundo. Un silencio mínimo en mi cabeza. Luego Angie me hizo a un lado suavemente para que ella pudiese entrar, no me había percatado que me había quedado embobada. No todo tiene que ser una señal oscura, me dije. A veces una chica simplemente no baja a comer.
Nos organizamos rápido: Víctor y Javi movieron la mesa baja del salón, Clara y yo trajimos cubiertos, Angie repartía vasos como si fuera una camarera profesional y Lucas iba y venía con los platos. Me gustaba esa sensación de logística improvisada, de pequeño campamento base. Éramos un equipo. Un equipo que comía crema de calabaza en cuencos desparejados y filete adobado de ternera cortado en tiras demasiado grandes.
—Bueno, a ver —dijo Rosa sentándose al final—. ¿Qué habéis hecho hoy para venir con esa cara de película?
Nos miramos entre nosotros. Lucas intentó empezar serio, pero Víctor lo interrumpió exagerándolo todo.
—Operación infiltración cultural —anunció con solemnidad—. En la biblioteca municipal.
—¡Víctor! —protestó Angie, aunque estaba sonriendo.
Le contamos que habíamos ido a investigar unas fechas, que necesitábamos consultar archivos antiguos, que había sido más complicado de lo esperado entrar. En ningún momento detallamos lo de las llaves ni el archivo cerrado por dentro. Lo contamos como una pequeña travesura inofensiva, una aventura académica con obstáculos burocráticos.
Rosa soltó una carcajada limpia.
—Ay, por favor… —negó con la cabeza—. Si os vierais desde fuera… Parecéis detectives en prácticas.
Yo hundí la cuchara en la crema intentando no sonreír demasiado. Me encantaba que lo viera así. Que, por una vez, nuestra investigación no sonara a locura sino a ilusión adolescente. Me sentía ligera, como si el misterio fuera un juego enorme construido solo para nosotros.
—Pero nada de meteros en líos, ¿eh? —añadió ella, señalándonos con la cuchara—. Que una cosa es curiosear y otra acabar castigados.
Asentimos todos al unísono, obedientes como en un anuncio de familia feliz.
Cuando terminamos, recogimos entre todos. El sonido de los platos chocando, el agua corriendo en la cocina, las voces mezcladas… Era extraño cómo algo tan normal podía sentirse tan extraordinario después de los últimos días.
Lucas se apartó un momento con su madre, cerca del fregadero. No hablaban muy bajo, pero lo suficiente para que no fuera conversación pública.
—Lucas —dijo ella, ya sin tono de broma—. Está muy bien que investiguéis, pero no quiero que te metas en problemas. Bastantes cosas raras están pasando ya.
Él bajó la mirada, moviendo un plato bajo el grifo.
—Lo sé, mamá.
—Y menos arrastrar a los demás.
No sonó como un reproche duro, más bien como una cuerda tensa que alguien toca con cuidado.
Yo fingí estar distraída al otro lado de la puerta de la cocina, aunque no podía evitar mirar de reojo hacia dentro. Me gustaba ver a Lucas así, serio, pero no derrotado. Protector sin darse demasiada cuenta. Me entraron ganas de decirle que, si había problemas, yo firmaba debajo. Que las aventuras compartidas siempre compensan el riesgo.
Pero en lugar de eso, le lancé una sonrisa cuando volvió con nosotros.
Cuando terminamos de recoger y Rosa desapareció en la cocina con David para preparar sus cafés, nos reagrupamos en el salón como si estuviéramos a punto de celebrar una cumbre secreta.
—¿Y ahora qué? ¿Nos vamos ya? — Javi estaba ansioso por descubrir más información, aunque también era el primero que necesitaba quedarse en casa para hacer la digestión.
—Yo voto por ir después, total, la comisaría no se va a mover — dijo Víctor con los hombros encogidos y las manos mirando al techo — Porque la comisaría no cierra ¿no?
—Víctor tiene razón, tenemos tiempo y estamos cansados, tampoco será tanto tiempo. —dijo Angie, que últimamente estaba muy de acuerdo con Víctor, que sonrió cuando la escuchó decir eso.
—Propongo que nos quedemos hasta las cuatro y media, nos da tiempo a descansar un poco, pero no perdemos toda la tarde. —exclamó Clara.
—Pero si falta solo media hora. —se quejó Víctor.
—Más que suficiente. — en cuanto Clara dijo esto último Angie le clavó la mirada en el alma, menos mal que Clara no la vio, porque si no íbamos a tener un serio problema.
Y, entonces, el salón se convirtió en territorio neutral.
Víctor y Angie se sentaron en la alfombra con una baraja vieja que apareció mágicamente del cajón de la mesa baja. Empezaron a jugar al mentiroso, acusándose entre risas, exagerando gestos como si se estuvieran jugando la herencia familiar.
—Te juro que son tres sietes —decía Angie con una cara tan dramática que daban ganas de aplaudirle.
—Eres pésima mintiendo —respondía Víctor, disfrutándolo demasiado.
En el otro extremo, Lucas y Javi forcejeaban por el mando.
—Yo estaba viendo eso primero.
—¡Mentira! —protestó Javi, lanzándose sobre él.
Se enzarzaron en una pelea absurda, mitad lucha libre, mitad coreografía mal ensayada, hasta que el mando acabó debajo del sofá y los dos se quedaron riéndose en el suelo. Durante un instante todo parecía normal. Escandalosamente normal.
Yo me senté en uno de los sofás, cruzando las piernas debajo de mí. Debería haber estado riéndome con ellos. Debería haberme unido a la partida o haber animado la pelea. Pero algo me tiraba hacia dentro.
Cristina.
La imagen del pasillo vacío volvió a mi cabeza. Y, detrás, las frases a medias de Víctor en el archivo. Solo me confundían más y más.
Me mordí el interior de la mejilla. Odiaba sentirme fuera de la ecuación. Y odiaba aún más que mi cabeza completara los huecos con posibilidades que no me gustaban.
El sofá se hundió ligeramente a mi lado.
—Ha sido una pasada, ¿eh? —dijo Clara, acomodándose como si aquello fuera confidencial.
La miré. Tenía esa sonrisa satisfecha de quien acaba de sobrevivir a algo emocionante.
—Si no llego a venir, te lo juro, me habría perdido todo —añadió—. Menos mal que no te he dejado sola.
—Ah, claro, mi salvadora oficial —bromeé, intentando sonar ligera.
—Totalmente. Además, me he llevado genial con Javi. Es majísimo cuando no está haciendo el bruto.
No pude evitar sonreír. Era verdad. Javi tenía esa forma de caer bien sin darse cuenta.
Clara me observó unos segundos más.
—Estás rara —dijo al final, bajando un poco la voz—. ¿Qué pasa?
Dudé. No quería convertir algo nebuloso en algo real solo por pronunciarlo.
—Nada… —empecé, pero suspiré—. Bueno. Es que estoy pensando en Cristina.
Clara frunció el ceño con curiosidad, no con alarma.
—¿Por?
—Víctor me contó algo. —Hice un gesto vago con la mano—. No mucho. Pero… no sé. Me dejó mal cuerpo.
No añadí detalles. Ni siquiera estaba segura de tenerlos claros. Era más una sensación que una información. Una pieza torcida en el puzle.
Clara apoyó la espalda en el sofá, mirando hacia el techo.
—¿Y si vamos a verla?
La miré de golpe.
—¿Ahora? —susurré.
—Sí. —Se encogió de hombros—. A lo mejor no es tan mala idea. Peor es quedarte aquí imaginándote cosas.
Tenía razón. Y la odié un poco por tenerla.
—No sé… —murmuré—. Igual es mejor no molestarla.
—O igual es mejor comprobar que está bien.
Mi cabeza libró una batalla rápida, desordenada. La parte prudente contra la parte curiosa. La que quería proteger la calma contra la que necesitaba respuestas.
Al final, la segunda ganó.
—Vale —dije en voz baja—. Pero rápido.
Clara sonrió con esa chispa cómplice que tanto me gustaba.
Nos levantamos sin hacer ruido. Víctor y Angie estaban demasiado concentrados acusándose de trampas. Lucas y Javi seguían peleándose por el mando rescatado. Nadie nos miró.
Cruzamos el salón con una naturalidad casi estudiada, como si fuéramos al baño o a por agua y cuando alcanzamos el pasillo, salimos corriendo, subiendo las escaleras apresuradamente.
—¡Gané! —gritó Angie, tirando la última carta contra la alfombra como si estuviera firmando un tratado internacional.
Víctor se quedó mirándola dos segundos, teatralmente ofendido. Luego se puso en pie con una lentitud exagerada, se llevó la mano al pecho y ejecutó una reverencia impecable.
—¡Que viva la reina Angelina! —declamó—. La reina más mentirosa.
—¡Oye! —protestó ella entre risas, levantándose también.
Angie empezó a dar vueltas sobre sí misma, haciendo un baile ridículo que Javi aplaudió sin ritmo y Lucas acompañó con una inclinación solemne. Durante un instante el salón fue un reino absurdo gobernado por una rubia adolescente.
Cuando volvió a sentarse junto a Víctor, todavía sonriendo, el ruido alrededor siguió, pero su conversación se cerró como un paréntesis privado.
—Ha sido un buen día —dijo ella, barajando las cartas otra vez—. Demasiado bueno.
—Eso mismo estaba pensando —respondió Víctor, apoyando los codos en las rodillas.
Hubo un segundo de silencio.
—Con todo lo que hemos descubierto… ¿Te acuerdas del primer bar? —preguntó Angie, bajando un poco la voz.
Víctor esbozó una media sonrisa.
—¿El del café requemado?
—Y los dos hombres jugando a las cartas —añadió ella—. Cómo se quedaron cuando dije el nombre de Miguel…
Los dos recordaron el silencio. Las cartas suspendidas en el aire. El camarero dejando el vaso a medias.
—“¿Otro más?” —murmuró Víctor, repitiendo el tono cansado del hombre mayor.
Angie asintió.
—Y lo de que eran siempre pequeños… dos, tres, cinco años. Ninguno más de seis.
—Y que salían solos —añadió él, clavando la mirada en la alfombra.
Angie apretó los labios. Lo que parecía una conversación casual se estaba transformando en algo mucho más profundo.
—Eso no me lo quito de la cabeza. Puertas cerradas. Ventanas cerradas. Todo en orden. No sé, es todo tan raro.
—Todo como cualquier otra noche —completó Víctor.
El murmullo del salón seguía alrededor, pero entre ellos el aire se volvió más denso.
—Once niños —dijo Angie finalmente—. Y entre ellos el hijo de Marta. Pobrecilla… ¿Habrá mamá hablado más con ella? —preguntó para sí.
Víctor sintió cómo algo se le tensaba por dentro. No por Marta, a ella no la conocía, le preocupaba Cristina. Por la imagen que intentaba apartar desde el archivo. Por esa sensación de que algo no encajaba en casa de Lucas y que no había sido yo la única en notarlo.
—A lo mejor deberíamos ir a ver a Marta.
Angie parpadeó despacio, levantando la vista hacia él. Su expresión cambió apenas un milímetro: la sonrisa se le afinó, los hombros se le tensaron ligeramente.
—Víctor… Ya hemos hablado de esto.
Él se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz para que no se mezclara con el ruido de Lucas y Javi discutiendo por el sofá.
—Escúchame. Cuando salimos del bar, ¿te acuerdas? Sé que te dije lo mismo.
Angie sí se acordaba. Víctor sentado en el bordillo frío, pensativo. Ella caminando de un lado a otro con las manos en la cintura. El cielo anaranjado cayendo sobre el pueblo como si todo se estuviera cerrando sobre ellos.
Se humedeció los labios antes de responder.
—Y te dije que era cruel. Su hijo está desaparecido. Por Dios, Víctor. —Su voz era firme, pero no dura—. No podemos plantarnos allí como si nada.
Víctor negó suavemente con la cabeza.
—No sería como si nada.
Ella sostuvo su mirada unos segundos.
—Víctor. — No era una reprimenda. Era una advertencia.
—¿Y si sabe algo? —insistió él, y esta vez su tono no tenía desafío, sino una urgencia contenida, casi incómoda—. ¿Y si hay algo que no nos han contado? En los bares todos sabían más de lo que decían.
Angie apartó la vista hacia las cartas, alineándolas sin necesidad.
—Eso es distinto. Ellos hablaban entre ellos. Marta… —tragó saliva, y por un instante su seguridad se resquebrajó—. Marta está triste.
La palabra se quedó pequeña para lo que significaba, pero ninguno quiso ampliarla.
Víctor guardó silencio un segundo. En su cabeza apareció otra imagen: Cristina. La penumbra de su habitación. Lo que Lucas le había contado en voz baja. Lo que no había querido repetir en alto.
—Igual no es la única —murmuró, más para sí que para ella.
Angie frunció el ceño.
—¿Qué?
Víctor reaccionó enseguida.
—Nada.
Se levantó con un movimiento rápido, como si cambiar de posición le ayudara a ordenar el pensamiento. Caminó un par de pasos hasta el sofá donde Lucas y Javi seguían forcejeando por el sitio más amplio.
—Lucas —llamó.
Lucas soltó el cojín que estaba usando de escudo y alzó la cabeza.
—¿Qué pasa?
Víctor se quedó de pie frente a ellos, con los brazos sueltos a los lados, pero la mandíbula tensa.
—Estamos pensando en ir a ver a Marta.
Javi se incorporó al instante, apoyando los antebrazos en las rodillas.
—¿A la madre del otro niño?
—Sí.
Lucas dudó. Se pasó una mano por el pelo, pensativo.
—No sé si es buena idea.
—Puede que sea necesaria —replicó Víctor, sin apartar la mirada.
Lucas miró un segundo hacia Angie, que seguía en el suelo, observando la escena con el ceño fruncido.
—Angie ya nos ha dicho que puede ser cruel —intervino, con cautela.
—Y también puede ser útil —respondió Víctor, más bajo, pero firme.
Javi se cruzó de brazos, recostándose contra el respaldo.
—Si estamos investigando, no podemos esquivar lo incómodo.
El comentario flotó en el aire. Lucas frunció el ceño, atrapado entre la prudencia y la lógica. Víctor dio un paso más y se inclinó ligeramente hacia él, bajando la voz hasta casi rozarle el oído.
—¿Y si Marta está igual que Cristina?
El nombre cayó entre los dos como una piedra lanzada a un estanque en calma.
Lucas se quedó inmóvil. Los músculos del cuello se le tensaron.
—¿Qué quieres decir? —preguntó en un susurro apenas audible.
—Que igual hay un patrón —murmuró Víctor—. Que igual no son solo los niños.
Lucas tragó saliva. La idea era incómoda. Oscura. Pero no absurda. Y eso era lo peor.
Se apartó un poco, enderezándose, y volvió a hablar en voz normal, aunque más lenta.
—Quizá… podríamos ir. Con cuidado.
Javi asintió enseguida, sin dudar.
—Yo estoy con Lucas.
Desde el suelo, Angie los miró uno a uno. Estaba claramente en minoría. Sus dedos apretaron las cartas con más fuerza de la necesaria.
—Genial —dijo al final, soltando el aire—. Ahora somos un comité de decisiones dudosas.
—No es eso —intentó suavizar Lucas, levantando las manos ligeramente.
—Sí es eso —replicó ella, pero su tono no era enfadado, sino preocupado, casi protector—. Pero falta la opinión de Clara y Camila.
Los cuatro dirigieron la mirada hacia el pasillo. El silencio del piso de arriba parecía más largo de lo normal.
—Han ido al baño hace rato —comentó Javi, rascándose la nuca.
Angie frunció el ceño levemente.
—Pues que vuelvan ya —dijo, dejando las cartas sobre la alfombra— Esto no lo decidimos sin ellas.
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