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7 de julio de 2026

De donde nadie vuelve - CAPÍTULO 5

La primera vez que Miguel dijo mi nombre fue sin querer.

No estoy del todo segura de que me llamara, solo sé que lo pronunció. Fue hace tres años, estábamos en el salón de Rosa y David, con la televisión puesta en Disney Channel, estaban dando “Star contra las fuerzas del mal”, mi serie favorita en el mundo mundial. Lucas y yo estábamos tirados en el suelo mientras él montaba un puzle que no encajaba por ningún lado, y Miguel balanceando los pies en el sofá con las piernas colgando, como si el suelo hubiera desaparecido.

—Mami… —dijo primero, pero nadie respondió.

Cristina estaba en la cocina, por lo que no le escuchó, Lucas gruñó algo que no escuché y Angie estába sentada en la alfombra dibujando en una libreta vieja, dibuja super bien. Yo jugueteaba con los muñecos viejos de Javi, haciéndolos girar y haciéndoles dar saltitos encima de otro pequeño muñeco que me había traído de casa.

—Cami…

Levanté la cabeza por reflejo.

Miguel me miraba con los ojos muy abiertos, como si se hubiera equivocado de palabra y esperara que alguien se la corrigiera. Angie fue la primera en sonreír.

—Creo que te ha adoptado —susurró.

Miguel se rió, un sonido corto, tímido, y volvió a balancear las piernas. Decidí jugar con él haciéndome la muerta y conseguí hacerle reír un poquito más fuerte.

Ese recuerdo me vino a la cabeza mientras caminaba con mis amigos hacia la casa de Angie después de clase. Ayer fue el último día y en el instituto solían aporrear las puertas de todas las clases antes de salir del recinto. Después acostumbraban todos a meterse en la fuente de la Plaza Mayor pero mis amigos y yo nunca llegamos a participar en eso, y mejor así, prefería llegar seca a casa.

Este año Angie nos había invitado a su casa el primer día de vacaciones y eso me llenaba de emoción, a pesar de nuestra situación.

Yo iba dando saltitos sobre las losetas de la acera, tratando de no pisar las grietas, Víctor me imitaba más atrás y Lucas y Angie iban dados de la mano por en medio de la carretera.

Llegamos a su casa rápidamente, fuimos todos directos a la cocina a ver si a los padres de Angie se les había ocurrido comprar las galletas artesanas de la Señora Petra que estaban tan buenas.

Nos pusimos a charlar sobre el último día, sobre lo contentos que estábamos por haber terminado la secundaria y a meternos con Víctor por ser un año menor y no poder sentir lo mismo que nosotros. La verdad que estar más cerca de salir del instituto y poder ir a la universidad en pocos años me hacía sentir mariposas en el estómago. La idea de conocer gente nueva en la ciudad me aliviaba ya que no se burlarían de mi forma de ser y sentir las cosas, no como aquí.

De un momento a otro todo se tensó cuando mencioné el plan que teníamos en mente y no tardamos en discutir.

No fue una pelea fuerte, ni mucho menos. Fue solo una tonta discusión sobre quién iría con quien a la nueva aventura.

—No deberíamos separarnos —objetó Lucas, con los brazos cruzados—. Si vamos a hacer esto, lo hacemos juntos. Y punto.

Angie negó casi al instante, como si la idea le hubiera molestado incluso antes de oírla completa.

—Precisamente por eso. Cuatro personas llamando la atención no sirve de nada. Es mejor cubrir más terreno.

—Pues yo voy contigo —añadió Lucas, mirándola directamente.

Cuando Lucas se ponía así de meloso con Angie, me daba mucha grima. No es por ser metomentodo, pero yo creo que ese idílico amor con el que empezaron su relación se estaba convirtiendo poco a poco en una rutina mal construida.

—No —respondió ella—. Yo voy con Cami.

Víctor levantó la mano, medio en broma, medio serio.

—Pues entonces yo voy con Lucas. Alguien tiene que impedir que se meta en problemas.

Lucas resopló, claramente frustrado.

—Esto no tiene sentido. — quiso reprochar Lucas.

—Sí lo tiene —respondió Angie, firme—. Tú piensas mejor cuando no estás conmigo. Y Cami… —me miró un segundo más de lo normal— Cami ve cosas que los demás no vemos.

Abrí la boca para decir que a mí no me metiesen en sus movidas de parejita peleada, pero no me atreví y Víctor chasqueó la lengua frustrado.

—Vale. Entonces queda decidido: Víctor con Angie, Lucas conmigo. Y nadie hace el idiota. —quise terminar la discusión cuanto antes porque entre tonterías se nos iba a hacer de noche.

Lucas me miró como si quisiera protestar, como si fuera a decir algo importante… pero al final solo asintió.

—Vosotros preguntad por ahí a ver si encontramos alguna pista. Lucas y yo nos iremos a ver la generador—se me quedaron mirando los tres como si mi nueva posición les extrañase por lo que quise finiquitar mi mandato—como hemos hablado.

—Volvemos a la calle Reynols a las seis y media en punto —ordenó Angie—. Pase lo que pase.

Angie y Víctor entraron en el primer bar que vieron casi sin darse cuenta. Olía a café requemado y a madera vieja. Dos hombres mayores jugaban a las cartas y el camarero los miró con una mezcla de curiosidad y desconfianza que los adultos reservan para los adolescentes que no saben qué hacen allí.

—Estamos…ehh… buscando a un niño —soltó Angie sin rodeos— A Miguel.

El bar se quedó en silencio de pronto.

Angie había dicho su nombre con cuidado, casi pidiendo permiso, pero aun así algo se tensó en el ambiente. Las cartas dejaron de moverse, el camarero apoyó el vaso en la barra sin terminar de secarlo y uno de los hombres carraspeó, como si tuviera un secreto atravesado en la garganta.

—¿Otro más? —murmuró uno de ellos, sin levantar la vista.

Angie frunció el ceño.

—¿Cómo que otro más? Miguel es el niño de los Gutiérrez.

Nadie respondió al principio. El silencio fue más meditado que brusco, como si todos estuvieran decidiendo qué no decir.

—Desde hace un tiempo… —comenzó al final el camarero—. Unos meses, creo.

—¿Meses de qué? —insistió Angie—. ¿De desapariciones?

Uno de los hombres chasqueó la lengua, molesto.

—No son cosas para andar preguntando.

Víctor inclinó la cabeza, apoyando el peso sobre una pierna. Sonrió, suave, casi torpe, como si no entendiera por qué aquello era un problema.

—No es por cotillear —dijo—. Es que cuando nadie explica nada, uno empieza a imaginar cosas peores.

El hombre de las cartas levantó la vista despacio. Tenía los ojos cansados, hundidos.

—Son pequeños —continuó—. Siempre pequeños. Dos, tres… cinco años. Ninguno pasa de seis.

Angie sintió un nudo en el estómago.

—¿Y qué pasa? —preguntó—. ¿Se los llevan?

—No —respondió el camarero, demasiado rápido—. Eso no.

—Entonces… —Víctor dejó la frase en el aire.

—Salen solos —intervino el hombre mayor—. Eso es lo raro.

—¿Salen a dónde? —preguntó Angie.

El hombre se encogió de hombros.

—Nadie lo sabe.

Otro silencio. Más largo.

Víctor se apoyó un poco más en la mesa de los señores, bajando la voz como si fuera a vcompartir algo delicado.

—¿Nunca los han visto volver?

—No —admitió el camarero—. Y casi nadie oye nada. Ni gritos. Ni golpes.

—¿Y nadie ha encontrado ninguna pista? —insistió Angie.

El hombre negó con la cabeza.

—Puertas cerradas. Ventanas cerradas. Casas normales. Como cualquier otra noche.

Víctor frunció el ceño, despacio.

—Entonces no es que alguien entre.

—No sabemos qué es —se corrigió enseguida—. Ni queremos saberlo.

Angie apretó los labios.

—¿No tienen ninguna sospecha?

El camarero dudó solo un segundo, pero fue suficiente.

—En un pueblo pequeño —admitió al final—, las sospechas no sirven para nada si no llevan a una respuesta.

Y nadie dijo nada más. No porque no hubiera nada que decir, sino porque ninguno quería ser el primero en ponerle forma al miedo.

Pasaron por dos bares más. Las historias se repetían con pequeñas variaciones: una puerta mal cerrada, una madre en la ducha, un ruido en mitad de la noche. Siempre niños que corrían, siempre con silencio después.

En el último bar al que fueron, Angie se tensó al escuchar un nombre que resonó en su cabeza como un eco.

—¿El hijo de Marta? —susurró, casi sin aire, midiendo cada palabra.

La mujer detrás de la barra tragó saliva y se frotó las manos, nerviosa, evitando la mirada de los chicos.

—Sí… el cuarto —habló con voz apagada—. Pobrecilla… no levanta cabeza.

Angie se acercó a la barra con pasos lentos, midiendo cada movimiento. La luz cálida que entraba por las ventanas del bar caía sobre su rostro, iluminando un atisbo de esperanza que intentaba asomar entre los pliegues de su miedo. Sus ojos buscaban los de la mujer, buscando el hilo de su confianza que pudiera sostenerse en medio del silencio cargado.

—Soy Angelina, la hija de su mejor amiga… —dijo Angie con voz apenas audible, inclinándose ligeramente hacia la barra, como si el secreto que traía pudiera desvanecerse si lo pronunciaba demasiado alto—. Puedes contarme lo que ha pasado… y también en mi amigo Víctor.

Luego, bajó aún más la voz, rozando casi un susurro:

—Estamos intentando encontrar a los niños…

Su respiración era contenida, y cada palabra llevaba la urgencia de quien sabe que el tiempo es corto, pero también la delicadeza de quien teme asustar a quien podría ser su única aliada.

Al instante, la mujer palideció. Sus manos temblaron sobre la barra y su voz se endureció, como si quisiera cubrir un miedo que no podía contener.

—¡Niños! ¡Ni se os ocurra meteros en problemas! —regañó, sin poder ocultar del todo la alarma en su tono—. ¡Vosotros… no sabéis en qué os estáis metiendo!

Víctor frunció el ceño, pero mantuvo la calma, inclinándose ligeramente hacia ella con una sonrisa suave que parecía querer suavizar la tensión. Sabía perfectamente lo que hacía.

—Lo sabemos —dijo—, por eso necesitamos cualquier cosa que pueda ayudarnos. Por favor.

La señora negó con la cabeza, tragando saliva, con los ojos brillantes de preocupación.

—No… no quiero que os pase nada. Marta… Marta ya está sufriendo suficiente —musitó, y después, como si quisiera alejar la tensión, añadió con voz más firme—. ¡Y vosotros dejad de mirarme así! No podéis andar preguntando a todos por los secretos del pueblo.

Angie y Víctor se miraron, comprendiendo que detrás de los regaños había miedo genuino, que la mujer estaba atrapada entre la preocupación por su amiga y la necesidad de proteger a los chicos.

—Gracias… —susurró Angie, casi para sí misma, antes de que los niños se apartaran y salieran del bar, con la sensación de que habían rozado algo mucho más grande de lo que podían comprender.

Cuando salieron del bar, la brisa del atardecer les golpeó la cara y los obligó a pararse un momento, Víctor se sentó en el bordillo mientras Angie caminaba enfrente. El murmullo lejano del pueblo parecía esconder secretos que ellos aún no alcanzaban a descifrar.

—Podríamos ir directamente a ver a Marta —verbalizó Víctor, con la voz cargada de determinación—. Tal vez nos pueda decir algo más.

Angie frunció el ceño, apretando los puños como conteniendo un torrente de emociones que no sabía cómo soltar.

—No… eso sería cruel —susurró, mirando hacia la calle desierta—Está su hijo desaparecido… seguro está destrozada. No podemos llegar y revivir ese dolor.

Víctor abrió la boca para responder, pero Angie levantó la mano, interrumpiéndolo. Se quedó unos segundos en silencio, caminando más despacio, como si cada paso la ayudara a ordenar sus pensamientos.

Entonces, como si una chispa se encendiera de repente, sus ojos brillaron con una mezcla de miedo y resolución.

—Peeroo… podemos ir a ver a mi madre —ofreció, casi como si estuviera rompiendo una barrera dentro de sí misma—. Al instituto.

Víctor la miró sorprendido, parpadeando ante la fuerza de la decisión que se veía genuinamente revolucionaria en sus ojos.

—¿Vamos? —preguntó finalmente, sintiendo que ahora el camino tenía un nuevo rumbo.

Víctor asintió, con un pequeño gesto que parecía contener todo el peso de lo que estaban a punto de hacer.

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