
Salimos del recinto de la fábrica y echamos a andar sin decir nada, como si el simple hecho de detenernos pudiera hacer que todo lo que habíamos vivido nos alcanzara de golpe. El pueblo nos recibió con un silencio insultante: personas paseando sin decir una palabra, alguna ventana abierta, el sonido lejano de los pajaritos.
Caminábamos despacio. No porque estuviéramos cansados, que lo estábamos, sino porque nadie tenía prisa por llegar a casa. Cada paso tiraba de algún sitio distinto: un corte sin cerrar, un moratón que empezaba a latir, la piel aún sensible por el agua fría del río. Olíamos a humedad y a hierro, y yo no podía evitar pensar que se nos iba a notar al llegar a casa.
Víctor iba un poco encorvado, llevando su bici con las dos manos, mirando al suelo como si contara las grietas del asfalto. Angie caminaba a mi lado, tan cerca que a veces nos rozábamos sin querer, pero ninguna decía nada. Lucas iba unos pasos por delante, recto, marcando el ritmo sin darse cuenta, y Javier se mantenía a su derecha, atento a cada movimiento suyo, como si temiera que desapareciera si dejaba de mirarlo.
Nadie habló del muerto. Tampoco dijimos mañana, aunque todos pensáramos en eso.
Pasamos por calles que conocíamos de memoria. La panadería cerrada, la tienda del señor Olivera, la plaza de la fuente. Todo seguía igual. Eso era lo peor. El mundo no se había detenido para darnos tiempo a entender nada. El miedo ya no apretaba el pecho como antes. Ahora se había instalado más abajo, pesado, constante, como una certeza incómoda. No se iba y no iba a irse esta noche.
Víctor fue el primero en frenar.
—Eh… —dijo, señalando una calle a la derecha—. Yo me piro por aquí.
No lo dijo como una despedida. Más bien como un aviso de que, a pesar de separarnos un tiempo, nos volveríamos a ver. Nadie respondió al principio. Lucas se giró un poco, asintió una vez. Angie levantó la mano a medio camino, sin llegar a saludar del todo.
—No hagas ni digas nada raro —murmuró Javier.
—Intentaré no confesar ningún crimen —respondió Víctor, con una cara de que le habían chafado los planes.
Se quedó quieto unos segundos más, balanceándose sobre los talones, como si esperara algo.
—Oye, Cami.
—Dime.
Se rascó la nuca, incómodo.
—Antes… lo del sótano. Lo de gritarte. Y lo de agarrarte así de golpe.
Bajó la voz, casi avergonzado.
—No quería hacerte daño. Me… me cagué vivo.
—Ya —dije—. Se notó un poco.
Soltó una risa breve, nerviosa, que se apagó enseguida.
—Perdón.
—Tranquilo —respondí—. Yo también estaba asustadísima, es normal.
Nos miramos un segundo más de la cuenta. Entonces encogió los hombros.
—O sea… —añadió—. Dentro del caos y todo eso… no lo hemos hecho tan mal, ¿no?
—¿El qué?
—Sobrevivir —dijo—. Y lo de pensar. Bueno. Tú pensaste. Yo más bien… acompañé.
—Sobrevivir cuenta como éxito —dije—. Somos un buen equipo. Estate tranquilo que no me ha molestado nada de lo que has hecho.
Le brillaron un poco los ojos, pero no hizo ningún comentario dramático.
—Sí —asintió—. Equipo.
Se dio la vuelta deprisa, como si quedarse más tiempo fuera fuese peligroso. Caminó unos pasos y, sin mirarnos, levantó la mano.
—Mañana, ¿eh?
—Mañana —dijo Angie desde lejos, saludando con la mano.
Víctor no respondió más. Se metió por su calle sin volver la cabeza.
Nos quedamos allí unos segundos, mirando el punto por donde había desaparecido, hasta que Lucas retomó el paso y nosotros lo seguimos, un poco más juntos de lo necesario, como si aún nos hiciera falta comprobar que seguíamos ahí. No avanzamos mucho más cuando Angie redujo el paso.
—Yo… —dijo—. Aquí.
Señaló la calle que subía hacia su casa. La conocíamos de sobra. Un día cualquiera parecía solo una calle más; ahora, con el estómago cerrado, se me antojó demasiado estrecha.
Angie se pasó una mano por el pelo, echándoselo hacia atrás. Tenía los labios partidos y las rodillas todavía enrojecidas, aunque ya no sangraba.
—Mis padres me estarán esperando —añadió—. Ahora que es verano estarán más en casa.
Lucas se detuvo frente a ella. Abrió la boca, como si fuera a decir algo importante, pero al final solo asintió.
—Avísanos cuando llegues —dijo.
—Sí.
No se acercaron más. No hubo beso ni gesto automático. Solo ese espacio raro que se había quedado entre los dos y que ninguno parecía saber cómo cruzar.
Angie se giró hacia mí.
—Tú… —me miró de arriba abajo, evaluándome sin decirlo—. ¿Estás bien?
—Más o menos —respondí—. Tú tampoco tienes muy buena pinta.
Hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa.
—He tenido días peores.
Me cogió del antebrazo con cuidado, como antes en el río, evitando los moratones.
—Oye —dijo, bajando un poco la voz—. Si mañana te duele todo y no puedes ni moverte, me llamas. Aunque sea para quejarte. Podríamos desayunar en mi casa antes de… ya sabes… todo lo que tenemos pensado.
—Claro, me encantaría —le respondí.
—Gracias por antes —añadió—. Por no dejarme sola cuando… bueno.
—Siempre —dije, sincera—. Ya lo sabes.
Nos abrazamos, apretando sin hacernos daño, de esos abrazos que no duran mucho, pero lo dicen todo. Cuando se separó, me sostuvo la mirada un segundo más.
—Mañana seguimos —dijo—. Pase lo que pase.
—Claro —asentí con una media sonrisa.
Angie dio un paso atrás, luego otro. Levantó la mano a modo de despedida general.
—No os divirtáis sin mí.
—Lo intentaremos —respondió Javier.
Angie sonrió un poco más esta vez y se dio la vuelta. Caminó calle arriba sin mirar atrás, con los hombros rectos y las manos en su bicicleta, como si no quisiera llegar todavía.
La vimos desaparecer tras la esquina.
El silencio que quedó después fue distinto. Más hueco.
Lucas respiró hondo y volvió a echar a andar. Apenas dimos unos pasos hasta llegar a la calle que subía a su casa. La calle de Angie desembocaba casi directamente en la suya; las casas estaban tan cerca que se podía ver una desde la otra.
—Ya estamos —murmuró Javier, señalando cuesta arriba.
La casa de Lucas y Javi se alzaba al fondo de la calle. Todo demasiado normal para el día que habíamos tenido.
Nos detuvimos sin decirlo. No hacía falta. Todos sabíamos donde vivía Lucas.
Lucas se giró hacia mí. Tenía la mandíbula tensa, pero la mirada clara, esa que se le ponía cuando decidía hacerse cargo de algo, aunque no supiera cómo.
—Cami —dijo—. Mañana… no vayas sola a ningún sitio raro, ¿vale?
—Míralo quién habla —respondí, intentando aligerar—. El rey de las ideas temerarias.
Esbozó una media sonrisa que no llegó a los ojos.
—Te lo digo en serio.
Asentí. Sabía que estaba preocupado, a fin de cuentas, ver a un muerto es impactante y creo que le había afectado un poco más que al resto.
—Tú tampoco. Y si ves que algo no cuadra, para. No te lo guardes todo siempre, puedes confiar en mí.
No contestó al momento. Luego inclinó un poco la cabeza.
—Lo intentaré.
Nos miramos un segundo más. Fue suficiente.
—Cuídate —dije.
—Tú más —respondió él.
Javier carraspeó, incómodo pero atento, como si no quisiera interrumpir del todo.
—Vamos, que mamá Rosa nos va a ver desde la ventana.
Lucas dio un paso atrás.
—Avisa por el walkie cuando llegues.
—Vale.
Javier levantó la mano a modo de despedida.
—Hasta mañana…
—Hasta mañana.
Los vi darse la vuelta y empezar a subir juntos por su calle. Javier caminaba medio paso por detrás, pero atento, igualando el ritmo cuando Lucas aceleraba sin darse cuenta. No hablaron. Solo subieron así, uno al lado del otro, las sombras alargándose en la acera, hasta que la puerta de su casa se cerró tras ellos.
Me quedé un momento quieta, la calle estaba en silencio otra vez y ahora sí, no quedaba nadie conmigo.
Estaba sola en mitad de la calle, con el sol dándome de lleno en la cara y el calor subiéndome desde el asfalto. Era absurdo: después de todo lo que había pasado, lo que más me molestaba en ese momento era el sudor pegándome la camiseta a la espalda.
Emprendí el camino a casa despacio porque necesitaba ese rato para pensar… o para no pensar. Las dos cosas a la vez, supongo.
El barrio estaba dormido. Supongo que en un pueblito de España como el nuestro no habría mucha actividad a las cuatro de la tarde en verano, y además con las casas sin aire acondicionado. Ventanas abiertas, radios sonando en alguna cocina, el olor a comida escapándose de los pisos. Vida normal, vacía, pero normal. De esa que no encaja cuando llevas todavía la imagen de un cráneo vacío clavada en la cabeza.
Me miré los brazos mientras caminaba. Los moratones ya empezaban a tomar ese color feo entre amarillo y morado, como si el cuerpo se estuviera chivando de todo lo que había pasado, aunque yo no dijera nada. Pensé en mi madre. En su cara cuando los viera. En si sería capaz de mentirle sin que se diera cuenta.
“No todo”, me dije. “No hace falta contarlo todo”.
La puerta de casa estaba cerrada, como siempre. Saqué las llaves con torpeza; me temblaban un poco los dedos y no sabía si era por el cansancio o porque ahora, por fin, me estaba relajando. Cuando abrí, el golpe de aire caliente del interior me dio de lleno.
—¿Cami? —se oyó desde dentro.
La voz de mi madre. Normal. Tranquila. Como si el mundo no se hubiera movido ni un milímetro.
—Sí, soy yo.
Cerré la puerta detrás de mí y apoyé un segundo la espalda en la madera. Respiré hondo. Olía a casa, a comida hecha desde hace horas y a sitio seguro.
Me quité las zapatillas despacio, dejando el polvo y las gotas de sangre del día en la entrada, como si así pudiera dejar también todo lo demás. Avancé por el pasillo con cuidado, notando cada músculo protestar ahora que ya no hacía falta seguir en alerta.
Pensé en los demás. En Víctor llegando a una casa vacía. En Angie subiendo la cuesta con esa mezcla rara de alivio y enfado. En Lucas y Javier entrando juntos por la puerta de siempre.
Cada uno en su casa. Cada uno con lo suyo.
El día seguía siendo el mismo para todos, pero no de la misma manera.
Y mientras yo cruzaba el umbral de la mía, en otra calle muy cercana, Víctor, Angie, Lucas y Javier hacían exactamente lo mismo… aunque lo que les esperaba al otro lado de su puerta era muy distinto.
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