
La linterna de Lucas apenas iluminaba un círculo casi perfecto hacia delante, así que avanzábamos muy juntos, casi pegados, para no golpearnos con nada. Si uno se separaba medio metro, desaparecía en la oscuridad.
—No os soltéis —dijo Lucas en voz baja.
Y nadie discutió. Como para hacerlo… Hace apenas unas horas habíamos descubierto un muerto. Aquí nadie se soltaba de nadie.
Él iba delante, sosteniendo la linterna con una mano y, con la otra, agarrando la de Angie. Sus dedos estaban entrelazados con naturalidad. Llevaban casi dos años de relación y ya me había acostumbrado a ver a Angie así, no sé si enamorada, pero sí a gusto.
—Da mal rollo —murmuró Angie, acercándose un poco más a él —sin luz siento que… no sé. Como si alguien nos estuviera mirando.
—No hay nadie, amor, no tengas miedo —respondió Lucas, pero tampoco sonó convencido, al fin y al cabo, éramos niños asustados enfrentándonos a algo que nos venía muy grande.
Angie apretó más su mano.
—Menos mal que estás conmigo.
Lo dijo sin dramatismo, apoyando su cabeza en su espalda a la altura del hombro. Lucas ladeó la cabeza para intentar verla con el rabillo del ojo.
—Ya ves, es que soy tu linterna humana. Alumbro tu camino.
—No te pases —replicó ella, riéndose entre dientes.
Él también resopló una risa suave. Me esperaba un beso o una miradita, pero nada, solo mantuvieron ese contacto constante y esa complicidad que ya era costumbre entre ellos. Se querían, no lo dudo. Pero lo suyo ya no tenía música de fondo, más bien comentarios sarcásticos y hombros que se chocaban al andar acompañado de risas nerviosas.
Detrás de ellos iban Javi y Clara, mucho más desubicados, lo que lo hacía todo un poco más gracioso.
—No sé cómo he acabado aquí abajo —murmuró Javi para sí—. Yo solo quería sacarlos de la fábrica y ya.
—Pero decidiste quedarte —respondió Clara, aunque no estuviese hablando con ella directamente.
—No iba a dejar solo a mi hermano.
Lo dijo con firmeza. Yo lo escuché, aunque fingiera no hacerlo.
Clara tardó un segundo en contestar.
—Yo tampoco puedo dejar sola a Cami. Aunque discutamos todo el rato.
Me sorprendió que lo dijera en voz alta.
—Es mi hermana —añadió un poco más despacio—. Y aunque a veces me saque de quicio… la quiero. Así que, si se mete en algo así, me meto yo también.
Sonreí en la oscuridad, sabía que Clara podía ser impulsiva, incluso un poco violenta cuando perdía los nervios, pero en el fondo era leal hasta las últimas consecuencias y, a pesar de nuestras peleas absurdas, sabía que no me iba a dejar de lado con esto.
Nos conocimos cuando cumplimos los diez años, pese a de lo diferente que somos, siempre la he admirado mucho. Su forma de imponerse a los problemas es muy característico y no voy a negar que algunas veces quise poder ser como ella. Puede parecer mala o que no le importa la gente de su entorno, pero yo veo lo que otros no ven en ella. Es una chica fuerte, inteligente y que sabe cómo conseguir lo que se propone. Siempre voy a estar orgullosa de ella, la quiero muchísimo, incluso cuando tiene malas rachas.
Al final del grupo íbamos Víctor y yo.
La oscuridad detrás de nosotros parecía más espesa que la que teníamos delante, como si el archivo se estuviera cerrando poco a poco y nos empujara hacia dentro. El haz de la linterna de Lucas avanzaba unos metros por delante, temblando sobre las etiquetas polvorientas.
—No me gusta este ambiente —susurré.
Víctor se inclinó ligeramente hacia mí para escucharme mejor.
—¿El archivo o lo de Lucas? —preguntó cerca de mi oído.
—Todo.
Durante un segundo la linterna bajó y nos quedamos en penumbra. Por el miedo que tenía me acerqué un poco más a él y nuestros brazos se rozaron, pero ni él ni yo nos apartamos.
—Cristina me preocupa un poco… —murmuré, acercándome para que los demás no me oyeran.
Víctor soltó una respiración corta, casi una risa sin gracia.
—A ti y a todos —dijo—. Sobre todo, a Lucas.
Lo dijo bajísimo, casi ni sentí su respiración en mi mejilla.
—Oye, tú sabes más —insistí—. Se te nota como raro.
Sabía que, aunque quería aparentar normalidad, estaba bastante más tenso que ayer. Además, ladeó la cabeza hacia mí, como si estuviera valorando cuánto podía decir, lo que realzaba mi hipótesis. Volvió a mirar hacia delante, por donde iba Lucas.
—¿Qué pasa? ¿Qué piensas? —susurré, pegada a él.
Víctor bajó aún más la voz.
—Nada, nada, solo que creo que Lucas no exagera.
—¿Y eso qué significa?
Tardó un segundo largo en contestar.
—Que es raro.
—¿Qué es raro?
No me estaba enterando de nada, madre mía, tanto secretismo me estaba matando. Él dudó y se pasó la lengua por el labio inferior, nervioso.
—Que… estaba en la cocina. A oscuras.
Sentí que mi estómago se encogía. Fuese lo que fuese lo que estaba pasando, Cristina lo estaba pasando mal, aunque no sabía muy bien si estaba más triste o asustada por ello.
—¿Y?
—Y estaba comiendo.
—¿Qué estaba comiendo?
Víctor apretó la mandíbula.
—Es… raro —dijo al final, sin mirarme del todo.
La palabra se quedó pequeña entre nosotros.
—¿Raro cómo? —insistí, inclinándome un poco más hacia él.
Él bajó la vista, y se pasó una mano por la nuca. Suspiró dándole más dramatismo a todo esto. Luego me miró, pero apartó los ojos rápidamente.
—Cami…
Mi nombre le salió casi en un soplo. Con una firmeza que no recuerdo haber escuchado en los labios de Víctor jamás.
—Dime.
Aunque intentase sacarle la información, por otro lado, sabía que no era buena idea.
—No puedo —murmuró.
—¿No puedes qué?
Se inclinó otra vez. Su mano buscó la mía, pero no la agarró del todo; solo deslizó los dedos por mis nudillos, como forma de regular su nerviosismo.
—No puedo contarte nada que no sea mío.
Me esperaba que hubiese sonado frío y calculador, pero en realidad parecía más bien contenido.
Me miró, otra vez, desde cerca. En la penumbra, sus ojos parecían mucho más oscuros, casi negros.
—Es cosa de Lucas y de Javi y yo ahí no me meto.
Tragué saliva.
—Pero estás preocupado.
Él sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario, como si no encontrase las palabras y estuviese en pausa.
—Sí.
Su pulgar se movió distraídamente sobre mi mano, casi involuntariamente. Cuando se dio cuenta, carraspeó y me dio la mano, ahora sí, como si la decisión ya estuviera tomada.
—Solo te puedo decir eso —añadió—. Estoy preocupado, pero como todos.
—¿Es grave?
Sus labios se curvaron en una línea tensa. Negó muy levemente con la cabeza, pero no era un “no”. Era más bien un “no preguntes más” así que apreté su mano para que se girarse a mirarme.
—Vale.
Él soltó el aire, despacio.
—Gracias.
No sabía si me daba las gracias por dejar de preguntar o por sostenerle emocionalmente, aunque no supiese lo que estaba pasando.
La linterna de Lucas tembló otra vez y las sombras se alargaron a nuestro alrededor. Víctor levantó la vista hacia las estanterías y luego volvió a mí, forzando una media sonrisa.
—Dejando el tema de lado—susurró—, este sitio da mucho más miedo que cualquier otro al que hayamos ido.
Me dio un pequeño toque con el hombro.
—Si algo salta por encima de esas cajas, prometo que te voy a usar como escudo humano.
—Si hombre, atrévete —repliqué.
—¿Me estás retando?
Ambos nos reímos por lo bajo, para que los de delante no pensasen que nos lo estábamos pasando bien en esta situación. Nos quedamos en silencio un momento, aún de la mano.
—Odio no saber qué está pasando —murmuré, volviendo a mi preocupación.
—Yo también.
—¿Y si Cristina…?
No terminé la frase. No quería decirlo en voz alta.
Él me dio un pequeño empujón con el hombro.
—Si resulta que todo esto es una peli de terror cutre, quiero dejar claro que yo no pienso ser el primero en caer.
No pude evitar soltar otra risa bajita.
—Serías el primero. En las pelis de terror el negro es el primero que muere…
—No. De hecho, no, la primera es la rubia. —Se puso la mano en el corazón y bajó la mirada— Lo siento, Angie, te echaremos de menos.
Volví a reír, más fuerte de lo que debía y me tapé la boca, pero ya se habían girado todos a mirarnos.
—Calla —susurré dándole un golpe con la mano que me tenía agarrada.
—Estoy aliviando tensión, es una técnica muy avanzada.
—Eres idiota.
—Uno profesional.
Avanzamos un poco más. El polvo olía a historia, pero en plan mal.
No sé por qué, pero me sentía extrañamente cómoda a su lado. Como si, pese a todo lo que estaba pasando, hubiera un espacio seguro al que sostenerme. Antes ese puesto era de Angie, pero desde que está con Lucas su espacio seguro ahora es él, aunque prefiera negarlo.
El silencio del archivo ahora era tan denso que me empezó a incomodar.
Así que, sin pensar demasiado, susurré hacia las estanterías:
—Si hay algo aquí, que haga parpadear la luz dos veces.
Víctor se quedó muy quieto y yo, animada por mi propia estupidez, añadí:
—No venimos a alterar el orden cronológico de los periódicos. Solo queremos hacer una consulta rápida. Cero posesiones demoníacas, por favor.
Entonces, como remate final, hice un gesto solemne con la mano, como si estuviera cerrando un pacto invisible.
Y ahí fue cuando me di cuenta de que Víctor me estaba mirando.
No con cara de burla. Peor. Con una ceja levantada pero igualmente con esa sonrisa tonta que siempre llevaba encima.
Bajé la mano despacio.
—Vale —murmuré—. Perdón.
—¿Perdón por qué?
—Por negociar con entidades en un archivo público.
Se inclinó apenas hacia mí riendo entre dientes.
—Ha sido muy profesional, la verdad.
—Víctor.
Noté calor en la cara y apoyé la cabeza un segundo en su hombro, como buscando esconderme de mi propia vergüenza.
—Perdón —repetí, más bajo—. A veces me pongo un poco… así.
Él no se apartó. Al contrario, inclinó ligeramente la cabeza hacia la mía, apoyándola.
—No pidas perdón por eso.
—Es que hago el ridículo.
—Que no.
Su voz salió suave, muy cerca.
—Me gustas tal y como eres.
Lo dijo casi como si estuviera aclarando un dato objetivo y luego añadió, en tono práctico:
—Además, si aparece un fantasma, prefiero que esté de nuestro lado, ya sabes, por tu buena gestión diplomática.
Y siguió caminando, todavía a mi lado, como si hablar con espíritus archivistas fuera lo más normal del mundo.
—Calla, tonto.
—Estoy intentando mantener el prestigio del equipo.
Seguimos avanzando detrás del círculo de luz, buscando 1963 entre décadas apiladas. El eco de nuestros pasos se mezclaba con nuestras respiraciones y, de vez en cuando, con alguna risita baja que intentábamos reprimir.
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