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23 de junio de 2026

De donde nadie vuelve - CAPÍTULO 3

—Aún me puedo quedar un rato— Angie y Lucas ya habían llegado a la casa de Angie. Lucas siempre sacaba una sonrisa cuando miraba los ojos de su novia, pero se le borró en cuanto apartó la mirada para ver por la ventana a la oscuridad que les acechaba desde fuera. Solo una farola amarillenta les salvaba de la penumbra total.

—¿Realmente crees que encontraremos a Mickey? — preguntó, con voz más baja, cargada de preocupación. Estaban sentados juntos en el sofá que tenía Angie en su cuarto, entrelazando las piernas. Sus ojos no dejaban de recorrer el exterior oscuro, como si temiera que la noche se tragara algo más que solo esa luz amarillenta. Las distracciones de Angie no fueron suficientes para apagar las voces mentales del pobre muchacho. 

—Pues claro, los demás nos van a ayudar en todo esto y seguro que lo encontramos— le calmó Angie, intentando convencerse más a sí misma que a él, después de todo, ya llevaba un año desaparecido y creía que si lo encontraban no sería vivito y coleando, precisamente.

—Mmm… no lo sé… —Lucas frunció el ceño, jugando con el borde de su camiseta—. Es que ya es un año… ¿Y si…?

Angie lo interrumpió suavemente, poniendo una mano sobre su brazo:

—No pienses eso. No sabemos nada. Podría estar bien, podría estar asustado… pero nosotros tenemos que intentarlo.

—A lo mejor Víctor tiene razón—murmuró Lucas agarrando de la mano a la chica tan suavemente como un suspiro— no deberíamos entrar solos en sitios raros. Las leyendas están para algo y, bueno, me preocupa que os pueda pasar algo a vosotros también.

Angie sonrió un poco más confiada. 

—Lucas, eso no va a pasar, Miguel es un niño y nosotros cuatro chavales listos. Además, lo de la oscuridad tenebrosa, solo lo ha imaginado tu hermana. Podíamos empezar a buscar por el día, aprovechando que en estas fechas los días son más largos.

Lucas asintió, aunque se le notaba la preocupación en los ojos, no le encantaba el plan, pero esta pequeña modificación lo tranquilizaba un poco. Ella se levantó lentamente, dejando atrás la mano de su chico, que más que suyo ahora le pertenecía al miedo, aunque nunca lo quisiese admitir, fue a cambiarse la ropa por el pijama para estar más cómoda y anunciar que en breve se iría a dormir, con o sin él en su casa. Era curioso cómo, aun en pijama y con el pelo revuelto, conservaba un aura de firmeza que Lucas admiraba. Siempre había algo en su forma de enfrentarse a las cosas que lo calmaba, aunque él nunca lo admitiera en voz alta.

—¿Sabes? —interrumpió Lucas, sentado en la cama junto a ella—. A veces pienso que tú tienes mucho más valor que yo. Yo me asusto con cada sombra y tú… simplemente actúas.

Angie se encogió de hombros, sin dejar de sonreír:

—No es valentía, Lucas. Es… instinto. Aprendes a sobrellevarlo cuando sabes que alguien depende de ti, tú lo sabes más que nadie en el mundo, incluso diría que hasta más que yo. Solo que no te das cuenta. —remató guiñándole el ojo, mientras jugueteaba con sus ondas castañas claras.

Lucas se quedó mirándola unos segundos, fascinado por la mezcla de determinación y ternura que irradiaba. Luego, su teléfono vibró sobre la mesilla, lo miró y leyó el mensaje en su cabeza.

—Amor, mamá Rosa me ha dicho que vuelva a casa ya. Coge fuerzas que solo nos queda un día de clase.

Suspiró y se levantó, pero antes se inclinó para darle un beso rápido en la frente. La mirada de Angie se suavizó mientras le acariciaba ligeramente la mejilla.

—Te voy a dar de comer algo y luego te vas a casa, ¿vale? Rosa tiene razón, ya es tarde. — Angie siempre tan atenta…

Diez minutos después, Lucas ya estaba en la calle, caminando hacia su casa bajo la luz amarilla de las farolas y comiendo unas magdalenas hechas a mano. Angie se quedó mirando por la ventana un momento más, pensando en él, con una mezcla de miedo y esperanza que ambos compartían por Miguel, y en cómo la aventura a la que se iban a enfrentar fortalecería su vínculo.

 

Lucas caminaba por las calles desiertas de Cernébria. Las luces de las farolas lo guiaban, pero no lograba disipar del todo la sensación de vacío que siempre llevaba consigo. Entrar en su casa le dio un pequeño alivio: el silencio era distinto, más suyo, y las paredes le recordaban que, por fin, estaba en un lugar seguro, aunque eso no borrara los recuerdos de los años de rotación por casas de acogida, las miradas frías de tutores, y la pérdida de sus padres. Siempre me dio mucha lastima su historia y me parece que ha tenido que ser un niño demasiado fuerte para su edad, cuidar a sus hermanos no debió haber sido nada fácil y más si otros adultos les imponían cosas que no querían aceptar.

De camino a su habitación saludó con ternura a su mamá Rosa y se asomó por la puerta de la habitación de su hermana, que dormía.

Se dejó caer en su cama, mirando hacia el techo, recordando los rincones oscuros de su niñez: la partida de su madre cuando era niño le marcó mucho, apenas la recordaba, lo único que sabía de ella eran los relatos que les solía contar su padre a él y a sus hermanos. Ahora, por fin, ellos estaban juntos en donde quiera que se encuentren los espíritus. Era un milagro estar aquí, con Rosa y David, eran unos padres realmente buenos, siempre les explicaban todo dialogando y fueron muy amables al querer quedarse con los tres hermanos a pesar de que Cristina les mintiese diciendo que su hijo era su hermano, y con un grupo de amigos que se preocupaban por él de verdad. Aun así, la ansiedad se colaba entre los rincones más oscuros de su mente, pero cuando se encontró lo suficientemente bien dejó de ir a terapia.

 

Angie cerró la cortina con un gesto lento y se quedó unos segundos apoyada contra la pared, escuchando cómo el silencio de la casa se asentaba poco a poco. Sus padres aún no habían vuelto; seguramente estarían corrigiendo exámenes en el colegio o preparando las excursiones de fin de curso para nuestro año, aunque nosotros no íbamos a ir. Esa ausencia constante era algo a lo que estaba acostumbrada, pero aquella noche, gracias a lo que le había dicho a Lucas, pesaba un poco más.

Se tumbó en la cama, cogió el móvil y lo sostuvo entre las manos sin desbloquearlo durante unos segundos. Tenía la cabeza llena de lo que le dijo Lucas y de la desaparición de Miguel… y también de lo que habían hablado esa tarde en el Valle de las Olas. Finalmente, marcó mi número.

—¿Angie? —respondí de inmediato—. Pensé que ya estarías durmiendo. —ella siempre se acostaba temprano.

—No podía —admitió—. Necesitaba hablar contigo un poco más. Lo de hoy me ha dejado la cabeza hecha un lío.

Sonreí al otro lado de la línea, me gustaba que Angie quisiese hablar conmigo. Me hacía sentir que yo era igual de importante para ella de lo que ella lo era para mí y desde que ella y Lucas empezaron a salir me había sentido un poco desplazada.

—A mí también. Ha sido raro volver a casa y fingir que todo sigue igual.

—¡Eso! —voceó Angie, agradecida—. Exactamente eso.

Hubo un pequeño silencio, cómodo, de esos que solo se permiten quienes se conocen desde siempre.

—Hoy, en el valle —continuó Angie— me he dado cuenta de que no es una idea tan loca. De verdad que podemos hacerlo. Vamos a ayudar a Lucas a buscar a Miguel.

—Sí —respondí, demasiado lento—. Y creo que por eso me da tanto miedo. ¿No te has parado a pensar por qué no lo hemos hecho antes?

Angie suspiró. Ninguna de las dos habíamos llegado a procesar bien a lo que nos enfrentabamos en Cernébria. Los niños no desaparecen solos y seguro que a Mickey se lo llevó alguien raro o algo así, y nosotros seguíamos siendo niños, más grandes, pero niños.

—Lucas está agotado, Cami. Intenta ser fuerte todo el tiempo, pero se le nota… Hoy, cuando hablaba de lo que le contó su hermana, parecía que estuviera pidiendo permiso para tener miedo. No lo podemos dejar así.

—Ya sabes que ha tenido que ser valiente desde muy pequeño —intenté recordárselo con suavidad—. No sabe hacerlo de otra forma.

—Por eso tenemos que organizarnos bien —añadió, volviendo poco a poco a su tono habitual—. No podemos lanzarnos sin pensar. Mañana tenemos que ir a clase… pero en nada empieza el verano.

—El verano —repetí, pensativa—. Suena raro pensar en vacaciones con todo esto encima.

—Ya, pero también puede jugar a nuestro favor —continuó. —Más tiempo libre, menos horarios. Podemos establecer una rutina: días para buscar, días para descansar, días para preguntar por el pueblo. Sin que Lucas se sienta solo, pero sin que se consuma.

—Me gusta—acepté la idea.

Angie sonrió, aunque no pudiera verla sabía que le agradaba que le siguiera la corriente.

Llevábamos mucho más tiempo del que deberíamos intentando evitar el tema y, aunque Lucas se mantenía ocupado en la búsqueda junto a su familia, ahora que el pueblo se había rendido no podíamos dejar a nuestro amigo solo.

Dentro de poco sería la víspera de la desaparición y eso movía mucho los sentimientos, no solo de su familia, sino de todos los demás. El verano pasado no se sintió normal, nuestros padres apenas nos dejaron salir y las puertas siempre tenían puesto el pestillo. Solo espero que este verano sea un poco diferente.

—Hoy, mientras volvíamos, pensaba en lo raro que es este pueblo. Lo pequeño que es… y aun así lo fácil que es que alguien se pierda entre las calles.

—El pueblo siempre ha dado mala espina —murmuré, nuestro municipio protagonizaba centenares de leyendas que todos a los alrededores ya conocían— Incluso desde cuando éramos pequeñas. 

—Ya… —coincidió Angie— Primero lo evidente: el pueblo, los caminos, la gente. Y cuando la gente se empiece a ir de vacaciones… ya veremos.

—Paso a paso —indiqué, me estaba empezando a preocupar por la intensidad que estaba adoptando mi amiga. Entendía perfectamente la relación que tenía con Lucas, desde que llegó él la ha estado protegiendo de los abusones del insti y gracias a eso ella se enamoró perdidamente, o eso dice, pero yo no estoy del todo segura de que lo que tengan sea amor.

—Paso a paso —repitió Angie.

Nos quedamos en silencio unos segundos más, compartiendo el cansancio del día.

—Oye —añadió Angie, con un tono más bajo—. Gracias por estar hoy. Y por estar ahora. Sé que el tema este no es fácil. Por lo menos tú me lo haces más fácil a mí.

—Nunca ha sido fácil —respondí—. Pero siempre estaremos juntas.

Angie cerró los ojos un instante al escuchar eso. Era completamente consciente de que se estaba distanciando, aunque lo hiciese sin pensar…

—Mañana hablamos con los chicos —dijo— Y empezamos a organizar todo en serio.

—Mañana, sí—confirmé—. Descansa, ¿vale?

—Tú también.

Colgamos. Angie dejó el móvil sobre la mesilla y se tumbó boca arriba, mirando al techo. Ella quería muchísimo a Lucas, pero lo que había hecho que mantuviese la posición de “novia” realmente fue su admiración por él. Había pasado por tanto y seguía entero y ella, que apenas sufría por no poder estar con sus padres, que, por cierto, siguen vivos, le destrozaba el corazón. Así que decidió que si se juntaba con Lucas absorbería su fuerza, a costa de renunciar lenta y dolorosamente a sus relaciones más cercanas.

Una pena que ella no lo entendiese.

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