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16 de junio de 2026

De donde nadie vuelve - CAPÍTULO 2

El verano estaba a la vuelta de la esquina y, a pesar de ser tarde, la calle aún la iluminaba una luz medio morada medio rojiza que teñía el cielo y las nubes. Aún nos quedaba el resto de la semana para terminar nuestro último año de secundaria obligatoria, aunque a Víctor, uno de mis amigos, aún le quedaba un año más que a nosotros. Con mi grupo de amigos siempre quedábamos un rato después de cenar, aunque hiciese frío siempre estábamos en el banco de las colinas, a unos diez minutos andando desde mi casa. Desde la antigua tardaba solo cinco, pero peor lo tiene Víctor, que tarda quince.

Este lugar es muy bonito, hay un banco casi desecho por la lluvia y el viento en la cima de una de las colinas del Valle de las Olas. Angie y yo lo descubrimos cuando cumplimos diez años y desde entonces se ha convertido en nuestro lugar especial.

Hoy llegaba yo primero, me senté en el banco, que crujió un poco bajo mi peso, y dejé mi jersey a un lado. Desde allí se veía todo Cernébria: los tejados viejos, la torre de la iglesia y, más allá, el bosque.

El Valle de las Olas hacía honor a su nombre cuando el viento soplaba fuerte y la hierba se movía como si respirara, pero justo esa tarde estaba todo muy quieto.

Saqué el móvil por inercia, pero me contuve de abrir cualquier aplicación y solo miré la hora. Miércoles 6 de junio de 2018 a las 20:13. Angie llegaría en cualquier momento. Siempre era muy puntual, aunque luego fingiese que no le importaba nada. Con Lucas nunca se sabía y Víctor… bueno, Víctor siempre llegaba tarde, pero por lo menos llegaba con algo que contar.

Mientras esperaba, pensé en la cena, en la cara de Adrián cuando Álvaro le dijo eso. Me quité la imagen de la cabeza apretando fuerte los ojos como si así pudiera borrarla y respiré hondo, por lo menos aquí el aire no pesaba.

—Llegas antes que yo. ¡Qué milagro! — se sorprendió una voz familiar a mi espalda y sonreí sin girarme.

—Hoy lo necesitaba.

Angie se sentó a mi lado y me pasó su botella de agua, ella sabía que siempre llegaba arriba con sed. Su cercanía me hizo sentir bien, aunque no sabía del todo porqué me pasaba. Solo era un sentimiento de seguridad que nadie me daba. Llevaba el pelo recogido en una coleta rubia alta y una camisa vieja que conocía de sobra, con la que enseñaba medio hombro. Ella siempre parecía tranquila, incluso si no lo estaba, aunque por suerte la conocía lo suficientemente bien como para saber que hoy estaba de buen rollo.

—¿Otra cena de mierda? 

—La de siempre, pero más intensa, a lo mejor un poco peor.

Angie no insistió con preguntas innecesarias, nunca lo hacía, se limitó a apoyar la cabeza en mi hombro y subir las piernas al banco mientras miraba el horizonte.

—Clara ha vuelto a liarla—continué— una tontería en realidad, pero ya sabes cómo se pone mamá si las cosas no salen como ella quiere. — Angie me escuchaba atenta, pero sin mirarme directamente, sabía que me ponía nerviosa hablar de esto y también sabía cómo reaccionar ante esa situación.

—Y Álvaro…— me callé, buscando las palabras— Álvaro ha sido muy Álvaro.

Noté en el hombro como Angie apretaba la mandíbula. Sabía exactamente a lo que me refería.

—Algún día le plantarás cara—señaló—Y no va a saber ni por donde le vendrá el tiro.

Sus palabras me hicieron sonreír, algo que pasaba a menudo. Todo este sentimiento fue acompañado de un hermoso y cálido atardecer, el Valle de las Olas era el lugar más hermoso que había visto jamás y junto a esta buena compañía, por un solo instante, el mundo me pareció perfecto. No duró mucho hasta que el sonido de unas pisadas rápidas perturbó nuestra tranquilidad haciendonos girar la cabeza. Víctor apareció subiendo la colina casi corriendo, con una mochila colgada al hombro y una enorme sonrisa que siempre cargaba encima.

—Vale, vale, antes de que me matéis— balbuceó sin aliento—tengo algo que contaros.

—Siempre tienes algo que contarnos— contestó Angie moviendo los ojos hacia atrás.

—Pero esto es más importante.

Se dejó caer frente a nosotras dejando su mochila en el suelo y nos miró con los ojos expectantes. Antes de todo se aseguró de que Lucas no hubiera llegado todavía. Detrás de su sonrisa habitual parecía algo preocupado.

—Ya sabéis que Miguel sigue oficialmente desaparecido ¿no? — cuestionó Víctor, con un tono que intentaba ser ligero, aunque no lo lograba del todo. Esa palabra me ponía los pelos de punta… Pobre Miguel y pobre de su madre. La familia de Lucas nunca dejó de buscar. Lo que pasó es que, el verano pasado, una noche, Miguel salió corriendo de la cama y desapareció en la oscuridad. Su madre, la hermana mayor de Lucas, nunca le ha dejado de buscar, un crío de tan solo cuatro años… Después de cuatro meses le empezaron a dar por muerto en el pueblo, pero su familia nunca se rindió.

—Lo sabe todo el pueblo— rechinó Angie.

—Sí, pero nadie sabe a dónde se fue—añadió—. Hoy escuché a unos ancianos en el bar hablar de algo extraño en el bosque… el Bosque Muerto.

Angie quitó la cabeza de mi hombro, molesta.

Mientras Víctor hablaba, noté cómo Angie me miraba a veces, con curiosidad y preocupación. Su mirada me hacía creer que pensaba más de lo que decía, algo que Víctor no parecía captar.

—Víctor… ¿otra vez con lo de Miguel? —dijo Angie, frunciendo el ceño, pero con un matiz de preocupación más que de irritación. —Sabes que no nos ayuda ponernos nerviosos. 

—No es una historia que me haya inventado yo—insistió— Decían que últimamente se oyen cosas por la noche cerca del bosque. Voces. 

El viento sopló entonces, suave pero frío, extraño para estar a principios de junio y me recorrió la espalda.

—Son cuentos, Víctor—indiqué, aunque no soné muy convencida— Solo leyendas, hay muchas en este pueblo.

—Eso decían ellos también—respondió— hasta que uno juró que vio luces entre los árboles del bosque.

El silencio entre los tres nos asustó e incomodó a todos. Desde el banco, el bosque parecía una mancha inmóvil, ajena a nosotros y, al mismo tiempo, demasiado presente.

—Lucas llega tarde— advirtió Angie mirando su móvil. Se notaba que quería terminar esa conversación. Normalmente las historias de Víctor eran divertidas y entretenidas, pero desde que desapareció Miguel ha estado dándole vueltas a ciertas posibilidades, aunque poco coherentes. Ya nos había hablado de las cloacas, de las ruinas de la zona, incluso de los sótanos de las casas. El bosque era solo un lugar más en su gran imaginación.

Como si lo hubiera invocado, una figura alta y flaca apareció al final del sendero a nuestra espalda. Lucas subía despacio, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el suelo. 

—¡Hola! — saludé cuando llegó — ¿Todo… bien?

Lucas levantó la mirada y negó con la cabeza. Se le notaba la angustia a kilómetros.

—Mi hermana ha vuelto a soñar con mi sobrino.

Nadie preguntó, no hacía falta. Desde hace apenas unas semanas ella empezó a tener pesadillas con el tema, suponemos que es porque se acerca la víspera de la desaparición.

—Dice que en sus pesadillas lo escucha—continuó— lo escucha llamándola desde… ¿un lugar oscuro? No estoy muy seguro.

Víctor abrió la boca para decir algo, pero la cerró enseguida. Angie me miró de reojo, seria. Yo volví la vista hacia el Bosque Muerto, que desde allí parecía observarnos. 

—¿Cómo que llamarla? — en realidad, Víctor estaba muy preocupado por este tema, quería mucho a Lucas y a su familia y no soportaba la idea de verles tan devastados.

—No sé, ella dice que tiene pesadillas donde se queda encerrada dentro de casa y ve fuera, por la ventana, a Miguel llamándola, pero que ella no consigue abrir ni las puertas ni las ventanas y se desespera por salir, luego ve a su hijo que se va alejando poco a poco hasta entrar en una oscuridad donde ve cómo le brillan los ojos con un amarillo intenso.

Angie y yo nos volvimos a mirar, no nos hacían falta palabras para saber que estábamos preocupadas por Lucas. Él era un chico que siempre estaba pendiente de todos y, aunque nos imaginásemos cómo se podía estar sintiendo, en realidad, nunca nos lo decía en voz alta.

—¿Tú hermana te ha mencionado algo sobre… voces?

—¡Víctor! —gritamos Angie y yo al unísono, este chico no se calla ni debajo del agua.

—Pues, en realidad, no… Últimamente está siempre metida en su cuarto, no hablamos mucho, Rosa no nos deja, ni a mí ni a Javi.

Javi era su hermano menor, tiene la misma edad que Angie y yo, pero no había encajado del todo con nosotras los primeros años de instituto y como Lucas había repetido un año le tocó en nuestra clase e hicimos buenas migas.

—Bueno… Una vez dijo en la cena que estaba segura de que seguía por ahí, vivo, pero todos se han bajado de ese barco desde hace mucho y yo estoy a punto de hacerlo también.

—No es necesario, o sea, imagina que tu hermana tiene razón. ¿Por qué ella habla de un lugar oscuro? A lo mejor se refiere a alguna parte del pueblo, allí donde no han buscado los de la Guardia Civil, o bueno… no del todo.

—Víctor, por Dios, ¿te puedes callar? — Angie notaba rápidamente cuándo Lucas se ponía tenso, al fin y al cabo, eran novios, algo tenía que saber de él.

Se levantó, fue directamente a abrazarlo y nada más sintió los brazos de Angie se abalanzó sobre ella. Lucas siempre había mostrado dolor con todo este asunto, pero hoy parecía estar más presente. 

—Es mi culpa… Debí haber estado ahí con él…

Víctor y yo nos acercamos corriendo al pobre muchacho y lo abrazamos junto a Angie. No sé cómo, pero Víctor y yo siempre teníamos las mismas ideas.

—No digas eso amor… No es tu culpa, mírame, lo vamos a encontrar ¿vale? — Angie siempre quería que todos estuviésemos bien, era el corazón del grupo, sin ella nos desmoronaríamos, y más durante esta temporada.

—Si… tan solo hubiera cerrado bien la casa…— Lucas se martirizaba mucho si las cosas salían mal, pero no le pasaba así desde el verano pasado— si tan solo le hubiese dicho a Rosa o a David que asegurasen la alarma, esto no hubiera pasado.

—Mira, Miguel ya se ha ido y te prometo que nosotros seguimos teniendo esperanza de encontrarlo—le dije, aunque realmente no sabía que estaba diciendo.

—Vamos a hacer todo lo que podamos. Si tu hermana tiene razón, quizá aún haya alguna pista en alguna parte. Iremos con cuidado y nos cuidaremos entre todos. — me preocupaba mucho Lucas y realmente quería que se tranquilizase.

—¿Pero tú estás loca? ¿O acaso no te acuerdas de lo que dicen de este pueblo? Literalmente hay un dicho aquí que dice “En el pueblo, donde el monte llama y la luna nunca ampara, huye antes de la madrugada: las sombras cuentan historias y el pueblo borra las caras.”— refirió Víctor, claramente asustado por la propuesta.

—No seas miedica Víctor, eso es solo un dicho, iremos a buscar a Miguel. — Si algo hacía bien Angie era dejar las cosas claras, y eso me encantaba porque ponía cierto orden en nuestras caóticas vidas.

Lucas ya se estaba tranquilizando y, mientras ella le daba algún que otro beso, yo me levanté para recoger mi jersey del banco, ya estaba oscureciendo y empezaba a hacer fresco.

Miré hacia el bosque, casi parecía desaparecido entre la oscuridad que se asomaba, entrecerré los ojos para ver mejor hacia el horizonte.

—¡Es Miguel! —soltó Víctor apuntando con el dedo, intentando asustarme, porque me había visto concentrada, pero vamos, que solo se quedó en intento.

—Pero ¿qué dices? Víctor. Deja de hacer esas bromas ya, que no es el momento precisamente de decir eso— contestó Angie sobresaltada.

—Solo estoy intentando ser gracioso, pesada.

—Gracioso sería que cerrases la bocaza.

—Nadie quiere nunca hablar de Miguel y, por una vez que hablamos de él solo se os ocurre ir a una estúpida expedición suicida por el pueblo, que, por si se os olvida, está encantado. 

—Ya he dicho que iremos a ver qué pasa. Además, el pueblo no está encantado, solo da mal rollo, llorica. Estás literalmente obsesionado con el tema. 

—Será porque me preocupo, a lo mejor.

—Bueno, chicos, ya está bien— quise intervenir, sabía que, aunque la pelea era tonta, se podría armar una buena y Lucas no estaba para movidas ahora mismo.

—Perdón. — Víctor siempre se daba cuenta cuando metía la pata y Angie siempre se daba cuenta después.

—Perdón Cami, perdón Víctor. — fanfarroneó ella mirando al suelo.

—Ya se está haciendo de noche, chicos, mejor volvamos a casa— sugirió Lucas que, a pesar de su estado, siempre nos cuidaba. —Yo te acompaño, Angie.

—Yo me voy a quedar un minuto más aquí, cuando llegue os aviso, os lo prometo. — dije, sabía que a Lucas no le gustaba nada la idea, pero ya era mayorcita y él lo sabía, así que aceptó mi petición.

—Yo me quedo con ella, no os preocupéis— informó Víctor a los dos tortolitos, supongo que querría darles cierto espacio. Mientras se alejaban nos sentamos en el banco de nuevo.

Angie y Lucas se fueron caminando, vivían muy cerca entre ellos, así que Lucas iría a dejar a Angie a su casa antes de volver a la suya. Estuvieron hablando de los planes que tenían para el verano, para ver si Lucas se olvidaba un poco de sus problemas. Ambos querían quedarse en Cernébria y la idea de pasarse el verano explorando el pueblo, con el pretexto de buscar a Miguel, no les desagradaba, aunque sonase raro. 

El sol ya se había metido entre las montañas del horizonte y solo se veían unos rayos naranjas asomar desde esa misma zona. Víctor y yo seguíamos sentados en aquel mítico banco que nos había estado acompañando durante toda la adolescencia que llevábamos encima. Era tan familiar, tan acogedor, y además hacía calorcito por lo que parecía el paraíso.

—¿Tú que piensas de todo esto? — me preguntó Víctor para romper el hielo.

—Supongo que estoy asustada—confesé— no estoy muy segura, por un lado, quiero encontrar a Miguel, obviamente, pero no quiero ponernos en peligro a nosotros. Solo somos niños.

—¿Qué es lo peor que nos podemos encontrar? ¿Lobos mutantes? ¿Arañas venenosas gigantes? Yo creo que nos podemos encontrar a una bruja come-niños— se me escapó una risita, Víctor siempre aligeraba las tensiones con bromas y eso me gustaba. Hacía que disfrutara de su compañía.

—Es todo tan extraño… ¿por qué ahora sí queremos ayudar? Seguimos siendo los mismos niños que el año pasado…

—No es por lo que seamos o dejemos de ser, es más por ayudar, antes los Gutiérrez tenían a la policía, ahora les han dejado solos y no es justo. Si podemos ayudar debemos hacerlo, aunque sea un poquito.

—Ya…

—Vámonos a casa ¿vale? Es tarde y mañana tenemos clase. —recordó, toda la alegría que podía haber sentido hace cinco segundos se desvaneció al escuchar la palabra “clase”.

—Vale, vámonos, aguafiestas. — Víctor soltó una risa y me miró de reojo. Sabía que le ponía muy nervioso el plan de ir a buscar a Miguel, pero aun así lo disimulaba lo suficientemente bien como para calmar mis ansias.

Se puso de pie primero y me extendió la mano para ayudarme a levantarme y, cuando ya estaba dispuesta a marcharme, un viento frío me recorrió el cuerpo, me di la vuelta por un momento y la hierba se movía como el mismísimo océano, alcé la mirada y, a lo lejos, una mancha negra, que al principio se limitaba al bosque, ahora engullía todo lo que había detrás del pueblo. Se hacía de noche y Cernébria daba cada vez más mala espina con todas las farolas ya encendidas, se mezclaba un poco el día y la noche. Me volví a fijar en el horizonte y justo en ese momento me pareció haber escuchado mi nombre. Un escalofrío recorrió mi espalda, más por la sensación extraña que por el frío del aire. Esa sensación no era solo por lo que pudiera haber allí, ni por Miguel, sino por un temor más profundo que siempre me acompañaba: la sensación de vulnerabilidad que sentía cuando me enfrentaba a lo desconocido. Inspiré hondo, tratando de calmarme, pero sentía que no estábamos solos, y que algo, o alguien, nos estaba observando. Le pregunté a Víctor si había sentido lo mismo, pero no correspondió mi idea. Supongo que me lo habría imaginado.

 © 2026 Alicia Dirube · 
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